lunes, 12 de septiembre de 2016

Reflexión de un universo enamorado

¡Hola a todos! ¿Como ha ido el verano? Ahora toca ponerse en marcha...otra vez. Aprovecho por pedir disculpas por adelantado pero, por motivos académicos, probablemente no tenga tiempo material para escribir un relato antes de Navidad. ¡Os prometo que la vuelta será a lo grande!
¡Espero que disfrutéis del relato! ¡Los comentarios y cualquier sugerencia son siempre bienvenidos!

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El universo es infinito. Cobra formas ilimitadas, y lo es todo –y nada- simultáneamente. Puede ser un concepto complicado de entender, no tanto por su dificultad, sino por el terror que nos parece inspirar una palabra cuyo significado es tan inmenso e incalculable que carece de control ninguno. No obstante, intentaré explicarlo. Universo son dos caras: luz y oscuridad. Es tan general como lo es de concreto. Piensa en cualquier cosa que se te ocurra. Sí, es cada estrella, cada planeta, cada fuerza y cada vida. Es agua, tierra, fuego y aire. Es un suspiro en una calle bulliciosa o la calle en sí. Es cada piso; aquel ático y aquella mujer que, apoyada en el balcón de su terraza, intenta explicar lo indescriptible –en otras palabras, yo, Diana.

¿Qué papel jugaba el universo en aquel momento de turbada reflexión? Muy bien empezaba a saber yo que no podía evitar lo que inevitablemente había aparecido en mi vida, de la misma manera en la que no podía ignorar lo que me perseguía hacía ya demasiado tiempo. Aquel algo que me había apartado de un estado de desidia e incuria con la única finalidad de arrojarme al camino de la inseguridad, las dulces palabras, el miedo y la esperanza no podía ser nada más que aquello que mis labios temblaban al pronunciar: amor.

¿Temía yo al amor? Ciertamente sí. Muy pocas veces este no viene acompañado con angustia que se convierte en suplicio, y deseo que se convierte en un calvario. El ser humano podría ser descrito como uno verdaderamente intenso, y es que solo una pequeña aflicción en el corazón podía conducirlo a una tortura perpetua.  No obstante, el conocimiento de estas consecuencias no lo abstenía a pasar las penurias –y las virtudes- del amor, y estaba claro que yo no iba a ser menos.

Pero los augurios de  mis deseos –subjetivos- y mis predicciones –objetivas- no coincidían. Y es que yo, Diana, era un escritora que solo concebía finales tristes, en cuyos relatos no se permitía ni la más mínima clemencia a la hora de decidir el destino de los dos amantes. Yo, Diana, que tomaba al pie de la letra las palabras de Nietzsche y aceptaba categóricamente que la tragedia siempre se imponía sobre el bien, que Apolo estaba condenado a la derrota y era Dionisio quien se haría con la victoria. Yo, Diana, la que nunca había suplicado al universo nada y ahora pedía en silencio por temor a revelar sus dudas una historia feliz. ¿Por qué?

Por él.  

Él, que cruzaba el universo entero con una media sonrisa que derretía hasta los corazones más rígidos y circunspectos. Él, con unos ojos de ensueño cuyas pupilas albergaban todas las estrellas del cielo, unas orejas que se prestaban a escuchar atentamente cuantas palabras trajese el viento,  unos labios que deseaba trazar hasta memorizar y que al hablar, emitían el más dulce de todos los sonidos, como si de miel para mis sentidos se tratase. Y tras de sí, historias contrarias a lo que yo siempre había creído; relatos diferentes, que acababan bien, que se creían esperanzadores y cuya única norma consistía en ceñirse a los sueños y llegar a la más absoluta felicidad.

Y ahora el lector se preguntará: ¿Qué puede salir mal? ¿Acaso estamos condenados al fracaso tajantemente?

Bueno, eso es lo que yo había creído hasta entonces –y todavía sigo creyendo. A pesar de la tela de niebla que había instalado en mi cabeza, mi juicio seguía viendo lo inevitable: estaba aterrorizada y tenía muchas razones para serlo. Sí, sé lo que sus cerebros están pensando ahora mismo: ¡cobarde! No lo niego: nunca destaqué por mi valentía, pero si lo hice por mi sensatez, conceptos que a mi buen entender nunca fueron amigos. Mi razón era única y simple: no quería hacerle daño.

Tenía miedo de destruir a una persona que vivía de tantas ilusiones. Él ansiaba volar junto a las estrellas que sus ojos reflejaban, pero yo solo podía anclarlo al suelo, destaparle los ojos y enseñarle la realidad en la que yo creía. No podía hacerle eso a la persona que amaba.

Tampoco quería.

No obstante, era incapaz de enfrentarme a tan amarga realidad. Una batalla sin tregua se libraba en mi interior: aunque mi mente dijese que no, todo mi ser se inclinaba a por el sí. Mis orejas se habían habituado al constante zumbido que protagonizaban el “sí” y el “no”. Todo era intento de apagarlos era inútil.  El ingenio que me caracterizaba no encontraba una solución a aquella interminable paradoja que se había pegado a mi cuerpo y de la cual no podía desprenderme por más que quisiera.

Sí, deseaba escribir una historia en todo el largo y el ancho de su cuerpo. No, tenía miedo de escribir una historia equivocada, un tatuaje negro del que jamás pudiese desprenderse y lo destruyera por dentro. Sí, anhelaba ver el reflejo de mi rostro en el de él. No, temía apagar las estrellas que habitaban en su pupila. Sí, ambicionaba el calor de su amor. No, me espantaba enfriar ese ardor, volver de hielo sus caricias.

¡Por el amor de Dios, aquello era de locos!

En aquel momento, se repitieron en mi mente unas palabras que mi madre había pronunciado, apoyada en el horno de la cocina mientras yo, sentada, trazaba las líneas del mantel de la mesa: “Nadie es capaz de renunciar a lo que de verdad quiere sin romperse por dentro o morir en el intento”. Había llegado a ignorar la sabiduría, la desagradable verdad que contenía aquella frase y que había tardado en manifestarse hasta ahora.

Todo eso derivaba en la pregunta (estimado lector, aprecie la aclaración de que no es una, y reitero, una mera cuestión) que conseguía desplomar la argumentación de mi bando racional. E aquí tres palabras: ¿Podía acaso elegir? Y la respuesta era que había llegado al inevitable punto de no retorno, en el cual todas las partes de mi cuerpo solo podían procesar una única orden, tan peligrosa como simple su nombre… Amar. Amar hasta morir, hasta que todo átomo de su cuerpo se descompusiese por amor, eterno amor.

El universo no podría haber sido más claro. Ante mí se revelaba en una única forma. Jamás su imagen fue tan nítida.

Porque en una noche de verano, una parte del universo se encontraba en la terraza de un ático.

Porque en una noche de verano, yo me había convertido en un universo enamorado.





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