jueves, 12 de junio de 2014

Esperanza

¡Hola a todos! Después de vencer una dura batalla contra los examenes de evaluación...¿Que mejor manera que celebrarlo publicando un nuevo capítulo con Naida y Yves?
¡Espero que lo disfrutéis! Y como siempre, espero vuestra opinión. En este relato he decidido centrarme en los pensamientos de Naida y Yves y sus respectivos sentimientos hacia el uno al otro. Como ya sabéis, odio centrarme en un solo tema aunque no pueda evitarlo; así que ya era hora de un "relato sentimental".
¡Un saludo!

"El desierto de hielo no era un camino fácil, y menos para un elfo. Los primeros días aguantó bien, o al menos creía hacerlo. Pero después... Se debatía entre vida o muerte en silencio, intentando no caer, manteniéndose viva siendo consciente de su exterior, y no de su tambaleo constante.
Por eso, cuando cayó en la nieve con un golpe suave, sin hundirse, no se levantó. Las piernas le temblaban violentamente mientras ella miraba la nieve y se desentendía de su cuerpo. Permaneció unos minutos en silencio, concentrándose en su alrededor y olvidándose de su dolor. Lo había hecho tantas veces...
Yves se quedó a su lado, sin molestarla, esperando pacientemente su recuperación. Le dolía no poder hacer nada, pero era lo máximo que podía hacer. Esperar y andar. Andar y esperar.
Naida se levantó. Se sintió un poco mareada y dormida, pero el azote del viento frío la devolvió a la realidad. Se estremeció. Dio un paso. Luego otro... Y volvió a caer. Pero esta vez se hundió levemente.
Una señal de que su magia se iba anulando. Su percepción de las cosas no era como antes, ya no lo veía todo. La presencia de Yves se apagaba en sus momentos más débiles; como si su visión se hubiera nublado. Odiaba aquello.
Emitió un débil sollozo y pegó un puñetazo en la nieve. No podían perder más días por ella. Se suponía que debía aguantar, volver a levantarse cada vez que cayese. Pero, simplemente, no tenía fuerzas para hacerlo.
Yves la aguantó con su brazo sano antes de que cayese. Depositó su cabeza suavemente en la nieve mientras la miraba con –creía detectar ella- infinita dulzura. Pero en esos momentos, lo único que importaba era seguir. Seguir y sufrir, sin importar el precio. Así lo habían sentenciado. Y así debía ser.
-¿Estás mejor? –preguntó Yves con cierta preocupación mientras la sujetaba- Puedo llevarte. No me importa hacerlo.
-No –contestó Naida a media voz. No tenía fuerzas para más, pero no iba a admitir su derrota- Podemos... podemos...
-¿Descansar? –la elfa asintió- Está claro que este clima no te sienta nada bien. Y a ti te está afectando más que a la mayoría. ¿Y sabes porque? Porque no me dejas ayudarte. Podría llevarte. Soy lo bastante fuerte para hacerlo. Así que ya que no me dejas hacerlo con tu consentimiento... Lo haré sin él –y dicho esto la levantó como si fuera una pluma y empezó a andar con decisión.
En otro momento, Naida se habría transportado fuera de su alcance. Pero en aquel, lo único que pudo hacer es quedarse quieta e intentar no resultar una molestia. Era consciente que aquello los retrasaría bastante, pero... ¿Qué más podía hacer?
-Si no me hablas de algo, esto será terriblemente aburrido –comentó sin encontrar ninguna respuesta- Aunque supongo que no tienes fuerzas para hablar conmigo.
-El silencio...es...hermoso –consiguió decir en un murmullo.
-Y una buena conversación también lo es. Amamos cosas distintas. Actuamos de formas distintas. Es imposible que nuestras dos razas no choquen. Pero la única manera de salvar este mundo es actuar juntos, como una sola persona –sentenció con un deje de voz- Parece que los dioses deseen que muramos, que fracasemos.
-¿No crees que quizás... –calló de repente, pero luego terminó la pregunta- ... es eso lo que quieren?
Yves le dio mil vueltas a la pregunta. Tantas cuestiones sin responder... Y tantas vidas perdidas por hallar aquellas respuestas... Su madre, asesinada nada más nacer por monstruos. Monstruos creados por los dioses. Su padre, arrastrándose por el suelo, miserable, muerto de pena. Lo había perdido todo por ellos. Ahora también querían perderlo a él.
Y todo para responder aquella pregunta...¿Seguía habiendo fe en la humanidad? Yves no dejaba de pensar el porque de ser elegido, el porque de demostrar su fe cuando lo único que tenía su interior era tristeza.
Era de noche y seguían avanzando. Cada uno había desaparecido, refugiados en el pensamiento, sin ser conscientes de la proximidad entre ellos. Sin ser conscientes de aquella chispa de atracción que surgía entre ellos, imperturbable, inmovible.
* * *
Naida abrió los ojos para observar el rostro de su acompañante iluminado por la luna. Era hermoso. Cada uno de sus rasgos quedaban iluminados levemente, junto con la chispa en sus ojos verdes, señal de que se hallaba en otro mundo muy lejos de este.
Delicado como un elfo, pero a la vez, impulsivo como un humano. Una mezcla entre dos razas que le hacían un estraño a los ojos del mundo, pero interesante a los ojos de Naida. Le gustaba. Le gustaba que intentara protegerla. Le gustaban sus arrebatos. Le gustaba su forma de actuar, de hablar, de reflexionar. Le gustaba la forma en que la miraba como si fuera la cosa más hermosa que hubiera visto en su vida. Parecía tan fantástico sentir aquello, y sin embargo, era tan real...
Pero él era humano. Y ella una elfa. Razas totalmente distintas, muy lejos de llegar a algún acuerdo que no fuera matar al elegido del bando contrario. Y luego estaba la edad; Naida viviría milenios hasta morir, pero Yves... Una luz fugaz, que cada vez dejaría de brillar hasta apagarse por completo mientras ella seguí resplandeciendo como siempre.
No –se decía cada vez que pensaba en aquel futuro tan incierto como imposible. Que sintiera un vínculo hacia aquel humano –y porque no decirlo, su primer vínculo- no significaba nada. Ni siquiera sabía si era correspondido. No siquiera sabía lo que ella misma sentía; solo sabía que si llegaba a perderlo, no podría superarlo. Que si llegaba a perderlo, nada significaría algo para ella.
Regresó a la realidad súbitamente al ver que él también había vuelto al mundo y que sus ojos ahora estaban fijos en los suyos. Se sintió atrapada en su mirada, en sus ojos de un verde que le recordaba a su casa y que no podía hacer nada más que admirar.
-Naida
-¿Si? –le respondió risueña.
-Yo... –su voz acabó en un susurro inaudible que no alcanzó a oír.  Pero sí vio como abrió los ojos mirando algo que ella no podía ver.
-¿Qué pasa? ¿Otra señal?
-No. Yo lo llamaría un milagro –se giró para que ella pudiera ver a lo que se refería- Por fin una buena noticia.
Naida miró la dirección que le señalaba y casi pegó un salto. Allí, en medio de una infinidad blanca, unos cuantos árboles rompían aquel equilibro. Emanaban armonía, magia y... energía. Por un momento, recordó aquellas tardes tranquilas, tumbada en las ramas de un árbol con sus padres. Antes de que el escondite de la comunidad élfica dejara de ser seguro, antes de que sus padres murieran en el incendio del bosque que la había criado durante años. Aquellos tiempos en los que era feliz.
Bajó de los brazos de Yves y como una flecha, corrió hacia aquel sueño que perseguía con tanta ansiedad desde hacía días. Ella necesitaba aquellas plantas; era una forma de vida, una razón por la que seguir viviendo.
-¡Espera! ¡Espera! –gritó el arquero corriendo detrás de ella intentando cogerla, un intento obviamente inútil.
Naida no cabía en sí de alegría. Todo empezó a adquirir más claridad; sentía cada hálito de vida a su alrededor. Sus sentidos despertaron después de lo que parecía una larga eternidad.
Pero su mirada se iluminó cuando vio una gran montaña en la lejanía, totalmente inconfundible. Su propósito estaba cerca de cumplirse. Ya no habría más bosques ni pueblos desolados por el reto de los dioses. Aquel infierno... acabaría.
Se giró y se encontró con un Yves resplandeciente. Fue todo muy rápido, y no recordaría los detalles. Solo sus brazos alrededor de ella, su respiración en su nuca. Revivió definitivamente, sintiendo como su corazón latía con más rapidez que nunca. Sintiendo como la esperanza que antes había muerto volvía a renacer. Sintiendo como si pudiera recorrer lo que quedaba de desierto, y no dudaba que podría.
El manto de estrellas se ceñía sobre ellos, compartiendo todo su esplendor. Y por un momento, creyeron que brillaban igual que ellas. Por un momento, toda la presión y los miedos desaparecieron y  solo quedó luz.