jueves, 18 de diciembre de 2014

Inmoral

Le habría gustado poder decir que murió como un héroe, o que su último suspiro fue para aquello que más había amado, su recuerdo más preciado. Como todos aquellos que cayeron igual que él, si estuviera en sus manos -ahora frías y sin vida- volver en el tiempo, cambiarían estas lineas por otras mas heroicas, orgullosas, admirables y estoicas. Unas que reflejaran un hombre grande en cuanto a su alma, que se mantuvo firme ante la muerte, y que la recibió con los brazos abiertos en vez de cruzados. Con una sonrisa en la cara, en vez de una mueca.
Pero como hombre arrepentido, miserable y cobarde, no estaba en su deber, y menos en su destino, escribir aquellas palabras. Sin embargo, si podía escribir estas.

"Como luché, como lloré, como grité o como morí no eran momentos importantes. Si lo era aquel minuto en el que perdí mi dignidad para siempre. Dejé de ser un hombre, un ser racional, para poner en su lugar a un monstruo. Una bestia que se escondía bajo mi piel. Disfrazado con telas de vanidad, hierro de poder y valentía. Así fue como me perdí a mi mismo en una guerra civil que se libraba dentro de mí, y que supe que había perdido cuando activé la bomba que los voló en pedazos.
No lo conocía. No sabré su nombre, ni siquiera como era. Pero aquel momento en que el edificio explotó en mil trozos, supe que todo por lo que había creído luchar me había matado en aquel momento.
Recuerdo... recuerdo que avancé con mis compañeros entre las ruinas que yo mismo había causado. Quedaron grabados en mi mente los sollozos de los heridos, que uno a uno, íbamos matando. Gente inocente, que lo acababa de perder todo por una persona... Yo, yo, yo y solo yo. Pude comprobar que repetirme a mi mismo que no era culpable no minimizaba el dolor que sentía en el pecho, sino que esta me rugía, arañaba y golpeaba interiormente. Era estúpido, inocente, cruel, culpable, asesino, marioneta y condenado.
Pero seguí caminando, y seguí matando. No dejaba de ser una marioneta, un muñeco de carne y hueso que solo sabía obedecer, que no encontraba nada indignante o inconcebible en aquella escena. Yo solo había hecho lo que me habían mandado hacer.
Desconocía, por supuesto, que al único al que le atormentarían pesadillas era a mí. Desconocía que el peso y el infierno que suponía matar a todas aquellas almas inocentes solo recaería en mí, y en nadie más. Desconocía, sobretodo, lo estúpido que era.
Estos pensamientos solo vinieron a mí cuando llego el momento de mi caída. Pero eso es después, y yo todavía estoy en antes.
Oímos unas pisadas y nos escondimos rápidamente debajo de los escombros. Nuestras caras y nuestros cuerpos estaban manchados de barro; cualquiera que nos viera pensaría que eramos las víctimas. Pistola en mano, aguardaba el momento oportuno para huir o organizar otra matanza.
Varios soldados salieron en fila de un callejón. Pararon en seco; algunos llevándose las manos a la cabeza, otros contemplando impasibles la escena, con una mueca de impotencia afilada en sus rostros. Sus ojos ardían de furia, rabia.
La cabeza todavía me daba vueltas, pero era capaz de asimilarlo todo. También lo era de actuar con la conciencia que me quedaba, que era muy poca. Miré a los ojos de cada uno de los que formaban mi pelotón y vi en ellos la determinación y la seguridad de haber hecho lo correcto.
Estudié a nuestros enemigos. Eran una docena, como mucho. Sus armas no eran mejores que las nuestras, y su situación menos. Una mitad registraban los cuerpos, intentando distinguir entre los restos a alguien a quien pudieran salvar, o identificar. Habían olvidado al enemigo. Y eso nos daba factor sorpresa.
-¡Ahora! -grite con la voz ronca, teñida de incertidumbre y confusión.
Mis hombres se levantaron a mi orden. Solo fue un segundo, un segundo donde el silencio más aterrador -aquel que anuncia la tormenta- reinó en el aire. Después pasó a un infierno de disparos, sangre y gritos. No me molesté en apuntar, ni siquiera en disparar; cuando mi pelotón abría fuego, no quedaba nadie vivo.
Oía un pitido, pero sospechaba que eran solo mis oídos.
No nos molestamos en comprobar si todos estaban muertos. Simplemente corrimos hasta el punto de encuentro, concretamente, cinco manzanas al norte de nuestra posición. Mis piernas ardían, por no mencionar mi cabeza, pero estaba acostumbrado a los efectos secundarios de matar, Mis ojos veían un avión gris atravesando la fina neblina. Solo se oían los suspiros entrecortados de mis compañeros, que luchaban por mantener el ritmo.
Estábamos a dos manzanas de lo que a mi me parecía nuestra salvación cuando una bala atravesó el aire y la nuca de un miembro de mi pelotón. Este se derrumbó en el suelo, y con su último aliento dijo un "¡Fuera!" que me estremeció.
El pánico se había apoderado de nosotros, pero sabíamos sobrellevarlo. Dejamos el cuerpo inerte del soldado con un seco "Él lo habría entendido" e intentamos buscar una cobertura donde devolver el ataque.
Me lancé hacia una pared de ladrillos, posiblemente una casa que nunca terminó de hacerse. Recuerdo como dos de mis mejores tiradores sucumbían a los disparos antes de llegar a la cobertura. Solo quedábamos tres, y no en nuestras mejores condiciones. Sopesé las opciones; nuestro punto de encuentro no duraría mucho en estas condiciones. Necesitábamos una distracción o quizás lo mejor era morir. Mientras tanto, los disparos sonaban más cerca y mis nervios iban a hacerme explotar. Miraba mis dos salidas, incapaz de asociar los puntos y ver lo que no quería ver: uno de nosotros debía sacrificarse o los tres moriríamos.
Miré a los ojos de aquellos niños, porque no dejaban de serlo. Esperaban que me pusiese una capa roja y les salvara del lío en el que se había metido. Pero yo no era un superheroe, y menos un ser honorable. Los minutos se contaban por pocos y tenía las cosas poco claras. Solo una idea vivía en mi mente, en mayúsculas.
YO QUIERO VIVIR 
Pero "deber" y "querer" eran conceptos muy diferentes. Estaba tambaleándose entre el hilo que separa la vida y la muerte. Aunque su mente, su cuerpo y una parte de su ser estuviera de acuerdo con la idea de vivir, su corazón no dejaba de repetir su negativa. No, no, no, no, no... Al son de sus latidos. Una tediosa melodía que odiaba, pero que no dejaba de repetirse.
Levanté la vista y entonces, supe que ya no podía tomar la decisión que habría cambiado el valor de estas palabras.
Sentí unos brazos que me tiraban fuera de mi cobertura. Caí sobre un charco de lodo violentamente, mientras una lluvia de balas cubría mi cuerpo.Grité, lloré mientras me desangraba. Mi última visión en la vida mortal fue la de dos jóvenes corriendo hacía un helicóptero. Mi salvación, física y moral estaba perdida.
Patéticamente, porque mi propio corazón me había asesinado. Aunque no negaré que me lo había buscado... ¿No era el corazón el que castigaba a la fuente del dolor?"


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