lunes, 28 de diciembre de 2015

Próximamente...

¡Hola a todos! Por motivos académicos, he sido incapaz de encontrar tiempo para dedicar a este blog. Seguramente, esta situación se repita durante los dos siguientes trimestres, hasta verano... No obstante, NO se cerrará el blog y seguiré publicando, aunque será de tanto en tanto (tirando a de mucho en mucho).
Y... para celebrar mi vuelta estas semanas, presento un pequeño (pequeñísimo) adelanto de la próxima entrada que está en proceso. Espero que pueda terminarla esta semana, antes de Año Nuevo...
¡Muchísimas gracias por vuestra atención!
¡Un saludo!








miércoles, 2 de septiembre de 2015

Fin

¡Hola a todos! ¿Qué tal va el verano?
He decidido experimentar un poco con este relato. Aparte de personificar el tiempo (para los que hayáis leído relato míos antes, sabréis que es un método que utilizo muchísimo), todo el contexto en el que transcurre la acción (el reloj de arena) es una metáfora de la vejez y el momento de la muerte.
¡Cualquier comentario es bienvenido!
¡Un saludo y disfrutad del resto de verano!

"Su mundo se había transformado en un desierto. Un cambio progresivo, lento, discreto, del que solo fue consciente cuando ya era irreversible. Cuanto todo en lo que creía creer se había vuelto contra ella, y ahora le pesaba encima, apretándola, aprisionándola, hasta que la carga de una vida entera fuera demasiada y ella, finalmente, se desvaneciera.  Todo el mundo luchaba contra aquel enemigo sobrenatural e invencible; un ser que arrebataba y devolvía las cosas, una presencia tan buena como mala.
El tiempo.
El único capaz de hacer pasar los días, las semanas, los meses; el único que convertía en polvo al más poderoso, porque nada hacía sombra a su poder. El tiempo, que distanciaba personas para volverlas a unir en un vínculo más fuerte y especial. No obstante, si su función con los humanos era dar y quitar, la de las personas con  él era compartirlo. Tiempo compartido sin cesar con otras personas, objetos o sentimientos. El tiempo era un fondo de inversión: a veces, estas inversiones reportan un beneficio más que satisfactorio –recuerdos que perduran toda una existencia-  y otras arruinan sin que nadie sea  consciente del valioso momento que ha perdido.
Todo el mundo tenía un reloj de arena en su interior; en el de Matilde, se podían contar los granos de arena que faltaban para que se acabara. Si antes aquel reloj estaba dentro de ella, ahora era ella la que estaba dentro de él. Mujer y guerrera por nacimiento –así lo pronosticaba su nombre- intentaba caminar sin ahogarse en la marea de arena que había dado comienzo en el reino del tiempo. Buscaba una grieta, cualquier agujero donde refugiarse y poder escapar de las manos de su enemigo experimentado. Recordaba el principio, cuando aquel terreno árido era en realidad, un floreciente bosque. Árboles, plantas y colores por doquier. Lagos donde nadar, insectos que cantaban el amanecer y el anochecer. El principio y el fin.
Pero ahora todo había cambiado. Los lagos se habían secado y las plantas marchitado, con el paso de las arrugas, las canas, la pérdida de los recuerdos y finalmente, el cansancio, la redención total. Al fin y al cabo, ¿quién quería vivir para siempre con la carga que suponía una vida, el peso de las arenas? Sin embargo, Matilde no pensaba así. Ella quería vivir, ver a sus hijos crecer, caer, resurgir, llorar, reír… Estar ahí, siempre. Ayudarles, consolarles aunque solo fuera con un leve movimiento de cabeza o una mirada ciega. Y al final, cuando el tiempo quisiera arrebatarle el único tesoro que conservaba, se evaporaría y desaparecería junto a ellos. Un pensamiento que antes era una masa de aire se había convertido una columna de titanio que había reemplazado su propia columna vertical para mantenerla y resistir
Resistir…  Resistir en aquel reloj infernal, en medio de la tormenta de arena que se cernía sobre ella…
Abría los ojos, se obligaba a mantenerse despierta para no cerrarlos y abandonar. ¿Por qué? Porque tenía miedo. Miedo de aquella oscuridad; miedo de cesar el dolor, miedo de terminar y llegar al fin. FIN. Tres letras, una palabra. Innombrable, porque entre sus labios era un grito final, una rendición. Fuente de escalofríos, preguntas sin respuesta y deseos prohibidos. Un camino que no admitía marcha atrás y del que ella, Matilde, estaba a un paso de la línea de inicio.

Del inicio del fin.
¿Podría resistir aquel tormento año tras año? Ya casi no sentía a sus hijos como si hubieran desaparecido en la marea de sus pensamientos. ¿Valía la pena seguir luchando para estar allí sin estar? 
La respuesta llegó clara: No.
***
El tiempo ejercía cada vez más presión. Cada grano de arena había aumentado su peso por mil. Y se preguntaba: ¿Cuándo? ¿Cuándo se rendirá, dejará caer los brazos y todo el reloj se derrumbará sobre ella? ¿Cuánto? ¿Cuánto tendré que oprimir, presionar, aplastar hasta  que ella se funda bajo mi poder?  Se ha llevado todo lo que un vasallo quería de su señor; mi mirada atenta, mi respeto, mi admiración. Ha encendido mis dudas, mi pena, mi arrepentimiento. ¿Podría acabar con ella?
Sí. Sí que podía. Tan cerca, estaba tan cerca…
***
Matilde tenía los ojos entreabiertos. El sonido de sus rodillas contra el suelo árido resonó. La tormenta dejó de rugir en sus oídos. Sus brazos parecían sostener un peso infame; sentía como si pudiera extenderlos, saltar y volar. Batir sus alas y liberarse. Solo tenía que cerrar los ojos… Un poco… Solo un poco más, lo suficiente para que los parpados abarcasen todo el ojo y la protegieran del exterior. ¡NO! ¡No podía pensar así! ¡Ella no se rendiría nunca, nunca, nunca! Tonterías, promesas y sueños que nunca se cumplirían. Solo eran palabras, frases que no dejaban de tener un solo significado: estafas.
El sentido común le traía sin cuidado. En su mente, cambiaba la N por la S y la O por la I. puedes seguir luchando. vencerás. SÍ hay esperanza. Sin embargo, a veces confundía las letras y volvían a su estado inicial: NO. La energía salía de su cuerpo con cada exhalación; podía sentir la figura del tiempo sobre ella, mirándola con tristeza. ¿Eso era lo que quedaba de la vida que tanto amaba? ¿Una existencia en el hospital, atada y sometida a numerosos tratamientos mientras que en el interior todo se derrumbaba? ¿Eso era todo? Sentía la presencia de sus hijos con ella pero sabía que ellos no sentían la suya. ¿Podía alguien existir si todo el mundo siento como si estuviera muerto?
Matilde -decía un voz en su cabeza, suave como el sonido de un violín-la eternidad y la existencia no siempre van juntas. Déjate llevar y olvida las reglas, las limitaciones y todo lo que te tiene anclado a este mundo devastador. Apóyate en mis brazos, cierra los ojos y no mires atrás. Espera a tus hijos, pero espéralos en paz conmigo. No puedes exprimir más de la vida; yo tengo mucho más que ofrecerte…
El tiempo volvía a introducirse en su cabeza. Sus palabras eran un eco que resonaba en todas las partes de su cuerpo. Una propuesta tan seductor, acogedora… Ya no tenía nada que perder. ¿Podía algo ser peor que esto? Todo su cuerpo temblaba, pedía a gritos una redención… Tan fácil, parecía tan fácil… Solo cerrar los ojos y volar, volar… Tan fácil como respirar, como soñar…
Ciérralos.
Matilde los cerró esperando, esperando…  La arena caía sobre ella, pero una paz la mantenía de pie sin sentir absolutamente nada. Sí, ahora podría esperar en paz…
Y ahora vuela, vuela mi pequeña, mi dulce, mi fuerte Matilde.
Y voló…"




                          

miércoles, 29 de julio de 2015

Inesperado

¡Hola! Siento muchísimo no haber pedido publicar antes, pero me han podido las ganas del verano (Lo siento, lo siento!!). He querido camiar un poco la temática -¡mis personajes me piden que deje de sumirlos en la desgracia! Espero que disfrutéis leyéndolo... ¡Y del verano!



La encontró –la conoció- en la playa de rocas, cerca del paseo de la bahía. Había llovido hacía unas horas y el suelo estaba resbaladizo, no obstante, necesitaba estirar las piernas antes de cenar. Ser obrero agriaba su humor y destrozaba su condición física con el paso de la edad, pero no iba a arruinar sus hábitos. Ver aquella figura, atascada entre la masa rocosa de la playa, pidiendo ayuda sin realmente pedirla, lo enfadó más. Odiaba cuando algo se salía de su esquema. Un esquema que le daba sentido a su vida, que evitaba que se sintiese más desgraciado de lo que estaba y le daba una excusa para evitar pensar en cómo había tocado fondo.
No obstante, salió de su camino para ayudar.  
Era una mujer. Primero se fijó en sus ojos; el contorno medio asiático de estos y su color verde cautivador. Luego en su sonrisa, amable, siempre preparada para estallar en una risa. Tercero y último, su pie izquierdo. Estaba atascado entre dos rocas y tenía varios arañazos. Temblaba un poco.
Paso uno: obligarse a ser simpático.
-¿Q…Que le ha pasado?
-Ay… Yo estaba dando de comer a los peces, trasbillé y el pie se me quedó atascado entre estas dos rocas –dijo ella sonriendo.
-Los p…peces pueden alimentarse solos –contestó Pedro sin pensarlo, irritado, como si la mujer se hubiera burlado de él con ese comentario. Los peces, ¿en serio? Si era tan torpe que era incapaz de mantener el equilibrio, haber pensado mejor. Ahora, como si no le bastara la situación, lo obligaba a romper su rutina. ¿Por qué demonios se había para a ayudar?
-Me gusta cuidarlos. Son como mis hijos.
“Ah, bien. Un avance”
Lo que le faltaba, que fuera una de aquellas activistas que pedían una consideración mayor hacia los animales o se hacían vegetarianas como símbolo de protesta, lo que era realmente una pérdida de tiempo.
Evadiendo una posible discusión, la cogió de los brazos y la estiró, desencajándola de las rocas. La llevó hasta el paseo de la bahía –terreno firme- y la depositó en el suelo. Su pie izquierdo estaba muy hinchado, posiblemente se había hecho un esguince. Además, ese mismo pie estaba un poco más elevado que el derecho, produciendo una permanente cojera. Enseguida se sintió mal. ¿Quién era él para juzgarla? Lo más seguro es que aquella cojera hubiera causado el pequeño incidente, y él, como un idiota, como una de aquellas personas que tanto le molestaban, se había reído de ella, de su torpeza, de su sonrisa. Sin siquiera saber cómo se llamaba. Sin siquiera saber nada.
A pesar de la negativa de la mujer, Pedro la acompañó a casa. Ya que no había sido un caballero al principio, lo sería al final, aunque no contara igual. La mujer lo examinaba con esos ojos tan exóticos, que lo desconcentraban y le ponían nervioso, muy nervioso.
-¿Cómo s…se llama? –dijo Pedro en un último intento de ser amable.
-Sílvia. ¿Y usted? –ella le siguió la corriente, sin romper aquella cadena de formalidades que los distanciaban.
-Pedro –silencio.
¿Qué preguntaba ahora? ¿Nombre? Hecho. ¿Edad? Descortés, imperdonable. ¿Familia? Demasiado cercano…
 - ¿T…trabaja?
-Enfermera –contestó ella sonriéndole, envalentonándole a continuar- Y usted es…
-Obrero. Tra…trabajo en las obras de aquí cerca… Ya sabe, el puente nuevo q…que están construyendo… -se aplastó el pelo. Mantener una conversación era un reto para él.
El tartamudeo había sido una cruz. Había soportado las risas de sus compañeros de la escuela, profesores e incluso familiares. ¿El truco? No hablar. Sí, no, hola, adiós. Con eso le bastaba para vivir, pero no para disfrutar de la vida. Había tenido que elegir.
Y había elegido.
Pero esa decisión no era compatible con Sílvia, con la mujer de las sonrisas verdaderas y hermosas, que lo derretían muy poco a poco.
Llegaron a casa de Sílvia en sincronizado silencio. Se despidieron con unas gracias por parte de ella y un susurrado de nada por parte de él.
Ahí empezó todo.
                                                               * * *
El trabajo en las obras era duro. Transportar vigas, ocuparse de los nuevos, cuidarse de que todo estuviera en orden, más vigas, más planos… Lo agotaba física y mentalmente. Ese día era uno de los peores; hacía demasiado calor y todo se le resbalaba de las manos. Las peleas eran frecuentes, influenciadas por el cansancio y el sudor que se acumulaba debajo del traje.
-¡Pedro! –era uno de los nuevos; venía con un paquete pequeño- Una señora ha venido y ha preguntado por ti. Me ha dado esto –le tendió el paquete, esperando a que hiciera algún comentario al respecto.
-Gracias.
¿Había mencionado que era un hombre de pocas palabras?
Lo abrió, un poco sorprendido. No solía haber gente que preguntara por él, y menos que le entregara paquetes. Era una fiambrera con sandía. ¡Sandía! Dio gracias en silencio a Sílvia, porque estaba seguro, segurísimo que había sido ella. Quería creerlo con tanto fervor que se encontró pensando en ella. ¿Volvería a verla? ¿Estaría allí, dando de comer a los peces? De repente, ya no le parecía un tema que le inspirara irritación. Más bien… Dulzura. Cariño. Sentía la necesidad de protegerla, de arroparla bajo su brazo, de sacarla de todas las rocas en las que se enganchara. Y también sentía la necesidad de que ella le hiciera compañía y, secretamente, que le enseñara a valorarse.
Se comió unos trozos y dejó los restos escondidos en un rincón. Los rescataría cuando acabara el turno, al igual que sus pensamientos. La pausa había sido demasiado larga; todo llegaría cuando tuviera que llegar. Y ahora mismo, eran las vigas las que tenían que llegar al puente.
* * *
La encontró en el mismo sitio. Estaba arrodillado en el borde de una roca, soltando comida a los peces. El pie izquierdo estaba totalmente hinchado, cosa que alarmó a Pedro. ¿Era enfermera y no iba a que le miraran el pie?
-Tienes el p…p… -pegó un pisotón fuerte en el suelo; ella se había girado y lo miraba con una media sonrisa que le inspiraba muchas cosas a la vez- pie muy mal. ¿Has ido al hospital? -¡Idiota! ¡Trabaja en un hospital!
-Se curará… a su tiempo.
-Hay cosas q…que no se c…curan así por así.
-¿Tú crees? Dime un ejemplo.
-El amor. El amor no se cura –respondió ruborizándose un poco. Vaya formas de empezar una conversación.
-Es verdad –asintió ella muy despacio- El amor no se cura, ni nos abandona. Permanece con nosotros. Siempre. Esa es su magia, su esencia más básica.
-Como ese esguince –respondió Pedro, volviendo a la conversación inicial antes de que saliera mal parado. Nunca había salido con una chica, y nunca había sentido que sus padres lo amaran. Era el paria de la familia, el raro, y lo veía en sus pupilas cada vez que lo miraban. Reflejado, deformado, allí, siempre.
Sílvia soltó una carcajada. Su rostro se iluminó como el de un ángel. ¿Cuántos años tendría? Era más joven que él, de eso estaba seguro.
Se desvió del camino y fue a sentarse con ella.
Adiós esquema.
-Gracias por la sandía –dijo Pedro, rezando para que hubiese sido ella.
Ella se tocó el bulto que le había salido en el pie izquierdo.
-Es lo menos que podía hacer por ayer –repuso, con una voz que nubló los sentidos del obrero- Podrías venir a casa hoy, a cenar –propuso ella, animada.
-No q…quiero ser una molestia.
-No lo eres. ¡Venga! Además –añadió ella casi susurrando- tengo más sandía.
Pedro soló una carcajada; la primera en meses. En ese momento, no existía ese hombre gruñón, malhumorado, serio, seco y medio traumatizado con su tartamudeo. Se sentía un hombre libre de todos esos defectos; un hombre nuevo bajo la presencia de la bondad de Sílvia.
En ese instante, ni el pasado ni el futuro tenían importancia para él. Ahora solo existían Sílvia, su risa, el mar y el sol; el presente.

La cena transcurrió con normalidad. Sílvia vivía en una pequeña casa en la playa, hecha de piedra con conchas de mar incrustadas. Discreta, sencilla y acogedora. Decían que las casas eran una visión de la persona que las habitaban, y en esta ocasión, Pedro no pudo estar más de acuerdo.
Cenaron tortilla de patatas acompañada de ensalada. Hablaron de aquello y lo otro; él, ella, sus respectivos problemas… Por primera vez en su vida, Pedro hablaba sin parar, atropelladamente y sin miedo a la burla. Sabía con seguridad que Sílvia lo entendía. Era, de algún modo, libre de decir y hacer lo que quisiera sin presión. Incluso llegó a bromear, cosa impensable en él.
Al acabar, insistió en vendarle el pie, y le prometió traer una silla de ruedas para que pudiera  moverse con más comodidad y sin tener que soportar molestias. Durante el proceso, Sílvia le contó que era viuda y había tenido un hijo. No hacía falta tener muchas luces para darse cuenta que ese había tenido hacía referencia al hijo que había existido en el pasado, pero no en el presente.
-Se llamaba David. Después de la muerte de mi marido, tuve que hacerme cargo de él a todas horas. No tenía familiares cerca que pudieran cuidarlo, así que también lo llevaba al trabajo. A David le gustaban mucho los peces –dijo con lágrimas en los ojos- Cada tarde, a la misma hora, íbamos a la playa y nos sentábamos en aquella roca. Mirábamos el atardecer mientras dábamos comida a los peces.
<<Un día empezó a sentirse mal. Estaba enfermo. Puse todo mi empeño en salvarlo, pero no hubo nada que hacer. Después de unas semanas horribles, donde la única persona consciente de la casa era yo, David murió. Los últimos segundos antes de su muerte, me hizo prometerle que le daría de comer a los peces. Por eso, cada día, cuando vuelvo del trabajo, siempre a la misma hora, esté enferma o cansada, bajo allí y estoy con el recuerdo de mi hijo hasta que el sol acaba escondiéndose. Y sé que mi David está allí y aquí, en mi corazón, siempre presente.>>
Pedro la abrazó mientras ella lloraba en silencio. No, no era una activista en contra del maltrato animal ni una pequeño acto de rebelión contra la sociedad. Era, simplemente, una manera de esconder el dolor y seguir viviendo, conservando la esperanza y sonriendo. Pedro no pudo hacer más que admirarla.
Desde aquella noche, Sílvia se convirtió en su única compañía y en su rutina. Cuando acababa de trabajar y se duchaba para estar más presentable, acudía a su encuentro en esa misma roca, a la misma hora. Juntos, rememoraban a David y compartían el dolor de su pérdida, decididos a cumplir su última petición. Después, Pedro empujaba la silla de ruedas de -¡lo había conseguido!- e iban a casa de Sílvia. Doblaba la silla de ruedas y preparaba la comida mientras conversaban. Podían hablar durante horas, con el fin de conocerse el uno al otro centímetro a centímetro.
 Pedro se sentía feliz. Muy feliz. No obstante, había algo que lo mantenía en vilo. ¿Veía Silvia en él la amistad o el amor? El hombre rozaba los cincuenta, tenía el pelo canoso y los ojos gris apagado. Sí, era alto y robusto pero no era guapo en absoluto. Ella era la luz, no él. Él era, más bien, el marinero. Si se declaraba, sabía que nada sería como antes; abría echado a perder lo más valioso que tenía. Quería acunarla entre sus brazos, pero… ¿Se lo permitiría ella? ¿Lo rechazaría, como el resto del mundo? Deseaba aplastar aquel sentimiento, pero una voz le decía que si lo eliminaba, ya no le quedaría nada por lo que luchar.
Decían que el amor era agradable, pero a él le producía pinchazos en el corazón. Le dolía el alma la incertidumbre de pensar si su amor sería correspondido o no. Parecía que el amor tenía una cruzada contra él, una guerra que el hombre no podía ganar.
“Tengo que rendirme. Tengo que luchar”
“Tengo que callarme. Tengo que sacrificarme”
“Tengo que desaparecer. No puedo abandonar”
Por ahora, era mejor así. Era mejor seguir robándole miradas. Era mejor seguir sintiendo pinchazos en el corazón. Era mejor aguantarse, conservar a Sílvia costase lo que costase. Porque era mejor así. Porque no se burlaba de su problema. Porque era lo valoraba y apreciaba tal como era. Porque sacaba lo mejor de él.
“El amor no se cura, ni nos abandona. Permanece con nosotros. Siempre. Esa es su magia, su esencia más básica.”
Su esencia. Su magia.
Sílvia. 




domingo, 14 de junio de 2015

Algo




"Es difícil olvidar la pérdida cuando piensas siempre en ella. Te abandona para arremeter otra vez contra tu cuerpo hasta que ya no puede más. Ni siquiera el recuerdo más bonito puede ayudarte; estará arrugado después de usarlo tantas veces. Entonces vas cayendo, poco a poco porque al dolor le gusta regocijarse con sus víctimas; le gusta que sientas el aliento gélido de la muerte en tu cuello, le gusta que sientas como todo tu “yo” interno ya no existe como tal, le gusta que veas que ya no eres quien eras antes y que todas tus fuerzas ya no sirven ni para levantar un taza y, sobretodo, le gusta ver que ni siquiera puedes levantarte porque tienes miedo de mirar la realidad a la cara. También puedes resistir, seguir luchando a pesar de que sabes que tú ya no puedes ser feliz, vivir una existencia miserable y pobre y recordar que lo que era antes, no es ahora.
La pérdida dolía, sí. Dan la sentía cada mañana al despertarse cuando veía el cristal de la habitación pintado de vapor. Cada tarde, cuando el sol iba cayendo poco a poco. Cada noche, al sentirse más solo que la luna.
Era uno de aquellos hombres desgraciados. Su existencia desgraciada empezó a serlo cuando perdió su mujer. Se negaba a recordar como la había sostenido hasta su último adiós. Pero lo recordaba. No quería pensar en que la había quemado y, en un día con mucho viento, la dejó ir a un lugar lejos de allí. Pero lo pensaba.
Desde ese momento, la pérdida se hizo gradual; perdió su casa, su vida, sus sueños, sus ilusiones y por último, el placer de las pequeñas cosas como fumar un cigarrillo o leer un libro.
Parecía que ya no había nada más que perder. No obstante, Dan se había vuelto inmune a ese sentimiento; sufría, sí, enormemente, pero evitaba ser consciente de ello. Se centraba en sobrevivir, y mientras ese fuese su único sentimiento, podía convivir con el dolor. Por eso, se había obligado a olvidarlo todo. Se había convencido de que ahora no necesitaba esa antigua vida.
Ese mismo día seguía en su línea. Estaba un poco preocupado. Era tarde y todavía no había encontrado un escondite. Él se movía sin muchas pretensiones en su búsqueda de un lugar para pasar la noche. Dormía escondido en las alcantarillas, en casas abandonadas que apenas se sostenían… En aquellos momentos de guerra era lo mejor que podía encontrar. Dormir en la intemperie significaba un tiro en la cabeza al despertarse. Era mejor pasar desapercibido, invisible.  Pero esa noche tuvo suerte: encontró una pequeña habitación en malas condiciones que nadie había querido. Dio gracias porque nadie en su situación la hubiera descubierto.
Constaba de una ventana pequeña y mugrienta, un escritorio que servía de cama y una estantería con cuatro libros y botes con hierbas en su interior. Los libros eran de medicina, al igual que las plantas y algunos documentos que descubrió en los cajones del escritorio. Era, para más inri, la casa de un médico. Dan, que había estudiado medicina cuando era joven y no había guerra, se sintió bendecido por un ángel.
Allí empezó todo. Los días sentado en el suelo esperando un milagro acabaron. Revisó las plantas y las clasificó. Leyó los cuatro libros de principio a fin, absorbiendo cada conocimiento que había olvidado. Escondidos en los tablones del suelo, encontró recetas que nunca antes había oído, más plantas, botes y alguna moneda olvidada. Le bastaba para comprar pan (comía solo una vez por las mañanas) y agua que no estuviera medio envenenada. Dan no era religioso, pero esos días le bastaron para comprender que había sido seleccionado por una razón. Sabía de moribundos, grupos que apaleaban a la gente y que los dejaban morir. Antes los arrastraba a su escondite e intentaba aplicar alguna técnica sin resultado. Ahora podía ayudarles de verdad.
Las semanas pasaron hasta que se decidió. Sabía mejor que nadie que las calles por las noches no eran seguros. Escondido en las alcantarillas o en algún agujero que le sirviera de refugio, había visto impotente como apaleaban a aquellos que no tenían tanta suerte como él. Podía acabar igual o muerto. Además, su aspecto sumamente descuidado no inspiraba confianza: llevaba dos harapos que antes habían sido una camisa y un pantalón, su cabello de un color indescifrable, su cara llena de mugre y suciedad. En los brazos tenía heridas, mordiscos de ratas que lo había atacado mientras dormía desvalido por la noche. Parecía un delincuente que no sabía dónde caerse muerto. 
Aun así, sentía que debía hacerlo. O por lo menos intentarlo.
Una noche de invierno (lo supuso por la nieve; hacía tiempo que no sabía en qué día vivía) salió fuera. Era tarde, hacía frio, pero eran más fuertes sus ganas. Caminaba mirando a todos los lados, fijándose de cada sombra que se movía en la penumbra. Pero el peligro no aparecía. A punto estuvo de volver para su refugio cuando oyó un ruido: respiros entrecortados. Iban apagándose poco a poco, como si por cada minuto que pasase se restara un poco de fuerza. No hacía falta ser un adivino para saber qué era lo que estaba buscando.
El hombre estaba acurrucado en una pared; una pared negra rodeada de nieve con sangre. Dan cogió el cuerpo con sumo cuidado y apenas halló resistencia. Llegó a casa indemne, casi sorprendido por la falta de peligros. Subió las escaleras, acompañado con un débil pum que provocaban los pies del hombre al golpear la madera. Pum, pum, pum… Lo tumbó en el escritorio mientras decidía que hacer. Los pensamientos, antes claros, ahora eran confusos y pasaban a toda velocidad por su mente. Salió afuera para buscar nieve en un intento de controlar la situación. Su euforia inicial se había congelado… ¿Qué debía hacer? Por un momento, pensó que se había equivocado, que habría sido mejor dejar morir a aquel hombre. No involucrarse.
Pero eso sería como condenarse a una existencia penosa e inútil. Había nacido para hacer algo, ¿no? Los hombres dignos escuchaban al deber (el de verdad) y eso era lo que les hacía libres. ¿Merecía él ser libre? O mejor planteado, ¿quería él ser libre?
Sí. Por supuesto que lo deseaba.
Subió a trompicones las escaleras, resbalándose varias veces. Se abalanzó hacía el hombre, suplicando para que aquellos segundos de duda no le hubieran quitado la vida. Examinó su cuerpo; estaba cubierto de cortes y golpes de arriba abajo. En el cuello había varios hematomas, quemaduras y restos de ceniza, cosa que significaba que sus agresores se habían divertido con él antes de dejarlo medio muerto. Su cara estaba totalmente deformada, con sangre apelotonada formando hormas de zapato. En los cortes aplicó hojas de ciprés, ideales para detener la sangre y evitar infecciones. Limpió la sangre de la cara y del pelo. Puso hielo en los hematomas y aloe vera en las quemaduras.
Ahora solo quedaba esperar.
Dan se sentó con las manos llenas de sangre. Las gotas de sudor caían de su cara, a pesar del frío que hacía. “Por favor, por favor, por favor…”. Escondió su cabeza entre sus rodilla y pensó
Pensó en todo lo vivido por primera vez. Recordó cuando era niño y jugaba a ser médico. Cuando, ya de joven, leía libros aprovechando la débil luminosidad que daba la noche. Cuando la medicina parecía ser la única luz de su vida hasta que apareció su mujer. Cuando discutía con ella para luego abrazarla. Cuando la soltó en el aire, dejando que el viento se llevara lo que quedaba de su esposa. Cuando supo que ahora sí que estaba haciendo lo correcto. Cuando, por fin, la esperanza y él volvían a cruzarse de nuevo.
Sí. Resurgía en su interior. Una llama prendía en su interior. Las lágrimas bañaban su rostro. Había encontrado lo que le faltaba, lo que le había provocado un estado de estupor entre la vida y la muerte.
Su algo. Su esperanza. Su recuerdo.  
Por un momento, el dolor dejó de existir."




sábado, 14 de febrero de 2015

La noche

¡Hola a todos! ¡He vuelto! Ya se que llevaba mucho tiempo sin publicar, pero me era imposible sacar tiempo. No os he olvidado, ¡lo prometo!
Esta vez he intentado experimentar juntando tres puntos de vista de unos protagonistas bastante inauditos: la oscuridad, la estrella y la luna. ¡Espero que os guste!
(¡Y siento otra vez la tardanza!)


1ª PARTE: La oscuridad

El reinado del sol se disolvió tan rápido como el manto de noche lo cubrió todo. Mientras la oscuridad hundía el omnipotente sol, mientras enterraba la luz y sembraba el mundo de sombras, mientras paseaba por cada callejón para cumplir su tarea, se lamentaba por su cruel destino. Cruel por obligarla a ser temida, cruel por ser considerada malvada, blanco de todas aquellas -¿como las llamaban los humanos?- metáforas y comparaciones que siempre la describían como la malvada, la solitaria, la temible. Odiaba su vida, su destino. Eternamente sumiéndolo todo en sombras, eternamente temida y despreciada.
Todo el mundo hablaba de las estrellas, de la luna y de la hermosura de la noche. ¡Como si ella no importara! ¿Serían visibles las estrellas sin la oscuridad? ¿Sería posible la noche sin ella? Le debían muchos todos, pero solo recibía nadas. Nadas vacíos, nadas llenos de odio, nadas de desprecio.  
Pero no todo eran desconsideraciones hacia ella... Al igual que no todas las luces eran buenas, no todos los humanos eran odiosos. Entre aquel cúmulo de almas, había algunos que se atrevían a contradecir secretamente las opiniones del resto, a venerarla.
Hacía tiempo que sembrar sombras había dejado de ser su única función. Entre su propia negrura, vigilaba, cuidaba de aquellas pobres almas que mantenían su pequeño reino, que todavía conservaban un poco de oscuridad en su corazón. 

***
2ª PARTE: La estrella

La estrella, clavada en aquella cartulina negra, despedía el último fulgor de su larga -y ya tediosa- vida. Sabía que aquella sería su última noche; que millones de años después ella ya no existiría y sería sustituida por otra. Pero lejos de sentirse apenada, sentía por primera vez nacer una luz dentro de ella, una luz que no estaba dirigida para aquel planeta llamado Tierra, ni para los curiosos seres que la habitaban. La esperanza brillaba, empezaba a fundir su núcleo lentamente, desprendiendo polvo y gas. Por fin podría vagar libremente por la infinidad del universo. Ella no estaba destinada a ser observada como las demás; ella estaba destinada a observar. 
Lentamente, se ahogaba en su propio fulgor. Parecía como si su corazón la tragara lentamente y después la deshiciera en pequeños trozos que ya tenía la voluntad de vivir y ser algo más que una estrella. Anhelaba la libertad como si solo aquella explosión le diera la paz que necesitaba. Anhelaba estallar, llenar todo el cielo de su esencia y por fin, descansar.
Sintió una punzada de dolor por allí y por allá. El pequeño agujero que parecía haberse formado en su interior se había convertido en un furioso tornado. Toda ella empezó a dar vueltas indefinidamente, como si de otra forma no pudiera mantenerse.
Entonces explotó.
El polvo de estrella, apenas inteligible, viajó en el espacio mientras, con una melancolía propia de aquellos que han vivido demasiado, recordaba que su forma seguiría apareciendo en los ojos de sus más fervientes admiradores durante millones de años...

 ***
3ª PARTE : La luna
La luna subió al cielo, como un actor entra en un escenario, dispuesta a cumplir la función que le había sido encomendada hacía millones de años, una eternidad. Había visto la Tierra crecer lejos, pero a la vez muy cerca. Había sido el ojo de la noche durante mucho tiempo, y parecía que nunca se cansara de hacerlo. 
Le gustaba ponerse su vestido blanco transparente, hecho con las perlas y los diamantes más cristalinos que el lector pueda imaginarse. La noche era así; tan rica en detalles como oscura. Los humanos intentaban imitarla, poniéndose aquellos vestidos y aquellos trajes que a ella ni le inmutaban. Le caían bien aquellos humanos, pero como suele pasar cuando se pasa mucho tiempo con una persona, odiaba aquellos aires de superioridad y de seguridad, cuando por dentro solo eran una masa trémula, demasiado débil para mostrarse tal como era. 
Ella, que los había adoptado como hijos propios, sabía como eran en realidad los humanos. Pero aquello no la enfurecía; le molestaba como un picor. Solo esperaba que aquel picor no se convirtiese en un eccema. 
Actriz de aquella obra llamada "noche", la luna comprobaba que todo el atrezo estaba en el lugar que le correspondía; la función bajo ningún concepto debía fallar, y solo le correspondía acabar cuando el sol aparecía. Entonces, ella dejaba de ser una interprete y se convertía en el satélite que en realidad era.
Después de tantos años, la obra podría parecer monótona o tediosa, pero para la luna era todo lo contrario. Su papel se había convertido en otro yo que formaba inevitablemente parte de ella.
Y le gustaba.