Namaste, Rubén:
Escribo esta carta pensando en aquella niña de ocho años que solo una vez
se me permitió ser, y no me hace falta preguntar a los dioses para saber que tú
pensarás en el recuerdo que te queda de ella cuando leas mis palabras. Resulta
inconcebible como un número tan simple como el ocho puede definir tantas cosas;
tanto todo y tanto nada. Fue hace ocho años cuando el destino más desolador
quiso que tú y yo nos conociéramos, fue hace ocho años descubriste una verdad
que me pertenecía y me prometiste, aquella que no me quisiste desvelar.
Ocho años en los que tú esperaste una carta, una respuesta a una promesa
rota, y fueron esos mismos ocho los que yo tuve que aguardar para conocer, comprender y escribir.
Quizás te resulte esta carta absurda, inapropiada, burda y sin sentido, mas
Rubén, no me obligues a poner una barrera de formalidad a mis pensamientos.
Desde hace años me creo ahogar hasta en las propias gotas de lluvia, y a partir
de ahora, por locura, desesperación o por extraña cordura, estas hojas y tú
seréis mi balsa, un lugar donde por fin pueda permitirse sentir.
Resulta increíble como la presencia de una persona puede remover nuestro
mundo hasta transformarlo en uno nuevo. Porque tú eras viento Rubén, un tornado
que se paró frente a mí y me prometió lo que nadie sabía darme: a mis padres,
desaparecidos hacía tres días. La siguiente –y última vez que te vi-fue
hablando con el maestro Rajiv en susurros que quedaron el silencio. Tu rostro,
tenso, contraído me confirmaron que le contabas aquello que habías descubierto
y que quizás habrías deseado no hacerlo. Te esfumaste con un leve asentimiento
de cabeza, ninguna palabra, solo culpa. La verdad que me habías querido
ocultar-una avalancha de nieve había matado a mis padres- quedó escondida bajo
esa capa de nieve, y con ella, quedé yo.
No pienses que te odié; nunca lo hice. Te anhelaba porque representabas lo
único que yo me había atrevido a desear durante muchos e interminables años: la
certeza de saber lo que había pasado. Cierto es incluso que te comprendía.
Habías querido reducir el golpe y hacer desaparecer el dolor, sin ser
consciente que lo que había dejado atrás era mucho peor que eso. Dejaste un
tornado, un jarrón en el extremo de la mesa, a punto de quebrarse.
Desde tu desaparición, rogué y lloré interminables veces al maestro Rajiv
que me resolviera el misterio. Sin embargo, nunca estuve lista para recibir
aquella certeza hasta hace una semana, ocho años después de aquel incidente que
siempre quedaría grabado en mi cabeza y al que acabaría buscando una
explicación. Para la mente de una niña, la muerte nunca es una opción, una
posibilidad realística. Estaba claro que me habían abandonado; se habían negado
a volver contigo y había huido sin mí. No
me habían querido, nunca lo hicieron y jamás lo habrían hecho; por eso se
fueron. Crecí y aquella explicación quedó en mí, y con ella el dolor, el
desapego, el abandono y la culpabilidad. ¿Qué había hecho para espantarlos de
su hogar? ¿Era yo, acaso, algo que no debía existir, un mal que habitaba sin
saber lo que era pero actuando como tal?
No es agradable convivir con una herida sin cerrar y millones de sueños rotos, pero… ¿Realmente
tenía yo una opción? ¿No era ese el destino con el que se me había escarmentado?
Empiezo a respirar Ruben, y nunca pareció tan esencial, tan agradable
hacerlo.
Y es que el hechizo ya se ha roto. Tanta espera por lo que era tan
anhelado, tan soñado: la certeza, la verdad de saber definitiva y
contundentemente quien era. Ya puedo permitirme desechar el dolor y todo lo que
acarreaba con él. Por fin tengo la posibilidad de enterrar a mis padres en el
fondo de aquel mar formado por la lluvia
que me ahoga; tan ancho, tan especial, tan capaz de contener todas las
virtudes, todos los defectos, todos los pensamientos y tanto amor, tanto amor
ansiado, robado, roto.
Ahora sé que no me abandonaron. Los veo en mi casa, en cada rincón, en cada
recuerdo acumulado entre el polvo de los objetos. En cada palabra, en cada
suspiro, en cada manía. Y sobretodo, en aquel reflejo frente al espejo; mis
ojos, mis labios, mi pelo, aquella niña
de ocho, nuevo, diez años.
Lo veo claro; brillante y lúcido en la oscuridad, encima de una balsa que
flota silenciosamente a la luz de la luna. Nunca se fueron. Un padre y una
madre no dejan de serlo después de la muerte, un hecho tan intrascendental, tan
nimio en comparación. Su amor transciende las barreras más fuertes que un
hombre pueda construir. Por mucho que no escondamos, por mucho que tarde en
llegar, siempre está ahí: invisible, mudo, pero constante, como una dulce
melodía que no deja de sonar.
Y ese es el mayor legado que jamás me pudieron dejar.
Adiós Ruben
Libre por fin
Anuradha

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