¡Hola a todos! ¿Qué tal va el verano?
He decidido experimentar un poco con este relato. Aparte de personificar el tiempo (para los que hayáis leído relato míos antes, sabréis que es un método que utilizo muchísimo), todo el contexto en el que transcurre la acción (el reloj de arena) es una metáfora de la vejez y el momento de la muerte.
¡Cualquier comentario es bienvenido!
¡Un saludo y disfrutad del resto de verano!
"Su mundo se había transformado en un desierto. Un cambio progresivo, lento, discreto, del que solo fue consciente cuando ya era irreversible. Cuanto todo en lo que creía creer se había vuelto contra ella, y ahora le pesaba encima, apretándola, aprisionándola, hasta que la carga de una vida entera fuera demasiada y ella, finalmente, se desvaneciera. Todo el mundo luchaba contra aquel enemigo sobrenatural e invencible; un ser que arrebataba y devolvía las cosas, una presencia tan buena como mala.
He decidido experimentar un poco con este relato. Aparte de personificar el tiempo (para los que hayáis leído relato míos antes, sabréis que es un método que utilizo muchísimo), todo el contexto en el que transcurre la acción (el reloj de arena) es una metáfora de la vejez y el momento de la muerte.
¡Cualquier comentario es bienvenido!
¡Un saludo y disfrutad del resto de verano!
"Su mundo se había transformado en un desierto. Un cambio progresivo, lento, discreto, del que solo fue consciente cuando ya era irreversible. Cuanto todo en lo que creía creer se había vuelto contra ella, y ahora le pesaba encima, apretándola, aprisionándola, hasta que la carga de una vida entera fuera demasiada y ella, finalmente, se desvaneciera. Todo el mundo luchaba contra aquel enemigo sobrenatural e invencible; un ser que arrebataba y devolvía las cosas, una presencia tan buena como mala.
El tiempo.
El único capaz de
hacer pasar los días, las semanas, los meses; el único que convertía en polvo
al más poderoso, porque nada hacía sombra a su poder. El tiempo, que
distanciaba personas para volverlas a unir en un vínculo más fuerte y especial.
No obstante, si su función con los humanos era dar y quitar, la de las personas
con él era compartirlo. Tiempo
compartido sin cesar con otras personas, objetos o sentimientos. El tiempo era
un fondo de inversión: a veces, estas inversiones reportan un beneficio más que
satisfactorio –recuerdos que perduran toda una existencia- y otras arruinan sin que nadie sea consciente del valioso momento que ha
perdido.
Todo el mundo
tenía un reloj de arena en su interior; en el de Matilde, se podían contar los
granos de arena que faltaban para que se acabara. Si antes aquel reloj estaba
dentro de ella, ahora era ella la que
estaba dentro de él. Mujer y guerrera por nacimiento –así lo pronosticaba su
nombre- intentaba caminar sin ahogarse en la marea de arena que había dado
comienzo en el reino del tiempo. Buscaba una grieta, cualquier agujero donde
refugiarse y poder escapar de las manos de su enemigo experimentado. Recordaba
el principio, cuando aquel terreno árido era en realidad, un floreciente
bosque. Árboles, plantas y colores por doquier. Lagos donde nadar, insectos que
cantaban el amanecer y el anochecer. El principio y el fin.
Pero ahora todo
había cambiado. Los lagos se habían secado y las plantas marchitado, con el
paso de las arrugas, las canas, la pérdida de los recuerdos y finalmente, el
cansancio, la redención total. Al fin y al cabo, ¿quién quería vivir para
siempre con la carga que suponía una vida,
el peso de las arenas? Sin embargo, Matilde no pensaba así. Ella quería vivir,
ver a sus hijos crecer, caer, resurgir, llorar, reír… Estar ahí, siempre. Ayudarles, consolarles aunque
solo fuera con un leve movimiento de cabeza o una mirada ciega. Y al final,
cuando el tiempo quisiera arrebatarle el único tesoro que conservaba, se
evaporaría y desaparecería junto a ellos. Un pensamiento que antes era una masa
de aire se había convertido una columna de titanio que había reemplazado su
propia columna vertical para mantenerla y resistir
Resistir… Resistir en aquel reloj infernal, en medio de
la tormenta de arena que se cernía sobre ella…
Abría los ojos,
se obligaba a mantenerse despierta para no cerrarlos y abandonar. ¿Por qué?
Porque tenía miedo. Miedo de aquella oscuridad; miedo de cesar el dolor, miedo
de terminar y llegar al fin. FIN. Tres
letras, una palabra. Innombrable, porque entre sus labios era un grito final,
una rendición. Fuente de escalofríos, preguntas sin respuesta y deseos
prohibidos. Un camino que no admitía marcha atrás y del que ella, Matilde,
estaba a un paso de la línea de inicio.
Del inicio del
fin.
¿Podría resistir
aquel tormento año tras año? Ya casi no sentía a sus hijos como si hubieran desaparecido en la marea de sus pensamientos. ¿Valía la pena seguir luchando para estar allí sin estar?
La respuesta
llegó clara: No.
***
El tiempo ejercía
cada vez más presión. Cada grano de arena había aumentado su peso por mil. Y se
preguntaba: ¿Cuándo? ¿Cuándo se rendirá,
dejará caer los brazos y todo el reloj se derrumbará sobre ella? ¿Cuánto?
¿Cuánto tendré que oprimir, presionar, aplastar hasta que ella se funda bajo mi poder? Se ha
llevado todo lo que un vasallo quería de su señor; mi mirada atenta, mi
respeto, mi admiración. Ha encendido mis dudas, mi pena, mi arrepentimiento.
¿Podría acabar con ella?
Sí. Sí que podía.
Tan cerca, estaba tan cerca…
***
Matilde tenía los
ojos entreabiertos. El sonido de sus rodillas contra el suelo árido resonó. La
tormenta dejó de rugir en sus oídos. Sus brazos parecían sostener un peso
infame; sentía como si pudiera extenderlos, saltar y volar. Batir sus alas y
liberarse. Solo tenía que cerrar los ojos… Un poco… Solo un poco más, lo
suficiente para que los parpados abarcasen todo el ojo y la protegieran del
exterior. ¡NO! ¡No podía pensar así! ¡Ella no se rendiría nunca, nunca, nunca!
Tonterías, promesas y sueños que nunca se cumplirían. Solo eran palabras,
frases que no dejaban de tener un solo significado: estafas.
El sentido común
le traía sin cuidado. En su mente, cambiaba la N por la S y la O por la I. SÍ puedes seguir luchando. SÍ vencerás. SÍ hay esperanza. Sin
embargo, a veces confundía las letras y volvían a su estado inicial: NO. La energía salía de su cuerpo con
cada exhalación; podía sentir la figura del tiempo sobre ella, mirándola con
tristeza. ¿Eso era lo que quedaba de la vida que tanto amaba? ¿Una existencia
en el hospital, atada y sometida a numerosos tratamientos mientras que en el
interior todo se derrumbaba? ¿Eso era todo? Sentía la presencia de sus hijos con ella pero sabía que ellos no sentían la suya. ¿Podía alguien existir si todo el mundo siento como si estuviera muerto?
Matilde -decía un voz en su cabeza, suave como el sonido de
un violín-la eternidad y la existencia no
siempre van juntas. Déjate llevar y olvida las reglas, las limitaciones y todo
lo que te tiene anclado a este mundo devastador. Apóyate en mis brazos, cierra
los ojos y no mires atrás. Espera a tus hijos, pero espéralos en paz conmigo. No
puedes exprimir más de la vida; yo tengo mucho más que ofrecerte…
El tiempo volvía
a introducirse en su cabeza. Sus palabras eran un eco que resonaba en todas las
partes de su cuerpo. Una propuesta tan seductor, acogedora… Ya no tenía nada
que perder. ¿Podía algo ser peor que esto? Todo su cuerpo temblaba, pedía a
gritos una redención… Tan fácil, parecía tan fácil… Solo cerrar los ojos y
volar, volar… Tan fácil como respirar, como soñar…
Ciérralos.
Matilde los cerró
esperando, esperando… La arena caía
sobre ella, pero una paz la mantenía de pie sin sentir absolutamente nada. Sí,
ahora podría esperar en paz…
Y ahora vuela, vuela mi pequeña, mi dulce, mi
fuerte Matilde.
Y voló…"