viernes, 26 de diciembre de 2014

La decisión

¡Hola! Antes de nada, ¡FELIZ NAVIDAD! (Un poco atrasado, lo se). Disfrutad los momentos con la familia y con los amigos, porque son únicos e irrepetibles. 
Un saludo muy muy grande y que la suerte este siempre siempre de vuestra parte...


"Travers veía sin ver. Entre la bruma de su oscura consciencia, distinguía el sol cayendo de su trono de gloria. Se escondía entre las montañas, dando paso al manto helado de la noche.
Desde el acantilado, un hombre yacía sentado entre las piedras. En su pelo negro azabache, comenzaban a hacerse visibles canas, semejantes a hilos de plata. Sus ojos eran grises, grises de tormenta. Su rostro era una máscara seria, que se agrietaba poco a poco. Su camisa y sus vaqueros eran corazas de hierro, que no dejaban atisbar el huracán que se formaba en su interior. El viento le azotaba, envolviéndole, envalentonándole para acabar con lo que había empezado.
¿Podía hacerlo? ¿Sería capaz? ¿No era mejor dar la vuelta y marcharse sin dejar rastro? No. Los primeros días se sentiría contento, aliviado de haber abandonado. Pero unos días no eran toda la vida, y sabía que una vez pasado su euforia, la amargura, la soledad y la tristeza habituales volverían a aparecer. No quería volver sentir aquellas emociones en su piel, y menos en su corazón.
Tenía miedo, y lo admitía. Odiaba caer y no poder levantarse. Había conseguido sostenerse de pie sujetándose a un fino hilo. Ahora, este comenzaba a ser insuficientemente fuerte para aguantarse en él.
No estaba dispuesto a volver a perder una partida. Simplemente, se había quedado sin cartas.
Alzó la vista y vio las estrellas brillar. Sintió un escalofrío y supo que se acercaba la hora. Se levantó con un deje de fuerza, pero no de decisión. No dolía tanto como lo de los últimos días. Por lo menos, ahora sabía que se iba a acabar.
Rebuscó entre el bolsillo derecho de su pantalón. Juraría que lo había traído… Sacó un cigarro y un mechero. Lo encendió tranquilamente, con una calma extraña, inestable pero a la vez satisfactoria. Avanzó hacia el borde del acantilado mientras tomaba pequeñas caladas del cigarrillo que ahora colgaba de sus labios. Con el manto estrellado sobre él, y las sábanas brillantes bajo él, Travers disfrutó del pequeño placer de sentirse libre hasta el último segundo.
Su reloj pitó, marcando las 23:57. Aplastó el cigarro contra la tierra y tiró el reloj. Del bolsillo izquierdo sacó una carta y la depositó a unos dedos de sus pies. Besó la carta, deseando que no se convirtiera en un arma de destrucción, sino en un gesto de disculpa.
23:59. Era el momento. El hilo flojeaba, suplicando que se soltase.
Y se soltó.
Travers había leído muchos libros que trataban de la misma situación que ahora mismo vivía. En todos, su protagonista pensaba, recordaba, toda su vida en breves ráfagas de tiempo. La realidad era muy distinta. Su mente, viendo que era su fin, se había desconectado; únicamente procesando la imagen que evocaban sus ojos, nada más que rocas bañadas por las violentas olas que las azotaban. El aire le golpeó incesantemente. Dolía, sí, pero era un tipo de dolor distinto al que había imaginado. Un dolor que se merecía, que su consciencia moral necesitaba desesperadamente, que lo castigaba sin pasión, anulando toda maldad de su interior.
Había dejado de ser humano para convertirse en un todo y un nada. Un todo por su cuerpo, que seguía formándolo un hombre. Un nada porque ya no tenía un hombre, un alma humana que obedecer; esta, se había desvanecido.
Ya no había un él, sino un algo.

El golpe contra las rocas fue indoloro. Ni siquiera sintió su cuerpo estrellarse contra ellas. Simplemente, el aire llevándose el algo que le quedaba."

jueves, 18 de diciembre de 2014

Inmoral

Le habría gustado poder decir que murió como un héroe, o que su último suspiro fue para aquello que más había amado, su recuerdo más preciado. Como todos aquellos que cayeron igual que él, si estuviera en sus manos -ahora frías y sin vida- volver en el tiempo, cambiarían estas lineas por otras mas heroicas, orgullosas, admirables y estoicas. Unas que reflejaran un hombre grande en cuanto a su alma, que se mantuvo firme ante la muerte, y que la recibió con los brazos abiertos en vez de cruzados. Con una sonrisa en la cara, en vez de una mueca.
Pero como hombre arrepentido, miserable y cobarde, no estaba en su deber, y menos en su destino, escribir aquellas palabras. Sin embargo, si podía escribir estas.

"Como luché, como lloré, como grité o como morí no eran momentos importantes. Si lo era aquel minuto en el que perdí mi dignidad para siempre. Dejé de ser un hombre, un ser racional, para poner en su lugar a un monstruo. Una bestia que se escondía bajo mi piel. Disfrazado con telas de vanidad, hierro de poder y valentía. Así fue como me perdí a mi mismo en una guerra civil que se libraba dentro de mí, y que supe que había perdido cuando activé la bomba que los voló en pedazos.
No lo conocía. No sabré su nombre, ni siquiera como era. Pero aquel momento en que el edificio explotó en mil trozos, supe que todo por lo que había creído luchar me había matado en aquel momento.
Recuerdo... recuerdo que avancé con mis compañeros entre las ruinas que yo mismo había causado. Quedaron grabados en mi mente los sollozos de los heridos, que uno a uno, íbamos matando. Gente inocente, que lo acababa de perder todo por una persona... Yo, yo, yo y solo yo. Pude comprobar que repetirme a mi mismo que no era culpable no minimizaba el dolor que sentía en el pecho, sino que esta me rugía, arañaba y golpeaba interiormente. Era estúpido, inocente, cruel, culpable, asesino, marioneta y condenado.
Pero seguí caminando, y seguí matando. No dejaba de ser una marioneta, un muñeco de carne y hueso que solo sabía obedecer, que no encontraba nada indignante o inconcebible en aquella escena. Yo solo había hecho lo que me habían mandado hacer.
Desconocía, por supuesto, que al único al que le atormentarían pesadillas era a mí. Desconocía que el peso y el infierno que suponía matar a todas aquellas almas inocentes solo recaería en mí, y en nadie más. Desconocía, sobretodo, lo estúpido que era.
Estos pensamientos solo vinieron a mí cuando llego el momento de mi caída. Pero eso es después, y yo todavía estoy en antes.
Oímos unas pisadas y nos escondimos rápidamente debajo de los escombros. Nuestras caras y nuestros cuerpos estaban manchados de barro; cualquiera que nos viera pensaría que eramos las víctimas. Pistola en mano, aguardaba el momento oportuno para huir o organizar otra matanza.
Varios soldados salieron en fila de un callejón. Pararon en seco; algunos llevándose las manos a la cabeza, otros contemplando impasibles la escena, con una mueca de impotencia afilada en sus rostros. Sus ojos ardían de furia, rabia.
La cabeza todavía me daba vueltas, pero era capaz de asimilarlo todo. También lo era de actuar con la conciencia que me quedaba, que era muy poca. Miré a los ojos de cada uno de los que formaban mi pelotón y vi en ellos la determinación y la seguridad de haber hecho lo correcto.
Estudié a nuestros enemigos. Eran una docena, como mucho. Sus armas no eran mejores que las nuestras, y su situación menos. Una mitad registraban los cuerpos, intentando distinguir entre los restos a alguien a quien pudieran salvar, o identificar. Habían olvidado al enemigo. Y eso nos daba factor sorpresa.
-¡Ahora! -grite con la voz ronca, teñida de incertidumbre y confusión.
Mis hombres se levantaron a mi orden. Solo fue un segundo, un segundo donde el silencio más aterrador -aquel que anuncia la tormenta- reinó en el aire. Después pasó a un infierno de disparos, sangre y gritos. No me molesté en apuntar, ni siquiera en disparar; cuando mi pelotón abría fuego, no quedaba nadie vivo.
Oía un pitido, pero sospechaba que eran solo mis oídos.
No nos molestamos en comprobar si todos estaban muertos. Simplemente corrimos hasta el punto de encuentro, concretamente, cinco manzanas al norte de nuestra posición. Mis piernas ardían, por no mencionar mi cabeza, pero estaba acostumbrado a los efectos secundarios de matar, Mis ojos veían un avión gris atravesando la fina neblina. Solo se oían los suspiros entrecortados de mis compañeros, que luchaban por mantener el ritmo.
Estábamos a dos manzanas de lo que a mi me parecía nuestra salvación cuando una bala atravesó el aire y la nuca de un miembro de mi pelotón. Este se derrumbó en el suelo, y con su último aliento dijo un "¡Fuera!" que me estremeció.
El pánico se había apoderado de nosotros, pero sabíamos sobrellevarlo. Dejamos el cuerpo inerte del soldado con un seco "Él lo habría entendido" e intentamos buscar una cobertura donde devolver el ataque.
Me lancé hacia una pared de ladrillos, posiblemente una casa que nunca terminó de hacerse. Recuerdo como dos de mis mejores tiradores sucumbían a los disparos antes de llegar a la cobertura. Solo quedábamos tres, y no en nuestras mejores condiciones. Sopesé las opciones; nuestro punto de encuentro no duraría mucho en estas condiciones. Necesitábamos una distracción o quizás lo mejor era morir. Mientras tanto, los disparos sonaban más cerca y mis nervios iban a hacerme explotar. Miraba mis dos salidas, incapaz de asociar los puntos y ver lo que no quería ver: uno de nosotros debía sacrificarse o los tres moriríamos.
Miré a los ojos de aquellos niños, porque no dejaban de serlo. Esperaban que me pusiese una capa roja y les salvara del lío en el que se había metido. Pero yo no era un superheroe, y menos un ser honorable. Los minutos se contaban por pocos y tenía las cosas poco claras. Solo una idea vivía en mi mente, en mayúsculas.
YO QUIERO VIVIR 
Pero "deber" y "querer" eran conceptos muy diferentes. Estaba tambaleándose entre el hilo que separa la vida y la muerte. Aunque su mente, su cuerpo y una parte de su ser estuviera de acuerdo con la idea de vivir, su corazón no dejaba de repetir su negativa. No, no, no, no, no... Al son de sus latidos. Una tediosa melodía que odiaba, pero que no dejaba de repetirse.
Levanté la vista y entonces, supe que ya no podía tomar la decisión que habría cambiado el valor de estas palabras.
Sentí unos brazos que me tiraban fuera de mi cobertura. Caí sobre un charco de lodo violentamente, mientras una lluvia de balas cubría mi cuerpo.Grité, lloré mientras me desangraba. Mi última visión en la vida mortal fue la de dos jóvenes corriendo hacía un helicóptero. Mi salvación, física y moral estaba perdida.
Patéticamente, porque mi propio corazón me había asesinado. Aunque no negaré que me lo había buscado... ¿No era el corazón el que castigaba a la fuente del dolor?"