¡Hola! Antes de nada, ¡FELIZ NAVIDAD! (Un poco atrasado, lo se). Disfrutad los momentos con la familia y con los amigos, porque son únicos e irrepetibles.
Un saludo muy muy grande y que la suerte este siempre siempre de vuestra parte...
"Travers veía sin ver. Entre la bruma de su oscura consciencia, distinguía el
sol cayendo de su trono de gloria. Se escondía entre las montañas, dando paso
al manto helado de la noche.
Desde el acantilado, un hombre yacía sentado entre las piedras. En su pelo
negro azabache, comenzaban a hacerse visibles canas, semejantes a hilos de
plata. Sus ojos eran grises, grises de tormenta. Su rostro era una máscara
seria, que se agrietaba poco a poco. Su camisa y sus vaqueros eran corazas de
hierro, que no dejaban atisbar el huracán que se formaba en su interior. El
viento le azotaba, envolviéndole, envalentonándole para acabar con lo que había
empezado.
¿Podía hacerlo? ¿Sería capaz? ¿No era mejor dar la vuelta y marcharse sin
dejar rastro? No. Los primeros días se sentiría contento, aliviado de haber
abandonado. Pero unos días no eran toda la vida, y sabía que una vez pasado su
euforia, la amargura, la soledad y la tristeza habituales volverían a aparecer.
No quería volver sentir aquellas emociones en su piel, y menos en su corazón.
Tenía miedo, y lo admitía. Odiaba caer y no poder levantarse. Había
conseguido sostenerse de pie sujetándose a un fino hilo. Ahora, este comenzaba
a ser insuficientemente fuerte para aguantarse en él.
No estaba dispuesto a volver a perder una partida. Simplemente, se había
quedado sin cartas.
Alzó la vista y vio las estrellas brillar. Sintió un escalofrío y supo que
se acercaba la hora. Se levantó con un deje de fuerza, pero no de decisión. No
dolía tanto como lo de los últimos días. Por lo menos, ahora sabía que se iba a
acabar.
Rebuscó entre el bolsillo derecho de su pantalón. Juraría que lo había
traído… Sacó un cigarro y un mechero. Lo encendió tranquilamente, con una calma
extraña, inestable pero a la vez satisfactoria. Avanzó hacia el borde del
acantilado mientras tomaba pequeñas caladas del cigarrillo que ahora colgaba de
sus labios. Con el manto estrellado sobre él, y las sábanas brillantes bajo él,
Travers disfrutó del pequeño placer de sentirse libre hasta el último segundo.
Su reloj pitó, marcando las 23:57. Aplastó el cigarro contra la tierra y
tiró el reloj. Del bolsillo izquierdo sacó una carta y la depositó a unos dedos
de sus pies. Besó la carta, deseando que no se convirtiera en un arma de
destrucción, sino en un gesto de disculpa.
23:59. Era el momento. El hilo flojeaba, suplicando que se soltase.
Y se soltó.
Travers había leído muchos libros que trataban de la misma situación que
ahora mismo vivía. En todos, su protagonista pensaba, recordaba, toda su vida en breves ráfagas de tiempo. La realidad
era muy distinta. Su mente, viendo que era su fin, se había desconectado;
únicamente procesando la imagen que evocaban sus ojos, nada más que rocas
bañadas por las violentas olas que las azotaban. El aire le golpeó
incesantemente. Dolía, sí, pero era un tipo de dolor distinto al que había
imaginado. Un dolor que se merecía, que su consciencia moral necesitaba
desesperadamente, que lo castigaba sin pasión, anulando toda maldad de su
interior.
Había dejado de ser humano para convertirse en un todo y un nada. Un todo
por su cuerpo, que seguía formándolo un hombre. Un nada porque ya no tenía un
hombre, un alma humana que obedecer; esta, se había desvanecido.
Ya no había un él, sino un algo.
El golpe contra las rocas fue indoloro. Ni siquiera sintió su cuerpo estrellarse
contra ellas. Simplemente, el aire llevándose el algo que le quedaba."