¡Hola! Siento muchísimo no haber pedido publicar antes, pero me han podido las ganas del verano (Lo siento, lo siento!!). He querido camiar un poco la temática -¡mis personajes me piden que deje de sumirlos en la desgracia! Espero que disfrutéis leyéndolo... ¡Y del verano!
La encontró –la conoció- en la playa de rocas, cerca del paseo de la bahía.
Había llovido hacía unas horas y el suelo estaba resbaladizo, no obstante,
necesitaba estirar las piernas antes de cenar. Ser obrero agriaba su humor y
destrozaba su condición física con el paso de la edad, pero no iba a arruinar
sus hábitos. Ver aquella figura, atascada entre la masa rocosa de la playa,
pidiendo ayuda sin realmente pedirla, lo enfadó más. Odiaba cuando algo se
salía de su esquema. Un esquema que le daba sentido a su vida, que evitaba que
se sintiese más desgraciado de lo que estaba y le daba una excusa para evitar
pensar en cómo había tocado fondo.
No obstante, salió de su camino para ayudar.
Era una mujer. Primero se fijó en sus ojos; el contorno medio asiático de
estos y su color verde cautivador. Luego en su sonrisa, amable, siempre
preparada para estallar en una risa. Tercero y último, su pie izquierdo. Estaba
atascado entre dos rocas y tenía varios arañazos. Temblaba un poco.
Paso uno: obligarse a ser simpático.
-¿Q…Que le ha pasado?
-Ay… Yo estaba dando de comer a los peces, trasbillé y el pie se me quedó
atascado entre estas dos rocas –dijo ella sonriendo.
-Los p…peces pueden alimentarse solos –contestó Pedro sin pensarlo, irritado,
como si la mujer se hubiera burlado de él con ese comentario. Los peces, ¿en
serio? Si era tan torpe que era incapaz de mantener el equilibrio, haber
pensado mejor. Ahora, como si no le bastara la situación, lo obligaba a romper
su rutina. ¿Por qué demonios se había para a ayudar?
-Me gusta cuidarlos. Son como mis hijos.
“Ah, bien. Un avance”
Lo que le faltaba, que fuera una de aquellas activistas que pedían una
consideración mayor hacia los animales o se hacían vegetarianas como símbolo de
protesta, lo que era realmente una pérdida de tiempo.
Evadiendo una posible discusión, la cogió de los brazos y la estiró,
desencajándola de las rocas. La llevó hasta el paseo de la bahía –terreno
firme- y la depositó en el suelo. Su pie izquierdo estaba muy hinchado,
posiblemente se había hecho un esguince. Además, ese mismo pie estaba un poco
más elevado que el derecho, produciendo una permanente cojera. Enseguida se
sintió mal. ¿Quién era él para juzgarla? Lo más seguro es que aquella cojera
hubiera causado el pequeño incidente, y él, como un idiota, como una de
aquellas personas que tanto le molestaban, se había reído de ella, de su
torpeza, de su sonrisa. Sin siquiera saber cómo se llamaba. Sin siquiera saber nada.
A pesar de la negativa de la mujer, Pedro la acompañó a casa. Ya que no había
sido un caballero al principio, lo sería al final, aunque no contara igual. La
mujer lo examinaba con esos ojos tan exóticos, que lo desconcentraban y le
ponían nervioso, muy nervioso.
-¿Cómo s…se llama? –dijo Pedro en un último intento de ser amable.
-Sílvia. ¿Y usted? –ella le siguió la corriente, sin romper aquella cadena
de formalidades que los distanciaban.
-Pedro –silencio.
¿Qué preguntaba ahora? ¿Nombre? Hecho. ¿Edad? Descortés, imperdonable. ¿Familia?
Demasiado cercano…
- ¿T…trabaja?
-Enfermera –contestó ella sonriéndole, envalentonándole a continuar- Y
usted es…
-Obrero. Tra…trabajo en las obras de aquí cerca… Ya sabe, el puente nuevo
q…que están construyendo… -se aplastó el pelo. Mantener una conversación era un
reto para él.
El tartamudeo había sido una cruz. Había soportado las risas de sus
compañeros de la escuela, profesores e incluso familiares. ¿El truco? No
hablar. Sí, no, hola, adiós. Con eso le bastaba para vivir, pero no para
disfrutar de la vida. Había tenido que elegir.
Y había elegido.
Pero esa decisión no era compatible con Sílvia, con la mujer de las sonrisas
verdaderas y hermosas, que lo derretían muy poco a poco.
Llegaron a casa de Sílvia en sincronizado silencio. Se despidieron con unas
gracias por parte de ella y un susurrado de nada por parte de él.
Ahí empezó todo.
* * *
El trabajo en las obras era duro. Transportar vigas, ocuparse de los
nuevos, cuidarse de que todo estuviera en orden, más vigas, más planos… Lo
agotaba física y mentalmente. Ese día era uno de los peores; hacía demasiado
calor y todo se le resbalaba de las manos. Las peleas eran frecuentes,
influenciadas por el cansancio y el sudor que se acumulaba debajo del traje.
-¡Pedro! –era uno de los nuevos; venía con un paquete pequeño- Una señora
ha venido y ha preguntado por ti. Me ha dado esto –le tendió el paquete,
esperando a que hiciera algún comentario al respecto.
-Gracias.
¿Había mencionado que era un hombre de pocas palabras?
Lo abrió, un poco sorprendido. No solía haber gente que preguntara por él,
y menos que le entregara paquetes. Era una fiambrera con sandía. ¡Sandía! Dio
gracias en silencio a Sílvia, porque estaba seguro, segurísimo que había sido
ella. Quería creerlo con tanto fervor que se encontró pensando en ella.
¿Volvería a verla? ¿Estaría allí, dando de comer a los peces? De repente, ya no
le parecía un tema que le inspirara irritación. Más bien… Dulzura. Cariño.
Sentía la necesidad de protegerla, de arroparla bajo su brazo, de sacarla de
todas las rocas en las que se enganchara. Y también sentía la necesidad de que
ella le hiciera compañía y, secretamente, que le enseñara a valorarse.
Se comió unos trozos y dejó los restos escondidos en un rincón. Los
rescataría cuando acabara el turno, al igual que sus pensamientos. La pausa
había sido demasiado larga; todo llegaría cuando tuviera que llegar. Y ahora
mismo, eran las vigas las que tenían que llegar al puente.
* * *
La encontró en el mismo sitio. Estaba arrodillado en el borde de una roca,
soltando comida a los peces. El pie izquierdo estaba totalmente hinchado, cosa
que alarmó a Pedro. ¿Era enfermera y no iba a que le miraran el pie?
-Tienes el p…p… -pegó un pisotón fuerte en el suelo; ella se había girado y
lo miraba con una media sonrisa que le inspiraba muchas cosas a la vez- pie muy
mal. ¿Has ido al hospital? -¡Idiota! ¡Trabaja en un hospital!
-Se curará… a su tiempo.
-Hay cosas q…que no se c…curan así por así.
-¿Tú crees? Dime un ejemplo.
-El amor. El amor no se cura –respondió ruborizándose un poco. Vaya formas
de empezar una conversación.
-Es verdad –asintió ella muy despacio- El amor no se cura, ni nos abandona.
Permanece con nosotros. Siempre. Esa es su magia, su esencia más básica.
-Como ese esguince –respondió Pedro, volviendo a la conversación inicial
antes de que saliera mal parado. Nunca había salido con una chica, y nunca
había sentido que sus padres lo amaran. Era el paria de la familia, el raro, y
lo veía en sus pupilas cada vez que lo miraban. Reflejado, deformado, allí,
siempre.
Sílvia soltó una carcajada. Su rostro se iluminó como el de un ángel.
¿Cuántos años tendría? Era más joven que él, de eso estaba seguro.
Se desvió del camino y fue a sentarse con ella.
Adiós esquema.
-Gracias por la sandía –dijo Pedro, rezando para que hubiese sido ella.
Ella se tocó el bulto que le había salido en el pie izquierdo.
-Es lo menos que podía hacer por ayer –repuso, con una voz que nubló los
sentidos del obrero- Podrías venir a casa hoy, a cenar –propuso ella, animada.
-No q…quiero ser una molestia.
-No lo eres. ¡Venga! Además –añadió ella casi susurrando- tengo más sandía.
Pedro soló una carcajada; la primera en meses. En ese momento, no existía
ese hombre gruñón, malhumorado, serio, seco y medio traumatizado con su
tartamudeo. Se sentía un hombre libre de todos esos defectos; un hombre nuevo
bajo la presencia de la bondad de Sílvia.
En ese instante, ni el pasado ni el futuro tenían importancia para él.
Ahora solo existían Sílvia, su risa, el mar y el sol; el presente.
La cena transcurrió con normalidad. Sílvia vivía en una pequeña casa en la
playa, hecha de piedra con conchas de mar incrustadas. Discreta, sencilla y
acogedora. Decían que las casas eran una visión de la persona que las
habitaban, y en esta ocasión, Pedro no pudo estar más de acuerdo.
Cenaron tortilla de patatas acompañada de ensalada. Hablaron de aquello y
lo otro; él, ella, sus respectivos problemas… Por primera vez en su vida, Pedro
hablaba sin parar, atropelladamente y sin miedo a la burla. Sabía con seguridad
que Sílvia lo entendía. Era, de algún modo, libre de decir y hacer lo que
quisiera sin presión. Incluso llegó a bromear, cosa impensable en él.
Al acabar, insistió en vendarle el pie, y le prometió traer una silla de
ruedas para que pudiera moverse con más
comodidad y sin tener que soportar molestias. Durante el proceso, Sílvia le
contó que era viuda y había tenido un hijo. No hacía falta tener muchas luces
para darse cuenta que ese había tenido hacía
referencia al hijo que había existido en el pasado, pero no en el presente.
-Se llamaba David. Después de la muerte de mi marido, tuve que hacerme
cargo de él a todas horas. No tenía familiares cerca que pudieran cuidarlo, así
que también lo llevaba al trabajo. A David le gustaban mucho los peces –dijo
con lágrimas en los ojos- Cada tarde, a la misma hora, íbamos a la playa y nos
sentábamos en aquella roca. Mirábamos el atardecer mientras dábamos comida a
los peces.
<<Un día empezó a sentirse mal. Estaba enfermo. Puse todo mi empeño
en salvarlo, pero no hubo nada que hacer. Después de unas semanas horribles,
donde la única persona consciente de la casa era yo, David murió. Los últimos
segundos antes de su muerte, me hizo prometerle que le daría de comer a los
peces. Por eso, cada día, cuando vuelvo del trabajo, siempre a la misma hora,
esté enferma o cansada, bajo allí y estoy con el recuerdo de mi hijo hasta que
el sol acaba escondiéndose. Y sé que mi David está allí y aquí, en mi corazón,
siempre presente.>>
Pedro la abrazó mientras ella lloraba en silencio. No, no era una activista
en contra del maltrato animal ni una pequeño acto de rebelión contra la sociedad. Era,
simplemente, una manera de esconder el dolor y seguir viviendo, conservando la
esperanza y sonriendo. Pedro no pudo hacer más que admirarla.
Desde aquella noche, Sílvia se convirtió en su única compañía y en su
rutina. Cuando acababa de trabajar y se duchaba para estar más presentable,
acudía a su encuentro en esa misma roca, a la misma hora. Juntos, rememoraban a
David y compartían el dolor de su pérdida, decididos a cumplir su última
petición. Después, Pedro empujaba la silla de ruedas de -¡lo había conseguido!-
e iban a casa de Sílvia. Doblaba la silla de ruedas y preparaba la comida
mientras conversaban. Podían hablar durante horas, con el fin de conocerse el
uno al otro centímetro a centímetro.
Pedro se sentía feliz. Muy feliz. No obstante, había algo que lo mantenía
en vilo. ¿Veía Silvia en él la amistad o el amor? El hombre rozaba los
cincuenta, tenía el pelo canoso y los ojos gris apagado. Sí, era alto y robusto
pero no era guapo en absoluto. Ella era la luz, no él. Él era, más bien, el
marinero. Si se declaraba, sabía que nada sería como antes; abría echado a
perder lo más valioso que tenía. Quería acunarla entre sus brazos, pero… ¿Se lo
permitiría ella? ¿Lo rechazaría, como el resto del mundo? Deseaba aplastar
aquel sentimiento, pero una voz le decía que si lo eliminaba, ya no le quedaría
nada por lo que luchar.
Decían que el amor era agradable, pero a él le producía pinchazos en el
corazón. Le dolía el alma la incertidumbre de pensar si su amor sería
correspondido o no. Parecía que el amor tenía una cruzada contra él, una guerra
que el hombre no podía ganar.
“Tengo que rendirme. Tengo que luchar”
“Tengo que callarme. Tengo que sacrificarme”
“Tengo que desaparecer. No puedo abandonar”
Por ahora, era mejor así. Era mejor seguir robándole miradas. Era mejor
seguir sintiendo pinchazos en el corazón. Era mejor aguantarse, conservar a
Sílvia costase lo que costase. Porque era mejor así. Porque no se burlaba de su
problema. Porque era lo valoraba y apreciaba tal como era. Porque sacaba lo
mejor de él.
“El amor no se cura, ni nos
abandona. Permanece con nosotros. Siempre. Esa es su magia, su esencia más
básica.”
Su esencia. Su magia.
Sílvia.
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