miércoles, 2 de septiembre de 2015

Fin

¡Hola a todos! ¿Qué tal va el verano?
He decidido experimentar un poco con este relato. Aparte de personificar el tiempo (para los que hayáis leído relato míos antes, sabréis que es un método que utilizo muchísimo), todo el contexto en el que transcurre la acción (el reloj de arena) es una metáfora de la vejez y el momento de la muerte.
¡Cualquier comentario es bienvenido!
¡Un saludo y disfrutad del resto de verano!

"Su mundo se había transformado en un desierto. Un cambio progresivo, lento, discreto, del que solo fue consciente cuando ya era irreversible. Cuanto todo en lo que creía creer se había vuelto contra ella, y ahora le pesaba encima, apretándola, aprisionándola, hasta que la carga de una vida entera fuera demasiada y ella, finalmente, se desvaneciera.  Todo el mundo luchaba contra aquel enemigo sobrenatural e invencible; un ser que arrebataba y devolvía las cosas, una presencia tan buena como mala.
El tiempo.
El único capaz de hacer pasar los días, las semanas, los meses; el único que convertía en polvo al más poderoso, porque nada hacía sombra a su poder. El tiempo, que distanciaba personas para volverlas a unir en un vínculo más fuerte y especial. No obstante, si su función con los humanos era dar y quitar, la de las personas con  él era compartirlo. Tiempo compartido sin cesar con otras personas, objetos o sentimientos. El tiempo era un fondo de inversión: a veces, estas inversiones reportan un beneficio más que satisfactorio –recuerdos que perduran toda una existencia-  y otras arruinan sin que nadie sea  consciente del valioso momento que ha perdido.
Todo el mundo tenía un reloj de arena en su interior; en el de Matilde, se podían contar los granos de arena que faltaban para que se acabara. Si antes aquel reloj estaba dentro de ella, ahora era ella la que estaba dentro de él. Mujer y guerrera por nacimiento –así lo pronosticaba su nombre- intentaba caminar sin ahogarse en la marea de arena que había dado comienzo en el reino del tiempo. Buscaba una grieta, cualquier agujero donde refugiarse y poder escapar de las manos de su enemigo experimentado. Recordaba el principio, cuando aquel terreno árido era en realidad, un floreciente bosque. Árboles, plantas y colores por doquier. Lagos donde nadar, insectos que cantaban el amanecer y el anochecer. El principio y el fin.
Pero ahora todo había cambiado. Los lagos se habían secado y las plantas marchitado, con el paso de las arrugas, las canas, la pérdida de los recuerdos y finalmente, el cansancio, la redención total. Al fin y al cabo, ¿quién quería vivir para siempre con la carga que suponía una vida, el peso de las arenas? Sin embargo, Matilde no pensaba así. Ella quería vivir, ver a sus hijos crecer, caer, resurgir, llorar, reír… Estar ahí, siempre. Ayudarles, consolarles aunque solo fuera con un leve movimiento de cabeza o una mirada ciega. Y al final, cuando el tiempo quisiera arrebatarle el único tesoro que conservaba, se evaporaría y desaparecería junto a ellos. Un pensamiento que antes era una masa de aire se había convertido una columna de titanio que había reemplazado su propia columna vertical para mantenerla y resistir
Resistir…  Resistir en aquel reloj infernal, en medio de la tormenta de arena que se cernía sobre ella…
Abría los ojos, se obligaba a mantenerse despierta para no cerrarlos y abandonar. ¿Por qué? Porque tenía miedo. Miedo de aquella oscuridad; miedo de cesar el dolor, miedo de terminar y llegar al fin. FIN. Tres letras, una palabra. Innombrable, porque entre sus labios era un grito final, una rendición. Fuente de escalofríos, preguntas sin respuesta y deseos prohibidos. Un camino que no admitía marcha atrás y del que ella, Matilde, estaba a un paso de la línea de inicio.

Del inicio del fin.
¿Podría resistir aquel tormento año tras año? Ya casi no sentía a sus hijos como si hubieran desaparecido en la marea de sus pensamientos. ¿Valía la pena seguir luchando para estar allí sin estar? 
La respuesta llegó clara: No.
***
El tiempo ejercía cada vez más presión. Cada grano de arena había aumentado su peso por mil. Y se preguntaba: ¿Cuándo? ¿Cuándo se rendirá, dejará caer los brazos y todo el reloj se derrumbará sobre ella? ¿Cuánto? ¿Cuánto tendré que oprimir, presionar, aplastar hasta  que ella se funda bajo mi poder?  Se ha llevado todo lo que un vasallo quería de su señor; mi mirada atenta, mi respeto, mi admiración. Ha encendido mis dudas, mi pena, mi arrepentimiento. ¿Podría acabar con ella?
Sí. Sí que podía. Tan cerca, estaba tan cerca…
***
Matilde tenía los ojos entreabiertos. El sonido de sus rodillas contra el suelo árido resonó. La tormenta dejó de rugir en sus oídos. Sus brazos parecían sostener un peso infame; sentía como si pudiera extenderlos, saltar y volar. Batir sus alas y liberarse. Solo tenía que cerrar los ojos… Un poco… Solo un poco más, lo suficiente para que los parpados abarcasen todo el ojo y la protegieran del exterior. ¡NO! ¡No podía pensar así! ¡Ella no se rendiría nunca, nunca, nunca! Tonterías, promesas y sueños que nunca se cumplirían. Solo eran palabras, frases que no dejaban de tener un solo significado: estafas.
El sentido común le traía sin cuidado. En su mente, cambiaba la N por la S y la O por la I. puedes seguir luchando. vencerás. SÍ hay esperanza. Sin embargo, a veces confundía las letras y volvían a su estado inicial: NO. La energía salía de su cuerpo con cada exhalación; podía sentir la figura del tiempo sobre ella, mirándola con tristeza. ¿Eso era lo que quedaba de la vida que tanto amaba? ¿Una existencia en el hospital, atada y sometida a numerosos tratamientos mientras que en el interior todo se derrumbaba? ¿Eso era todo? Sentía la presencia de sus hijos con ella pero sabía que ellos no sentían la suya. ¿Podía alguien existir si todo el mundo siento como si estuviera muerto?
Matilde -decía un voz en su cabeza, suave como el sonido de un violín-la eternidad y la existencia no siempre van juntas. Déjate llevar y olvida las reglas, las limitaciones y todo lo que te tiene anclado a este mundo devastador. Apóyate en mis brazos, cierra los ojos y no mires atrás. Espera a tus hijos, pero espéralos en paz conmigo. No puedes exprimir más de la vida; yo tengo mucho más que ofrecerte…
El tiempo volvía a introducirse en su cabeza. Sus palabras eran un eco que resonaba en todas las partes de su cuerpo. Una propuesta tan seductor, acogedora… Ya no tenía nada que perder. ¿Podía algo ser peor que esto? Todo su cuerpo temblaba, pedía a gritos una redención… Tan fácil, parecía tan fácil… Solo cerrar los ojos y volar, volar… Tan fácil como respirar, como soñar…
Ciérralos.
Matilde los cerró esperando, esperando…  La arena caía sobre ella, pero una paz la mantenía de pie sin sentir absolutamente nada. Sí, ahora podría esperar en paz…
Y ahora vuela, vuela mi pequeña, mi dulce, mi fuerte Matilde.
Y voló…"