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Una gota cayó encima de la pantalla del reloj digital. Mira arriba
siguiendo su instinto y ve lo que había estado esperando desde su llegada al
lugar acordado: cielo cargado y espeso de nubes. En la lejanía, un rayo ilumina
el cielo momentáneamente, ocultándose posteriormente en las puertas de la
oscuridad. La tormenta no había hecho nada más que empezar; aquella noche, la
luna no haría acto de presencia.
4815 se colocó las gafas de visión nocturna y agarró el fusil sin el mínimo
temblor en sus manos. Estaba acostumbrada. Aquella arma se había convertido en
una extensión de su mano, un compañero en las largas horas de espera, un
recipiente donde moldear el sentimiento de culpa en forma de bala y arrojarlo
al exterior. Sensatez. Responsabilidad. Deber. Decisión.
Las únicas emociones que se podía permitir sentir. La única cuerda a la que
se podía agarrar para no caer de la montaña. Una fina barrera, invisible e
imperceptible, que separaba lo que era correcto de lo vil. La maldad del miedo
y la inseguridad. La perversidad del deseo. La cordura de la locura.
Se había convertido en un juego que se repetía cíclicamente, en el que
participaba mecánicamente desde el mismo momento en que apretó el gatillo por
primera vez. Una obra que, con el paso de los años, se había quedado grabada en
su cabeza, reproduciéndose tediosamente una y otra vez. Era sencillo: mientras
apuntaba al objetivo, atravesaba cuidadosamente aquel muro en su cabeza que la
separaba de una caída. Una ligera presión en el gatillo se correspondía con mirar
abajo y sentir la oscuridad que la acechaba en sus pesadillas, toda concentrada
en aquel agujero que permanecía oculto en su cabeza. Cuando ya estaba todo
hecho, cuando siente una ligera presión en su pecho y aquel pozo de culpa y
arrepentimiento se convierte en algo demasiado real para estar solo en su
cabeza, como si la oscuridad ya se hubiera trasladado fuera de su cuerpo,
vuelve al lado seguro de la barrera firmemente convencida de que es lo
correcto.
Una luz se enciende en la ventana de enfrente. Aparece un hombre mayor con
traje alzando a un niño en el aire, moviéndose por toda la habitación. Ambos
sonríen.
Y ella, desde fuera, siente el calor de la escena. Respira y se inunda de
él: felicidad. Tranquilidad. Tan rápido como vuelve a coger aire lo aleja,
porque no es tan sencillo, porque ni siquiera es real.
O por lo menos, no para ella.
Siente un escalofrió en la columna mientras sigue la escena con la mirilla
del fusil, moviéndolo ligeramente para centrar el objetivo en la cabeza del
hombre. Una gota de sudor frío (¿o será la lluvia?) cae lentamente por el
lateral de su cara, atravesando como la punta de un cuchillo su mejilla. La
terraza está casi inundada y ella intenta aferrarse al fusil para mantenerse a
flote y no ahogarse en aquella marea de tormenta, culpa, resentimiento y
arrepentimiento.
No habría noche más fría que
aquella.
Vuelve a mirar el reloj; tres minutos para que sean las doce. Tres minutos
para que las campanas repiqueteen junto con los truenos, cómplices inocentes
del resquebrajamiento y el desvanecimiento de aquella ilusión. Tres minutos
para las risas se apaguen. Tres minutos para que el hombre caiga al suelo. Tres
minutos para que el niño lo llame, lo zarandee, le grite. Tres minutos para que
lo empiece a echar de menos.
Tres minutos para que esa habitación sea el vestigio de una infancia y de
una vida perdida.
Tres minutos para que el juego empiece.
Acabe.
Y vuelva a empezar.
Y vuelva a empezar.
