domingo, 14 de junio de 2015

Algo




"Es difícil olvidar la pérdida cuando piensas siempre en ella. Te abandona para arremeter otra vez contra tu cuerpo hasta que ya no puede más. Ni siquiera el recuerdo más bonito puede ayudarte; estará arrugado después de usarlo tantas veces. Entonces vas cayendo, poco a poco porque al dolor le gusta regocijarse con sus víctimas; le gusta que sientas el aliento gélido de la muerte en tu cuello, le gusta que sientas como todo tu “yo” interno ya no existe como tal, le gusta que veas que ya no eres quien eras antes y que todas tus fuerzas ya no sirven ni para levantar un taza y, sobretodo, le gusta ver que ni siquiera puedes levantarte porque tienes miedo de mirar la realidad a la cara. También puedes resistir, seguir luchando a pesar de que sabes que tú ya no puedes ser feliz, vivir una existencia miserable y pobre y recordar que lo que era antes, no es ahora.
La pérdida dolía, sí. Dan la sentía cada mañana al despertarse cuando veía el cristal de la habitación pintado de vapor. Cada tarde, cuando el sol iba cayendo poco a poco. Cada noche, al sentirse más solo que la luna.
Era uno de aquellos hombres desgraciados. Su existencia desgraciada empezó a serlo cuando perdió su mujer. Se negaba a recordar como la había sostenido hasta su último adiós. Pero lo recordaba. No quería pensar en que la había quemado y, en un día con mucho viento, la dejó ir a un lugar lejos de allí. Pero lo pensaba.
Desde ese momento, la pérdida se hizo gradual; perdió su casa, su vida, sus sueños, sus ilusiones y por último, el placer de las pequeñas cosas como fumar un cigarrillo o leer un libro.
Parecía que ya no había nada más que perder. No obstante, Dan se había vuelto inmune a ese sentimiento; sufría, sí, enormemente, pero evitaba ser consciente de ello. Se centraba en sobrevivir, y mientras ese fuese su único sentimiento, podía convivir con el dolor. Por eso, se había obligado a olvidarlo todo. Se había convencido de que ahora no necesitaba esa antigua vida.
Ese mismo día seguía en su línea. Estaba un poco preocupado. Era tarde y todavía no había encontrado un escondite. Él se movía sin muchas pretensiones en su búsqueda de un lugar para pasar la noche. Dormía escondido en las alcantarillas, en casas abandonadas que apenas se sostenían… En aquellos momentos de guerra era lo mejor que podía encontrar. Dormir en la intemperie significaba un tiro en la cabeza al despertarse. Era mejor pasar desapercibido, invisible.  Pero esa noche tuvo suerte: encontró una pequeña habitación en malas condiciones que nadie había querido. Dio gracias porque nadie en su situación la hubiera descubierto.
Constaba de una ventana pequeña y mugrienta, un escritorio que servía de cama y una estantería con cuatro libros y botes con hierbas en su interior. Los libros eran de medicina, al igual que las plantas y algunos documentos que descubrió en los cajones del escritorio. Era, para más inri, la casa de un médico. Dan, que había estudiado medicina cuando era joven y no había guerra, se sintió bendecido por un ángel.
Allí empezó todo. Los días sentado en el suelo esperando un milagro acabaron. Revisó las plantas y las clasificó. Leyó los cuatro libros de principio a fin, absorbiendo cada conocimiento que había olvidado. Escondidos en los tablones del suelo, encontró recetas que nunca antes había oído, más plantas, botes y alguna moneda olvidada. Le bastaba para comprar pan (comía solo una vez por las mañanas) y agua que no estuviera medio envenenada. Dan no era religioso, pero esos días le bastaron para comprender que había sido seleccionado por una razón. Sabía de moribundos, grupos que apaleaban a la gente y que los dejaban morir. Antes los arrastraba a su escondite e intentaba aplicar alguna técnica sin resultado. Ahora podía ayudarles de verdad.
Las semanas pasaron hasta que se decidió. Sabía mejor que nadie que las calles por las noches no eran seguros. Escondido en las alcantarillas o en algún agujero que le sirviera de refugio, había visto impotente como apaleaban a aquellos que no tenían tanta suerte como él. Podía acabar igual o muerto. Además, su aspecto sumamente descuidado no inspiraba confianza: llevaba dos harapos que antes habían sido una camisa y un pantalón, su cabello de un color indescifrable, su cara llena de mugre y suciedad. En los brazos tenía heridas, mordiscos de ratas que lo había atacado mientras dormía desvalido por la noche. Parecía un delincuente que no sabía dónde caerse muerto. 
Aun así, sentía que debía hacerlo. O por lo menos intentarlo.
Una noche de invierno (lo supuso por la nieve; hacía tiempo que no sabía en qué día vivía) salió fuera. Era tarde, hacía frio, pero eran más fuertes sus ganas. Caminaba mirando a todos los lados, fijándose de cada sombra que se movía en la penumbra. Pero el peligro no aparecía. A punto estuvo de volver para su refugio cuando oyó un ruido: respiros entrecortados. Iban apagándose poco a poco, como si por cada minuto que pasase se restara un poco de fuerza. No hacía falta ser un adivino para saber qué era lo que estaba buscando.
El hombre estaba acurrucado en una pared; una pared negra rodeada de nieve con sangre. Dan cogió el cuerpo con sumo cuidado y apenas halló resistencia. Llegó a casa indemne, casi sorprendido por la falta de peligros. Subió las escaleras, acompañado con un débil pum que provocaban los pies del hombre al golpear la madera. Pum, pum, pum… Lo tumbó en el escritorio mientras decidía que hacer. Los pensamientos, antes claros, ahora eran confusos y pasaban a toda velocidad por su mente. Salió afuera para buscar nieve en un intento de controlar la situación. Su euforia inicial se había congelado… ¿Qué debía hacer? Por un momento, pensó que se había equivocado, que habría sido mejor dejar morir a aquel hombre. No involucrarse.
Pero eso sería como condenarse a una existencia penosa e inútil. Había nacido para hacer algo, ¿no? Los hombres dignos escuchaban al deber (el de verdad) y eso era lo que les hacía libres. ¿Merecía él ser libre? O mejor planteado, ¿quería él ser libre?
Sí. Por supuesto que lo deseaba.
Subió a trompicones las escaleras, resbalándose varias veces. Se abalanzó hacía el hombre, suplicando para que aquellos segundos de duda no le hubieran quitado la vida. Examinó su cuerpo; estaba cubierto de cortes y golpes de arriba abajo. En el cuello había varios hematomas, quemaduras y restos de ceniza, cosa que significaba que sus agresores se habían divertido con él antes de dejarlo medio muerto. Su cara estaba totalmente deformada, con sangre apelotonada formando hormas de zapato. En los cortes aplicó hojas de ciprés, ideales para detener la sangre y evitar infecciones. Limpió la sangre de la cara y del pelo. Puso hielo en los hematomas y aloe vera en las quemaduras.
Ahora solo quedaba esperar.
Dan se sentó con las manos llenas de sangre. Las gotas de sudor caían de su cara, a pesar del frío que hacía. “Por favor, por favor, por favor…”. Escondió su cabeza entre sus rodilla y pensó
Pensó en todo lo vivido por primera vez. Recordó cuando era niño y jugaba a ser médico. Cuando, ya de joven, leía libros aprovechando la débil luminosidad que daba la noche. Cuando la medicina parecía ser la única luz de su vida hasta que apareció su mujer. Cuando discutía con ella para luego abrazarla. Cuando la soltó en el aire, dejando que el viento se llevara lo que quedaba de su esposa. Cuando supo que ahora sí que estaba haciendo lo correcto. Cuando, por fin, la esperanza y él volvían a cruzarse de nuevo.
Sí. Resurgía en su interior. Una llama prendía en su interior. Las lágrimas bañaban su rostro. Había encontrado lo que le faltaba, lo que le había provocado un estado de estupor entre la vida y la muerte.
Su algo. Su esperanza. Su recuerdo.  
Por un momento, el dolor dejó de existir."