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Entre esta semana y la otra se publicará la tercera parte de las aventuras de Naide y Yves. ¿Qué os gustaría que pasará? ¿Descubrirán los sentimientos del uno por el otro, o su misión será más importante? ¡Muy pronto en este blog!
Un saludo
martes, 13 de mayo de 2014
jueves, 8 de mayo de 2014
Señales
¡He vuelto! Siento mucho esta ausencia tan prolongada, pero estaba de intercambio :D Por eso, dedico este relato a todas aquellas personas que me han abierto otro mundo y me han hecho sentir muchas emociones que no olvidaré nunca.
¡Disfrutad!
"Mientras caminaba, Yves cavilaba sobre muchas cosas. Hacía unos minutos que había recibido un mensaje del rey de los humanos recordándole su cometido. Pero ni siquiera la certeza de saber que la muerte de su compañera atribuiría paz y prosperidad al reino por el que luchaba calmaba los sentimientos que dividían su corazón. Voy a matarla. Debo matarla. Se repetía una y otra vez con el fin de convencerse de que hacía lo correcto. Pero no siquiera eso ayudaba a olvidar la imagen de la elfa en su cabeza. Nunca podría olvidar aquel rostro.
Desde que los dioses habían decidido poner a prueba su fidelidad, todo era diferente. Humanos, elfos, enanos, hadas y todo tipo de seres estaban obligados a luchar contra terribles monstruos hasta que encontraran el Cuerno de la Lealtad. Se decía que cada dios había puesto un trozo de su esencia creando aquel mítico objeto, y que solo se mostraría a las dos personas más fieles, leales a sus ideales.
Pero luego apareció ella. Oscura, llena de sueños perdidos y desesperación, la muerte se presentó en su mundo sentenciando otra solución: ella acabaría con todos aquellos males, pero con la condición de que uno de los dos elegidos para la búsqueda fuera asesinado por el otro. Nadie quiso rendirse a su voluntad.
Y se arrepintieron.
Los años pasaron, y excepto los elfos y los humanos, todos las demás razas fueron exterminadas. Yves todavía recordaba la masacre con las hadas, y ni hablar de los enanos. Por eso, cada rey envió un elegido a la búsqueda.
Naida y Yves eran aquellos elegidos.
Pero los reyes tenían planes muy diferentes. Hartos de guerras y demás tormentos, habían decidido sucumbir a los planes de la muerte. Discretamente cada uno había ordenado a su elegido matar al otro. Claramente, ninguno de ellos sabía los planes del otro. Lo que no habían imaginado era que iban a enamorarse.
Yves se preguntaba si no habría sido más fácil organizar un duelo y matarse. Al menos, ningún sentimiento habría florecido en su corazón. Para él, solo importaban la flecha, el arco y el mandato de los dioses.
Pero los reyes necesitaban poder. Y ese poder solo podía ser otorgado por la voluntad del pueblo. Bajo el disfraz de la búsqueda, los reyes serían los héroes sin tener que sacrificarse más. Al fin y al cabo, una vez la paz llegara, podrían inventarse una excusa por la desaparición de uno de ellos. No sería una pérdida grave.
Definitivamente, él, un hijo de molinero que su única virtud era el tiro con arco no era alguien a quien alguien recordaría.
-Paremos aquí –dijo una voz que interrumpió sus amargos pensamientos. Intentó contestar a la joven, pero siempre que la miraba sentía que las palabras sobraran.
Desde la primera vez que la vio, Yves se había enamorado completa e irremediablemente de ella. Solo unas palabras suyas bastaron para hipnotizarlo. Solo podía pensar en un nombre. Y lo repetía constantemente, día y noche, como si nada más importante existiera. ¿Cómo se suponía que la mataría si la amaba? ¿Cómo podía hacerlo cuando su corazón, su cuerpo entero decía no?
-Podrían encontrarnos. Después de la última vez todo está demasiado tranquilo –consiguió decir una vez que la vio subir a las ramas de un árbol dispuesta a meditar.
La última vez había sido un monstruo que casi acababa con su vida. De alguna forma, Naida había conseguido liberarse de su parálisis y destruir la amenaza. Eso solo había sido el principio. Y él no había podido hacer nada para salvarlos. Parecía que Naida estaba decidida a ser su ángel de la guarda inconscientemente.
La primera vez fue cuando se conocieron. Una bestia había salido de su escondrijo y se lanzaba hacia él. Habría muerto sin la intervención de la elfa. Desde entonces, sabía que la acompañaría hasta los confines del mundo para agradecérselo. Por eso, cuando ella le dijo que la dejara sola y que cada uno siguiera su camino buscando el Cuerno de la Lealtad, él se negó.
-Y por esa última vez, utilizaré un hechizo de protección y camuflaje –dijo por respuesta. Naida era una chica de pocas palabras.
Yves sabía que se encargaba de una parte importante del bosque de los elfos. Nada menos que un cargo muy respetado que gozaba de ciertos privilegios, aunque eso conllevaba a un aislamiento total. Podía deducir que, o bien, estaba acostumbrada a él o había acabado por gustarle.
Se sentó en el principio del tronco y fijó la vista en el horizonte que empezaba a anaranjarse, anunciando el fin de la tarde. Deseó seguir siendo el hijo de molinero que era antes, pero se negaba a renunciar a Naida. Nunca podría dormir tranquilo sabiendo que la había abandonado.
-¿Cómo lo sabremos? Es decir... ¿Cómo sabremos qué camino seguir? –preguntó, pensando que quizás era una pregunta muy estúpida.
-Las señales. Somos los elegidos; ellos tienen que darnos indicaciones que solo nosotros podamos interpretar.
-Y... ¿Hemos recibido alguna?
-No. Al parecer, nos han abandonado. Por ahora. Pero nos las arreglaremos –contestó decidida, aunque detectó un rastro de duda en su voz.
“Quizás ella sí, pero yo no puedo hacer nada por mí mismo.” Pensó decepcionado. Era una carga, y no había mucha cosa que él pudiera hacer para evitarlo. Un inútil.
A Naida le valdría más la pena traicionarlo y matarlo.
Pero ahora solo sentía dolor y tristeza, nada similar al brillo de sus ojos cuando la miraba.
Y mientras se autodestruía sicológicamente, miles de sombras se acercaban poco a poco, con las fauces abiertas listas para devorar.
Yves gritó cuando sintió como unos colmillos se hundían en su brazo.
Deshizo aquella imagen de su mente y concentró una bola de energía en su mano. La lanzó a los monstruos y, mientras duraba su ataque sorpresa, se acercó a Yves.
-¿Que te ha pasado? –susurró mientras retrocedían al son de sus enemigos.
-No te preocupes por mí. Preocúpate por ellos –dijo señalando la aglomeración que se cernía sobre ellos, dispuesta a celebrar un banquete- ¡Cuidado! –gritó mientras uno de ellos se abalanzaba sobre Naida.
La bestia cayó inerte en el suelo mientras la elfa sacaba de su cuerpo una brillante espada. Se la entregó al joven.
-Ahora no puedes disparar. ¡Defiéndete con esto! –ordenó mientras convocaba la magia del bosque. Enseguida una parte de sus enemigos acabaron enredados en las raíces que salían súbitamente de la tierra.
Naida perdió la cuenta de todos los hechizos que pronunció; solo veía que cada vez había menos... A veces distinguía una deslumbrante luz que indicaba que Yves seguía vivo a pesar de su grave herida. Se oían aullidos y se olía a sangre. Pero en su mundo solo existía su magia y las bestias que se lanzaban sobre ella.
Y de repente, todo acabó. Ya no hubo enemigos que abatir.
Aunque lo único que quería era tumbarse y dormir, corrió hacia su compañero. Pero no encontró lo que esperaba.
-Naida –dijo Yves mientras sujetaba su puñal en su dirección- Cuidado.
Vio el arma dirigido a su cabeza y no fue capaz de moverse. Solo pudo observar como seguía su camino y... se clavaba en la cabeza de un lobo que cayó al suelo a sus pies. El lanzador se acercó a ella arrastrando los pies y sujetándose el brazo derecho que sangraba sin cesar. Se derrumbó ante ella.
-Te he salvado la vida –consiguió decir en un leve murmullo.
-Olvidas que me debes más de una –le contestó Naida mientras inspeccionaba la herida del brazo. Pintaba muy mal -¿Cómo te has hecho esto?
-Tienen veneno... –respondió temblando- En sus dientes, me refiero. Al principio no era más que un herida, pero todos se abalanzaron sobre mí y el veneno hizo su efecto –se giró hacia ella- ¿Puedes... Puedes curarme?
-Sí. Pero necesito recuperarme. Tendría que proporcionarte energía en ciclos cortos. Supongo que no será un inconveniente.
Naida se acercó más dispuesta a levantarlo, pero Yves le detuvo.
-Puedo yo solo –se explicó mientras se levantaba.
“Quiere demostrar que no es inútil. Mejor dejarlo” Pensó mientras se ponía a su lado para sujetarlo si caía.
El arquero insistió en continuar andando, a alejarse de aquel lugar. Una vez hecho, consiguió subir a un árbol, alagando que a Naida le sería más fácil proporcionar energía allí. Ella le dejó.
Se apoyó en el tronco y respiró con dificultad.
-Ahora sí que ya no puedo moverme.
Naida dejó escapar una suave risa, que enseguida tapó con su expresión imperturbable. Cogió lo que quedaba del brazo de Yves y dejó que la energía fluyera a través de ella. El arquero se estremeció al sentir como su brazo se regeneraba muy poco a poco.
-¿Estás cómoda? No creo que curar un brazo de cuclillas sea la mejor opción –murmuró sin esperar respuesta. Cerró los ojos y se sumió en un sueño profundo.
Ella sonrió cuando vio su cabeza caer a un lado; su rostro expresando una envidiable tranquilidad.
Pero no duró mucho.
Se oyó una gran explosión y el cielo se iluminó. Tres rayos aparecieron, cruzándose. Nada más y nada menos que el símbolo de los dioses.
Yves se despertó y observó aquel símbolo con sorpresa. Luego, se volvió a Naida, que respondió a su mirada interrogante:
-Esa es la señal de la que te hablaba. Ahora... –dudó un momento- Ahora los dioses han decidido aceptarnos como los salvadores de este mundo. Nos dirigirán con sus señales.
-¿Y qué significado les das tu a eso?
-Fíjate en las puntas inferiores de los rayos. Ahora mira a donde apuntan –contestó con un susurro.
-El pico de los Grandes, la montaña de los dioses –citó tal como le habían enseñado- ¿Pero porque nos dan la señal ahora y no antes?
-Porque ahora el demonio ya no puede tentarnos... Porque saben que por muchas promesas, no nos mataríamos el uno al otro."
¡Disfrutad!
"Mientras caminaba, Yves cavilaba sobre muchas cosas. Hacía unos minutos que había recibido un mensaje del rey de los humanos recordándole su cometido. Pero ni siquiera la certeza de saber que la muerte de su compañera atribuiría paz y prosperidad al reino por el que luchaba calmaba los sentimientos que dividían su corazón. Voy a matarla. Debo matarla. Se repetía una y otra vez con el fin de convencerse de que hacía lo correcto. Pero no siquiera eso ayudaba a olvidar la imagen de la elfa en su cabeza. Nunca podría olvidar aquel rostro.
Desde que los dioses habían decidido poner a prueba su fidelidad, todo era diferente. Humanos, elfos, enanos, hadas y todo tipo de seres estaban obligados a luchar contra terribles monstruos hasta que encontraran el Cuerno de la Lealtad. Se decía que cada dios había puesto un trozo de su esencia creando aquel mítico objeto, y que solo se mostraría a las dos personas más fieles, leales a sus ideales.
Pero luego apareció ella. Oscura, llena de sueños perdidos y desesperación, la muerte se presentó en su mundo sentenciando otra solución: ella acabaría con todos aquellos males, pero con la condición de que uno de los dos elegidos para la búsqueda fuera asesinado por el otro. Nadie quiso rendirse a su voluntad.
Y se arrepintieron.
Los años pasaron, y excepto los elfos y los humanos, todos las demás razas fueron exterminadas. Yves todavía recordaba la masacre con las hadas, y ni hablar de los enanos. Por eso, cada rey envió un elegido a la búsqueda.
Naida y Yves eran aquellos elegidos.
Pero los reyes tenían planes muy diferentes. Hartos de guerras y demás tormentos, habían decidido sucumbir a los planes de la muerte. Discretamente cada uno había ordenado a su elegido matar al otro. Claramente, ninguno de ellos sabía los planes del otro. Lo que no habían imaginado era que iban a enamorarse.
Yves se preguntaba si no habría sido más fácil organizar un duelo y matarse. Al menos, ningún sentimiento habría florecido en su corazón. Para él, solo importaban la flecha, el arco y el mandato de los dioses.
Pero los reyes necesitaban poder. Y ese poder solo podía ser otorgado por la voluntad del pueblo. Bajo el disfraz de la búsqueda, los reyes serían los héroes sin tener que sacrificarse más. Al fin y al cabo, una vez la paz llegara, podrían inventarse una excusa por la desaparición de uno de ellos. No sería una pérdida grave.
Definitivamente, él, un hijo de molinero que su única virtud era el tiro con arco no era alguien a quien alguien recordaría.
-Paremos aquí –dijo una voz que interrumpió sus amargos pensamientos. Intentó contestar a la joven, pero siempre que la miraba sentía que las palabras sobraran.
Desde la primera vez que la vio, Yves se había enamorado completa e irremediablemente de ella. Solo unas palabras suyas bastaron para hipnotizarlo. Solo podía pensar en un nombre. Y lo repetía constantemente, día y noche, como si nada más importante existiera. ¿Cómo se suponía que la mataría si la amaba? ¿Cómo podía hacerlo cuando su corazón, su cuerpo entero decía no?
-Podrían encontrarnos. Después de la última vez todo está demasiado tranquilo –consiguió decir una vez que la vio subir a las ramas de un árbol dispuesta a meditar.
La última vez había sido un monstruo que casi acababa con su vida. De alguna forma, Naida había conseguido liberarse de su parálisis y destruir la amenaza. Eso solo había sido el principio. Y él no había podido hacer nada para salvarlos. Parecía que Naida estaba decidida a ser su ángel de la guarda inconscientemente.
La primera vez fue cuando se conocieron. Una bestia había salido de su escondrijo y se lanzaba hacia él. Habría muerto sin la intervención de la elfa. Desde entonces, sabía que la acompañaría hasta los confines del mundo para agradecérselo. Por eso, cuando ella le dijo que la dejara sola y que cada uno siguiera su camino buscando el Cuerno de la Lealtad, él se negó.
-Y por esa última vez, utilizaré un hechizo de protección y camuflaje –dijo por respuesta. Naida era una chica de pocas palabras.
Yves sabía que se encargaba de una parte importante del bosque de los elfos. Nada menos que un cargo muy respetado que gozaba de ciertos privilegios, aunque eso conllevaba a un aislamiento total. Podía deducir que, o bien, estaba acostumbrada a él o había acabado por gustarle.
Se sentó en el principio del tronco y fijó la vista en el horizonte que empezaba a anaranjarse, anunciando el fin de la tarde. Deseó seguir siendo el hijo de molinero que era antes, pero se negaba a renunciar a Naida. Nunca podría dormir tranquilo sabiendo que la había abandonado.
-¿Cómo lo sabremos? Es decir... ¿Cómo sabremos qué camino seguir? –preguntó, pensando que quizás era una pregunta muy estúpida.
-Las señales. Somos los elegidos; ellos tienen que darnos indicaciones que solo nosotros podamos interpretar.
-Y... ¿Hemos recibido alguna?
-No. Al parecer, nos han abandonado. Por ahora. Pero nos las arreglaremos –contestó decidida, aunque detectó un rastro de duda en su voz.
“Quizás ella sí, pero yo no puedo hacer nada por mí mismo.” Pensó decepcionado. Era una carga, y no había mucha cosa que él pudiera hacer para evitarlo. Un inútil.
A Naida le valdría más la pena traicionarlo y matarlo.
* * *
La elfa se estremeció. Giró la cabeza hacia abajo y vio el rostro de Yves cubierto por una máscara que escondía muchas cosas. Como su rabia e impotencia. Como su sentimiento de culpabilidad. Los elfos eran capaces de distinguir las emociones de los seres humanos fácilmente, pero Yves era un sujeto difícil de sondear. La primera vez que ella había intentado ver en su interior se había topado con una barrera. Naida no sabía su truco, pero si había deducido que en momento de descontrol emocional su protección empezaba a fallar.Pero ahora solo sentía dolor y tristeza, nada similar al brillo de sus ojos cuando la miraba.
* * *
Hubo un momento en el que Yves dejó de pensar, pues ya no encontraba más palabras para insultarse a sí mismo. Cerro los ojos y recordó el tono decidido que había adoptado unos días atrás. Pero después de verse incapacitado para matar a Naida por un sentimiento, había empezado a debilitarse. No poder protegerla del monstruo había sido la gota que colmaba el vaso.Y mientras se autodestruía sicológicamente, miles de sombras se acercaban poco a poco, con las fauces abiertas listas para devorar.
Yves gritó cuando sintió como unos colmillos se hundían en su brazo.
* * *
Naida bajó del árbol precipitadamente cuando oyó el grito. La escena que se encontró era horripilante: unas criaturas parecidas a los lobos, excepto porque sus zarpas eran más largas que lo habitual, y su boca estaba formada por un centenar de dientes afilados. Pero lo peor fue Yves. Con una mano sujetaba un improvisado puñal mientras intentaba proteger su otro brazo, totalmente desgarrado. La expresión de su rostro era indescifrable, aunque el brillo aterrorizado de sus ojos lo decía todo.Deshizo aquella imagen de su mente y concentró una bola de energía en su mano. La lanzó a los monstruos y, mientras duraba su ataque sorpresa, se acercó a Yves.
-¿Que te ha pasado? –susurró mientras retrocedían al son de sus enemigos.
-No te preocupes por mí. Preocúpate por ellos –dijo señalando la aglomeración que se cernía sobre ellos, dispuesta a celebrar un banquete- ¡Cuidado! –gritó mientras uno de ellos se abalanzaba sobre Naida.
La bestia cayó inerte en el suelo mientras la elfa sacaba de su cuerpo una brillante espada. Se la entregó al joven.
-Ahora no puedes disparar. ¡Defiéndete con esto! –ordenó mientras convocaba la magia del bosque. Enseguida una parte de sus enemigos acabaron enredados en las raíces que salían súbitamente de la tierra.
Naida perdió la cuenta de todos los hechizos que pronunció; solo veía que cada vez había menos... A veces distinguía una deslumbrante luz que indicaba que Yves seguía vivo a pesar de su grave herida. Se oían aullidos y se olía a sangre. Pero en su mundo solo existía su magia y las bestias que se lanzaban sobre ella.
Y de repente, todo acabó. Ya no hubo enemigos que abatir.
Aunque lo único que quería era tumbarse y dormir, corrió hacia su compañero. Pero no encontró lo que esperaba.
-Naida –dijo Yves mientras sujetaba su puñal en su dirección- Cuidado.
Vio el arma dirigido a su cabeza y no fue capaz de moverse. Solo pudo observar como seguía su camino y... se clavaba en la cabeza de un lobo que cayó al suelo a sus pies. El lanzador se acercó a ella arrastrando los pies y sujetándose el brazo derecho que sangraba sin cesar. Se derrumbó ante ella.
-Te he salvado la vida –consiguió decir en un leve murmullo.
-Olvidas que me debes más de una –le contestó Naida mientras inspeccionaba la herida del brazo. Pintaba muy mal -¿Cómo te has hecho esto?
-Tienen veneno... –respondió temblando- En sus dientes, me refiero. Al principio no era más que un herida, pero todos se abalanzaron sobre mí y el veneno hizo su efecto –se giró hacia ella- ¿Puedes... Puedes curarme?
-Sí. Pero necesito recuperarme. Tendría que proporcionarte energía en ciclos cortos. Supongo que no será un inconveniente.
Naida se acercó más dispuesta a levantarlo, pero Yves le detuvo.
-Puedo yo solo –se explicó mientras se levantaba.
“Quiere demostrar que no es inútil. Mejor dejarlo” Pensó mientras se ponía a su lado para sujetarlo si caía.
El arquero insistió en continuar andando, a alejarse de aquel lugar. Una vez hecho, consiguió subir a un árbol, alagando que a Naida le sería más fácil proporcionar energía allí. Ella le dejó.
Se apoyó en el tronco y respiró con dificultad.
-Ahora sí que ya no puedo moverme.
Naida dejó escapar una suave risa, que enseguida tapó con su expresión imperturbable. Cogió lo que quedaba del brazo de Yves y dejó que la energía fluyera a través de ella. El arquero se estremeció al sentir como su brazo se regeneraba muy poco a poco.
-¿Estás cómoda? No creo que curar un brazo de cuclillas sea la mejor opción –murmuró sin esperar respuesta. Cerró los ojos y se sumió en un sueño profundo.
Ella sonrió cuando vio su cabeza caer a un lado; su rostro expresando una envidiable tranquilidad.
Pero no duró mucho.
Se oyó una gran explosión y el cielo se iluminó. Tres rayos aparecieron, cruzándose. Nada más y nada menos que el símbolo de los dioses.
Yves se despertó y observó aquel símbolo con sorpresa. Luego, se volvió a Naida, que respondió a su mirada interrogante:
-Esa es la señal de la que te hablaba. Ahora... –dudó un momento- Ahora los dioses han decidido aceptarnos como los salvadores de este mundo. Nos dirigirán con sus señales.
-¿Y qué significado les das tu a eso?
-Fíjate en las puntas inferiores de los rayos. Ahora mira a donde apuntan –contestó con un susurro.
-El pico de los Grandes, la montaña de los dioses –citó tal como le habían enseñado- ¿Pero porque nos dan la señal ahora y no antes?
-Porque ahora el demonio ya no puede tentarnos... Porque saben que por muchas promesas, no nos mataríamos el uno al otro."
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