lunes, 18 de septiembre de 2017

Legado

Después de tanto tiempo, sí... ¡He vuelto! Espero que disfruteis de este nuevo relato al igual que yo he hecho escribiendolo. 
¡Un saludo a todos los lectores!


-¡No te atreverás a escapar! –bramó su padre exaltado- ¡No puedes ignorar tu apellido, la sangre que corre por tus venas!

Amasijo de carne y huesos, pobre esqueleto; monstruo de manos frías que buscaban retorcer, piernas temblando luchando por sostenerse que anhelaban pisar, ojos negros muestra de vanidad, boca seca ávida de alcohol, lecho de horrores expresados.

Jonan cerró los puños, en un vano intento de apaciguar la rabia abrasante que se expandía por todos los rincones de su cuerpo;  magma candente ascendiendo por su garganta como si de un volcán se tratase. “Contrólate” pensó mientras imaginaba como se sentiría al atravesar la carne de aquel borracho con el cuchillo que guardaba escondido en el cinto, como sería ahogar aquellas palabras con su propia sangre.

- Nuestra familia siempre se ha valido de la traición y la muerte.  Dios sabe que cada latir de nuestro corazón nutre nuestras ansias de violencia, de sangre…  ¡Es nuestro legado!

Inundado por una cólera motivada por la impotencia de quien sabe que lo dicho es certero,  Jonan escupió sobre los pies de su padre, sus piernas inmediatamente conduciéndole hacia la salida del establecimiento en mor de no oír aquellas funestas palabras que parecían sellar un destino que lo perseguían como un lobo acechaba a su presa.    

-¡Y tú eres mi hijo! ¡Mi hijo!

Las puertas se cerraron tras él sin poder silenciar las estridentes carcajadas de su progenitor. Cubrió su rostro con sus manos callosas, demudado ante la mala fortuna que el destino parecía haberle augurado. ¿Cómo se atrevía a pedirle aquello? ¿Cómo podía tan siquiera plantearse que él era igual que ellos? No era un asesino. No era un traidor. Muchos eran los años luchando en aquella batalla sin fin, una guerra civil cuyos dos bandos se masacraban despiadadamente. ¿Y él, donde quedaba él? ¿Quién era? Había ignorado la maldición que le imponía su apellido, desatendido los intereses de un padre que querían verlo desmoronarse como él mismo había hecho, convertido en un desecho humano al que ni las alimañas más inmundas osaban acercarse. Y sin embargo estaba allí, la antigua bestia seguía en su interior, esperando la oportunidad, alimentándose de sus sueños más retorcidos, de aquellos pensamientos tan recónditos que ni él mismo podía recordar…

Empezó a andar resguardado por la oscuridad de las estrechas calles, fustigándose por su debilidad ante su padre. Era un borracho inmundo y débil, pero no por ellos menos cruel. Sí, todavía recordaba las palabras duras, los insultos rugidos, los golpes asestados. Seguían las rojas marcas sobre su cuerpo, reflejo de un pasado que no lo abandonaba; lazos con un nuevo monstruo, otro más de tantos. Podría haberlo asesinado. Un impacto mortal con la botella, quizás una herida con un cuchillo que lo mantuviera sufriendo durante días, suplicando su propia muerte. Jonan volvía a sentir el sabor de la sangre regresar a su paladar como antes había hecho, el deseo de regresar a la taberna y hundir por fin su arma en la débil carne de aquel rastrojo; aparecía otra vez la bestia, incitándole a cumplir aquello que se esperaba de él.

¿Acaso alguien le iba a negar aquel derecho? ¿Su derecho?

No.

Y era aquel pensamiento, tan racional, tan frio, el que lo atormentaba.

Había sufrido un arrebato de ira, instantes de fría cólera. Durante unos eternos minutos en la taberna, aquellas sangrientas fantasías se le habían antojado reales. Había estado dispuesto a cometer parricidio, la más vil de las traiciones, sin ningún asomo de arrepentimiento. La maldición que había intentado enterrar durante años volvía a resucitar. Cada vez con más fuerza y forma, una visión que no se desprendía de sus retinas.

Su monstruo interior había rugido ante la verdad presente en las palabras de su progenitor, y Jonan había tenido que concentrar todas sus fuerzas para sepultarlo. ¿Cuántas veces iba a poder resistir hasta la próxima vez? 

Porque siempre había una próxima.

El ruido de unos pasos lo puso en alerta y se esfumaron sus funestos pensamientos. Tan pronto como se detuvo el sonido se disolvió en el aire helado de la noche. Volvió a reanudar la marcha ante los ojos de un depredador en el coyote, esta vez con las manos agarrando el mango de cuchillo; sentía la agitada respiración de su perseguidor, que trataba de igualar sus largas zancadas.

Podría haber utilizado la razón: intuir que el gran esfuerzo de quien le seguía denotaba falta de práctica, quizás vejez o incluso miedo. Comprender que apenas era una amenaza. Pero un frío instinto lo dominaba, deshechando aquellas razones por débiles, inconclusas. Se introdujo en un callejón, donde la oscuridad impedía cualquier tipo de visibilidad. Un portal más ancho de lo normal le sirvieron de pretexto; refugiado entre las sombras estabilizó su respiración, ahogada ante excitación de lo que iba a hacer.

Una nube entre las tinieblas pasó como una exhalación ante su campo visual. Algo se desgarró en su interior: sin pensarlo dos veces, se lanzó contra la figura, golpeando su cabeza contra la pared colindante, hundiendo el cuchillo en el cuello. Forcejearon unos instantes, su cuerpo rígido a la espera de un golpe a traición que no llegó. Percibió la piel desgarrarse, la sangre que brotaba en sus manos, los espasmos de su contrincante.

-¿Quién eres? ¡Dímelo, maldita sea, dime quien eres! –le pregunto amenazador, empujándole contra la pared- ¿Quién te ha enviado? ¿Es él?

Un sonido irregular emergió de la boca del extraño. Jonan se acercó para discernir las palabras:
-Yo…solo…dinero…Yo…

Un ratero. Un vulgar ladrón. Y él… él un asesino. Soltó de repente a su víctima, como si el simple contacto con su piel le produjese quemaduras. Agarró el cuchillo, súbitamente consciente del color rojizo de la hoja. Sangre fresca.

El lobo había vuelto a cazar.

Otra vez.

Siempre eran ellos; aquellos que no eran recordados por nadie, en cuyas pieles se aferraba el hedor de podredumbre. En las sombras vivían, y en la oscuridad del olvido desaparecían. No recordaba quien había sido la primera víctima; solo lograba evocar los escalofríos de excitación, la vista nublada, un instinto salvaje que lo ocupaba todo. Lo apartaba de su mente pero el sabor permanecía allí, en la boca, hasta que sucedía otra vez. La última, nunca más, no seré como ellos se repetía constantemente los días posteriores, presa de una culpabilidad que se mezclaba la morbosa satisfacción de haber cumplido un deseo largo anhelado. Y la pregunta persistía: ¿Cuánto más podré aguantar?

Rehízo sus pasos, intentando acompasar su respiración a ellos. Una parte de su ser todavía vagaba en la marea de un delicioso delirio. Otra era víctima de la paranoia. Las calles le semejaron más estrechas, como si intentaran acorralarle. La negrura de la noche lo dominaba todo, incluso habían apagado la luz de las estrellas, siendo imposible distinguir entre la tierra y el cielo. Sin embargo, su rumbo estaba grabado a fuego en su alma, el más fiel de los mapas. Deambularía sin fin bajo la espesura de las tinieblas hasta demostrarse a si mismo lo que realmente era. No podía serse lobo y cordero al mismo tiempo. La función de su vida había empezado, y él debía elegir un papel para empezar a actuar en ella.

¿Víctima o verdugo? ¿Presa o depredador?

Se detuvo frente a un edificio que apenas se diferenciaba del resto, en apariencia anodino. Las  numerosas grietas y manchas de humedad que se extendían por las paredes le conferían un aspecto mugriento, propio de las viviendas de las grandes ciudades. Ante una visión tan banal, no le fue difícil imaginar al hombre que habitaba esa casa acompañado de una mujer y sus hijos.

¿Era su culpa la antigua rivalidad entre sus antepasados y los de Jonan? El  mayor delito de aquel hombre había sido nacer en la familia equivocada e intentar llevar a cabo una vida normal.

Una existencia que en otras circunstancias Jonan se habría obligado a desear y que, sin embrago, en aquellos instantes, con las manos todavía manchadas de sangre y un aura de oscuridad rezumando en su interior, cada célula de su cuerpo despreciaba. Los años le habían demostrado que a pesar de su voluntad de separarse de su linaje, era incapaz de llevar algo más que una vida disoluta. Había habido mujeres, sí, otros cuerpos a los que aferrarse cuando volvía a percibir señales de la bestia, donde ahogar el desconsuelo y la culpabilidad. Presencias que lo acompañaban durante al descenso al infierno y que se desvanecían al entrar en contacto con el aire incandescente. Al final quedaba solo. Siempre vacío, alma errante.

“No puedes ignorar tu apellido…Nuestra familia siempre se ha valido de traición y sangre” las palabras de su padre revoloteaban en su cabeza, ahora cobrando más sentido que nunca.

La existencia de aquel hombre era una mancha negra para su linaje. No lo conocía, pero lo odiaba. Con todo su ser. Un sentimiento que la sangre que circulaba por sus venas rugía. Cada poro de su piel le instaba a hacerlo, como si su cuerpo ya estuviera exhausto de combatir contra sí mismo, de esconder una verdad que apenas lograba contener. Era dolorosamente consciente de que si se iba, la imagen de aquel edificio quedaría grabada en su mente, siempre presente al cerrar los ojos, empujándole a una locura que lo obligaría a volver y a cumplir su destino. A matar, a destruir, a aniquilar. A ser un lobo, husmear la presa y despedazarla entre vítores.

Notó el pomo de la puerta entre sus manos decididas. ¿Eran realmente las suyas o el producto de una ensoñación? Lo giró y solo oyó un leve chirrido, silenciado por el grito de victoria del monstruo.

Largas sombras se ciñeron sobre él al entrar, pero ya no había de temerlas. 


Él era como ellas.