sábado, 14 de febrero de 2015

La noche

¡Hola a todos! ¡He vuelto! Ya se que llevaba mucho tiempo sin publicar, pero me era imposible sacar tiempo. No os he olvidado, ¡lo prometo!
Esta vez he intentado experimentar juntando tres puntos de vista de unos protagonistas bastante inauditos: la oscuridad, la estrella y la luna. ¡Espero que os guste!
(¡Y siento otra vez la tardanza!)


1ª PARTE: La oscuridad

El reinado del sol se disolvió tan rápido como el manto de noche lo cubrió todo. Mientras la oscuridad hundía el omnipotente sol, mientras enterraba la luz y sembraba el mundo de sombras, mientras paseaba por cada callejón para cumplir su tarea, se lamentaba por su cruel destino. Cruel por obligarla a ser temida, cruel por ser considerada malvada, blanco de todas aquellas -¿como las llamaban los humanos?- metáforas y comparaciones que siempre la describían como la malvada, la solitaria, la temible. Odiaba su vida, su destino. Eternamente sumiéndolo todo en sombras, eternamente temida y despreciada.
Todo el mundo hablaba de las estrellas, de la luna y de la hermosura de la noche. ¡Como si ella no importara! ¿Serían visibles las estrellas sin la oscuridad? ¿Sería posible la noche sin ella? Le debían muchos todos, pero solo recibía nadas. Nadas vacíos, nadas llenos de odio, nadas de desprecio.  
Pero no todo eran desconsideraciones hacia ella... Al igual que no todas las luces eran buenas, no todos los humanos eran odiosos. Entre aquel cúmulo de almas, había algunos que se atrevían a contradecir secretamente las opiniones del resto, a venerarla.
Hacía tiempo que sembrar sombras había dejado de ser su única función. Entre su propia negrura, vigilaba, cuidaba de aquellas pobres almas que mantenían su pequeño reino, que todavía conservaban un poco de oscuridad en su corazón. 

***
2ª PARTE: La estrella

La estrella, clavada en aquella cartulina negra, despedía el último fulgor de su larga -y ya tediosa- vida. Sabía que aquella sería su última noche; que millones de años después ella ya no existiría y sería sustituida por otra. Pero lejos de sentirse apenada, sentía por primera vez nacer una luz dentro de ella, una luz que no estaba dirigida para aquel planeta llamado Tierra, ni para los curiosos seres que la habitaban. La esperanza brillaba, empezaba a fundir su núcleo lentamente, desprendiendo polvo y gas. Por fin podría vagar libremente por la infinidad del universo. Ella no estaba destinada a ser observada como las demás; ella estaba destinada a observar. 
Lentamente, se ahogaba en su propio fulgor. Parecía como si su corazón la tragara lentamente y después la deshiciera en pequeños trozos que ya tenía la voluntad de vivir y ser algo más que una estrella. Anhelaba la libertad como si solo aquella explosión le diera la paz que necesitaba. Anhelaba estallar, llenar todo el cielo de su esencia y por fin, descansar.
Sintió una punzada de dolor por allí y por allá. El pequeño agujero que parecía haberse formado en su interior se había convertido en un furioso tornado. Toda ella empezó a dar vueltas indefinidamente, como si de otra forma no pudiera mantenerse.
Entonces explotó.
El polvo de estrella, apenas inteligible, viajó en el espacio mientras, con una melancolía propia de aquellos que han vivido demasiado, recordaba que su forma seguiría apareciendo en los ojos de sus más fervientes admiradores durante millones de años...

 ***
3ª PARTE : La luna
La luna subió al cielo, como un actor entra en un escenario, dispuesta a cumplir la función que le había sido encomendada hacía millones de años, una eternidad. Había visto la Tierra crecer lejos, pero a la vez muy cerca. Había sido el ojo de la noche durante mucho tiempo, y parecía que nunca se cansara de hacerlo. 
Le gustaba ponerse su vestido blanco transparente, hecho con las perlas y los diamantes más cristalinos que el lector pueda imaginarse. La noche era así; tan rica en detalles como oscura. Los humanos intentaban imitarla, poniéndose aquellos vestidos y aquellos trajes que a ella ni le inmutaban. Le caían bien aquellos humanos, pero como suele pasar cuando se pasa mucho tiempo con una persona, odiaba aquellos aires de superioridad y de seguridad, cuando por dentro solo eran una masa trémula, demasiado débil para mostrarse tal como era. 
Ella, que los había adoptado como hijos propios, sabía como eran en realidad los humanos. Pero aquello no la enfurecía; le molestaba como un picor. Solo esperaba que aquel picor no se convirtiese en un eccema. 
Actriz de aquella obra llamada "noche", la luna comprobaba que todo el atrezo estaba en el lugar que le correspondía; la función bajo ningún concepto debía fallar, y solo le correspondía acabar cuando el sol aparecía. Entonces, ella dejaba de ser una interprete y se convertía en el satélite que en realidad era.
Después de tantos años, la obra podría parecer monótona o tediosa, pero para la luna era todo lo contrario. Su papel se había convertido en otro yo que formaba inevitablemente parte de ella.
Y le gustaba.