sábado, 27 de febrero de 2016

Elur

¡Sí! ¡Ya he vuelto! ¿Y que mejor forma de hacerlo que presentando un nuevo relato? Nada más y nada menos que 4 páginas. 
Considero que ha sido una de las historias que más me ha costado escribir: Elur era un personaje que daba juego a una realidad contada desde numerosas metáforas. Espero que lo disfrutéis muchísimo y que os conquiste el personaje al igual que hizo conmigo. 
Para quien quiera experimentar, dejo en los siguientes enlaces la música que utilice para escribir el relato. 

"En las profundidades de la montaña, Mahli lloraba.
Su pequeño cuerpo se estremecía bajo el pequeño bulto de ropa entre sollozo y sollozo. Producto de un corazón triste y herido, las lágrimas brotaban de sus ojos para ser congeladas segundos después por el cortante frío. Como si la naturaleza no quisiera comprender, ver, sentir las cenizas de una pesadilla que había traspasado el límite de lo imaginario y se había vuelto real.
Elur no lo hacía.
No había llorado cuando vio a sus padres morir. Tampoco lo hizo cuando miró atrás y vio su tierra convertida en un punto en el horizonte; una tierra en la que había enterrado sus raíces, ahora arrancadas súbitamente de ella; una tierra en la que había amado y odiado, reído y enfadado, nacido y crecido… Una en la que había sido Elur…Elur, que ahora, en la solitud de la montaña nevada que se extendía frente a ella y en el hueco donde antes había habido un corazón, no era nada ni nadie.  
No quería sucumbir al llanto porque era como buscar una aguja en un pajar: completamente inútil. Elur no era débil, y sabía muy bien que la única forma de cortar a los demás era ser fría como un témpano y afilada como un cuchillo.
Miró a Mahli. Elur recordó como lo había visto jugando con sus amigos hacía unos días, y se preguntó como aquel manojo de nervios, energía y risas se había convertido en una masa endeble y lamentable de la noche a la mañana. La infancia se había fugado de su cuerpo y la madurez que la precedía se había escondido, como si tuviera miedo de dejar comprender a  un niño de doce años que las frases “nosotros estaremos siempre aquí” y “no temas, no pasará nada” no son más que una mentira piadosa; aire fugaz que promete tranquilidad y vuelve para dejar todo lo contrario: incertidumbre y desatino.
Iba a sobrevivir. Él y ella. Era una idea tonta, ilusa y optimista, pero creer en ella nunca fue una cuestión del querer sino del deber. Por muchas razones: por venganza, por dignidad, por rabia, odio y amor. Por el mundo conocido y desconocido, por lo que creía y no creía, por lo que existía y no existía.
No lo haría.
No dejaría que sus lágrimas fundiesen el hielo de su iceberg particular. No dejaría que llegaran a su punzante corazón. Porque sabía que una vez llegaran, poco podría hacer para que se ahogara en su dolor.
Sumida en oscuros pensamientos, no vio que Malhi se había levantado y le había cogido de las manos, suplicantes, arrastrándola lejos. No  oyó sus gritos ni el ruido que venía de arriba. Ni siquiera sintió el vacío que se extendía sus espaldas.
El alud los golpeó.
Y cayeron.
***
Elur…
Su padre le sonreía detrás de los fogones de la cocina. Una sonrisa que poco a poco se convertía en una mueca, una mueca de dolor…
Elur…
Su hermano daba vueltas por la habitación. Brincaba, saltaba, reía. Cada vez iba más rápido, y ella habría podido jurar que su cara era muy parecida a la de Malhi…
Elur…
Abrió los ojos.
No estaba en la cocina. Ni en la habitación. Su hermano y su padre se habían esfumado, como si no hubieran existido, como si hiciera unos minutos no hubieran estado con ella.
Y lo peor de todo, es que era cierto.
Detrás de la llovizna de nieve, podía distinguir unos metros de piedra que conducían a la nada.
Intentó incorporarse, pero lo único que consiguió fue despegarse unos centímetros de la nieve para volver a tumbarse en ella. Parecía que su cuerpo la hubiera abandonado, como si cada músculo, cada hueso hubiera desaparecido y estuviera sustituido por una masa que no respondía a sus deseos. Una masa inerte, que sin embargo, contenía las dos únicas cosas que Elur habría dejado ir: el frío y el dolor. Podía sentir a este último pitando en los oídos, en cada costilla, en cada vertebra, en cada dedo del pie. Y sobretodo, podía notarlo en el corazón, como una tormenta que amenazaba con deshumanizar cada sentimiento, electrocutar cada rincón, destruir el más mínimo rastro del que antes había testigo de tanto y de ahora tan poco.
Su visión empezó a agudizarse pasados unos minutos. El rostro del pequeño Mahli estaba a un brazo de distancia; tenía los ojos abiertos.
Un rayo de esperanza la estremeció.
-¿Mahli? –susurró con la voz rota- ¿Mahli? Intenta…–tomó una bocanada de aire que le congeló los pulmones antes de continuar- Intenta levantarte…
Nada. Solo su mirada inexpresiva era testigo de sus palabras.
-Solo…Solo respóndeme, ¿vale? Por favor…
Extender el brazo para zarandearlo era impensable. Hablar más alto era torturar sus cuerdas vocales. No había motivo para preocuparse. Si ella estaba viva, ¿por qué no iba a estarlo él? Estaría asustado. Conmocionado. Quizás no la oía…
Se desmayó del frío. Los ojos marrones de Mahli seguían fijos en el rostro de Elur, carentes de expresión. La fina línea de sus labios no albergaba ninguna palabra.
Nunca volvería a hacerlo.
***
Ya no soñaba.
El dolor de su cuerpo cubierto por nieve, congelándose poco a poco la despertaba intermitentemente. Durante esos momentos de lucidez podía ser ella o, por lo menos, de lo que quedaba de ella.
Mahli seguía allí, a su lado, sus ojos fijos en ella. Repetidas veces los miraba, ansiando ver en ellos alguna señal de reconocimiento. No obstante, lo único que veía eran los restos de una promesa rota. El peso de la culpa la embargaba, hasta el punto que decidió no volver a enfrentar a aquel recordatorio permanente de aquello que no había podido cumplir… y que nunca más podría volver.
Enloquecía de dolor y pérdida por momentos.
También fueron muchas veces las que vio a Elur –la real, aquella que había sido amada y había amado, aquella que no necesitaba de un afilado corazón para sobrevivir- entre una neblina que se volvía cada vez más espesa. Ella sabía que aquella figura era el único testimonio de lo que había sido y de lo que ansiaba recordar y convocar: el calor que proporcionaban unas bellas palabras, unas delicadas manos, una mirada, un abrazo, un beso. Quería tocar el deseo y sentir la esperanza, arder como el sol que había dejado de ver. Necesita ser Elur, solo Elur y nadie más; aquella que reía, corría, bailaba, cantaba y era feliz. Habría dado cualquier cosa por colocarse sobre sus pies en la punta del precipicio, sus manos extendidas como las alas de un pájaro; ansiando saltar, volar, liberar el dolor y desvanecerse.
Sí, la miraba a menudo.
***
Hubo un momento en que la niebla desapareció y pudo ver las estrellas.
Habría deseado ser una masa caliente de energía que una vez hubiera decidido que no podía soportar más su interior pudiera explotar y desaparecer del mundo conocido y desconocido. Intentaba levantar la mano, tocar su fulgor, fusionarse con ellas y acabar con todo aquello. Al principio parecían remotas, siempre lejanas al alcance de sus dedos.
Pero hoy podía jurar que estaban más cerca que nunca.
Estaban repartidas por todos lados. Su fulgor le transmitía toda la compañía que ella había deseado tantas veces. ¿Eran reales? ¿Acaso la invitaban, a ella, una simple mortal, a unirse junto a ellas al cuadro de la noche? El tiempo se había parado; los minutos habían dejado de contar en aquel mundo donde solo existían las estrellas y ella.
Se vio levantarse. Como si su cuerpo casi inerte formara parte de otro universo paralelo y ahora otro capacitado lo sustituyera. Quitó la nieve de encima de Mahli y lo cogió en brazos. Los pies la llevaron inconscientemente al borde del precipicio. Allí, tierra y cielo se unían en una línea llamada horizonte.
Miró por última vez al pequeño que sostenía en brazos. Distinguió una chispa en sus ojos. ¿El fulgor de una estrella, quizás?
No importaba.
Cuando se lanzó, no supo decir si caía hacía el suelo o el cielo. Lo único que sabía con seguridad era que el dolor había desaparecido, dejando detrás de sí un estado de sopor y paz.
Y eso, eso era lo único que importaba. 

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