"Es difícil
olvidar la pérdida cuando piensas siempre en ella. Te abandona para arremeter
otra vez contra tu cuerpo hasta que ya no puede más. Ni siquiera el recuerdo
más bonito puede ayudarte; estará arrugado después de usarlo tantas veces.
Entonces vas cayendo, poco a poco porque al dolor le gusta regocijarse con sus
víctimas; le gusta que sientas el aliento gélido de la muerte en tu cuello, le
gusta que sientas como todo tu “yo” interno ya no existe como tal, le gusta que
veas que ya no eres quien eras antes y que todas tus fuerzas ya no sirven ni
para levantar un taza y, sobretodo, le gusta ver que ni siquiera puedes
levantarte porque tienes miedo de mirar la realidad a la cara. También puedes
resistir, seguir luchando a pesar de que sabes que tú ya no puedes ser feliz,
vivir una existencia miserable y pobre y recordar que lo que era antes, no es
ahora.
La pérdida dolía,
sí. Dan la sentía cada mañana al despertarse cuando veía el cristal de la
habitación pintado de vapor. Cada tarde, cuando el sol iba cayendo poco a poco.
Cada noche, al sentirse más solo que la luna.
Era uno de
aquellos hombres desgraciados. Su existencia desgraciada empezó a serlo cuando
perdió su mujer. Se negaba a recordar como la había sostenido hasta su último
adiós. Pero lo recordaba. No quería pensar en que la había quemado y, en un día
con mucho viento, la dejó ir a un lugar lejos de allí. Pero lo pensaba.
Desde ese
momento, la pérdida se hizo gradual; perdió su casa, su vida, sus sueños, sus
ilusiones y por último, el placer de las pequeñas cosas como fumar un cigarrillo
o leer un libro.
Parecía que ya no
había nada más que perder. No obstante, Dan se había vuelto inmune a ese
sentimiento; sufría, sí, enormemente, pero evitaba ser consciente de ello. Se
centraba en sobrevivir, y mientras ese fuese su único sentimiento, podía
convivir con el dolor. Por eso, se había obligado a olvidarlo todo. Se había
convencido de que ahora no necesitaba esa antigua vida.
Ese mismo día
seguía en su línea. Estaba un poco preocupado. Era tarde y todavía no había
encontrado un escondite. Él se movía sin muchas pretensiones en su búsqueda de
un lugar para pasar la noche. Dormía escondido en las alcantarillas, en casas
abandonadas que apenas se sostenían… En aquellos momentos de guerra era lo
mejor que podía encontrar. Dormir en la intemperie significaba un tiro en la
cabeza al despertarse. Era mejor pasar desapercibido, invisible. Pero esa noche tuvo suerte: encontró una
pequeña habitación en malas condiciones que nadie había querido. Dio gracias
porque nadie en su situación la hubiera descubierto.
Constaba de una
ventana pequeña y mugrienta, un escritorio que servía de cama y una estantería
con cuatro libros y botes con hierbas en su interior. Los libros eran de
medicina, al igual que las plantas y algunos documentos que descubrió en los
cajones del escritorio. Era, para más inri, la casa de un médico. Dan, que
había estudiado medicina cuando era joven y no había guerra, se sintió
bendecido por un ángel.
Allí empezó todo.
Los días sentado en el suelo esperando un milagro acabaron. Revisó las plantas
y las clasificó. Leyó los cuatro libros de principio a fin, absorbiendo cada
conocimiento que había olvidado. Escondidos en los tablones del suelo, encontró
recetas que nunca antes había oído, más plantas, botes y alguna moneda
olvidada. Le bastaba para comprar pan (comía solo una vez por las mañanas) y
agua que no estuviera medio envenenada. Dan no era religioso, pero esos días le
bastaron para comprender que había sido seleccionado por una razón. Sabía de
moribundos, grupos que apaleaban a la gente y que los dejaban morir. Antes los
arrastraba a su escondite e intentaba aplicar alguna técnica sin resultado.
Ahora podía ayudarles de verdad.
Las semanas
pasaron hasta que se decidió. Sabía mejor que nadie que las calles por las
noches no eran seguros. Escondido en las alcantarillas o en algún agujero que
le sirviera de refugio, había visto impotente como apaleaban a aquellos que no
tenían tanta suerte como él. Podía acabar igual o muerto. Además, su aspecto
sumamente descuidado no inspiraba confianza: llevaba dos harapos que antes
habían sido una camisa y un pantalón, su cabello de un color indescifrable, su
cara llena de mugre y suciedad. En los brazos tenía heridas, mordiscos de ratas
que lo había atacado mientras dormía desvalido por la noche. Parecía un
delincuente que no sabía dónde caerse muerto.
Aun así, sentía
que debía hacerlo. O por lo menos intentarlo.
Una noche de
invierno (lo supuso por la nieve; hacía tiempo que no sabía en qué día vivía)
salió fuera. Era tarde, hacía frio, pero eran más fuertes sus ganas. Caminaba
mirando a todos los lados, fijándose de cada sombra que se movía en la
penumbra. Pero el peligro no aparecía. A punto estuvo de volver para su refugio
cuando oyó un ruido: respiros entrecortados. Iban apagándose poco a poco, como
si por cada minuto que pasase se restara un poco de fuerza. No hacía falta ser
un adivino para saber qué era lo que estaba buscando.
El hombre estaba
acurrucado en una pared; una pared negra rodeada de nieve con sangre. Dan cogió
el cuerpo con sumo cuidado y apenas halló resistencia. Llegó a casa indemne,
casi sorprendido por la falta de peligros. Subió las escaleras, acompañado con
un débil pum que provocaban los pies
del hombre al golpear la madera. Pum,
pum, pum… Lo tumbó en el escritorio mientras decidía que hacer. Los
pensamientos, antes claros, ahora eran confusos y pasaban a toda velocidad por
su mente. Salió afuera para buscar nieve en un intento de controlar la
situación. Su euforia inicial se había congelado… ¿Qué debía hacer? Por un
momento, pensó que se había equivocado, que habría sido mejor dejar morir a
aquel hombre. No involucrarse.
Pero eso sería
como condenarse a una existencia penosa e inútil. Había nacido para hacer algo,
¿no? Los hombres dignos escuchaban al deber (el de verdad) y eso era lo que les
hacía libres. ¿Merecía él ser libre? O mejor planteado, ¿quería él ser libre?
Sí. Por supuesto
que lo deseaba.
Subió a trompicones
las escaleras, resbalándose varias veces. Se abalanzó hacía el hombre,
suplicando para que aquellos segundos de duda no le hubieran quitado la vida.
Examinó su cuerpo; estaba cubierto de cortes y golpes de arriba abajo. En el
cuello había varios hematomas, quemaduras y restos de ceniza, cosa que
significaba que sus agresores se habían divertido con él antes de dejarlo medio
muerto. Su cara estaba totalmente deformada, con sangre apelotonada formando
hormas de zapato. En los cortes aplicó hojas de ciprés, ideales para detener la
sangre y evitar infecciones. Limpió la sangre de la cara y del pelo. Puso hielo
en los hematomas y aloe vera en las quemaduras.
Ahora solo
quedaba esperar.
Dan se sentó con
las manos llenas de sangre. Las gotas de sudor caían de su cara, a pesar del
frío que hacía. “Por favor, por favor, por favor…”. Escondió su cabeza entre
sus rodilla y pensó
Pensó en todo lo
vivido por primera vez. Recordó cuando era niño y jugaba a ser médico. Cuando,
ya de joven, leía libros aprovechando la débil luminosidad que daba la noche. Cuando
la medicina parecía ser la única luz de su vida hasta que apareció su mujer.
Cuando discutía con ella para luego abrazarla. Cuando la soltó en el aire,
dejando que el viento se llevara lo que quedaba de su esposa. Cuando supo que
ahora sí que estaba haciendo lo correcto. Cuando, por fin, la esperanza y él
volvían a cruzarse de nuevo.
Sí. Resurgía en
su interior. Una llama prendía en su interior. Las lágrimas bañaban su rostro.
Había encontrado lo que le faltaba, lo que le había provocado un estado de
estupor entre la vida y la muerte.
Su algo. Su esperanza. Su recuerdo.
Por un momento,
el dolor dejó de existir."
