Este relato me ha llevado más tiempo de lo que había previsto (se ha alargado bastante, pues necesitaba unir bastantes cabos) y posiblemente sea el penúltimo.
¡Promesa de pequeña escritora que intentaré que el final sea lo más feliz posible!
"Una figura negra se alzaba entre las rocas de la montaña, contemplando el infinito paisaje que se extendía ante él. Imbatible, indomable. Su cara, una máscara pálida en contraste con su traje oscuro, reflejaba la seriedad y decisión de un asesino. Sus dedos se crispaban entorno una espada roja como la sangre. La piel que quedaba visible estaba totalmente tatuada. Sus ojos –negros como el carbón, fríos como el hielo- reflejaban un mal superior...
Sus caminos están cerca de cruzarse con el tuyo
La figura bajó la cabeza en señal de sumisión, prestando atención a las palabras que resonaban en su cabeza como un martillo golpeando.
Recuerda tu objetivo. Elimínalos. Demuéstrales a todos los de su especie que nadie puede contrariarme. Demuéstrales... Que es a mí a quien deben obedecer.
-Sus deseos son los míos. Sus enemigos son los míos... Mi señor –citó con una voz teñida de la emoción.
No me decepciones... Guerrero Oscuro.
El Guerrero Oscuro aulló... Y unos minutos después, montaba a lomos de un lobo, dispuesto a cruzar su camino con sus presas. Dispuesta a cumplir las órdenes de...
* * *
-¡Él! –gritó la diosa del agua, fuera de sí- ¿Quien se cree para interferir en nuestros deseos, en nuestra historia? ¿Quien es él para atreverse a rebatirnos como si fuéramos simples mortales?
-La muerte, la oscuridad, el demonio... Está decidido a tentar a lo que queda de ellos; humanos, elfos... O hasta eliminarlos de su dimensión. Él es una muestra de su oscuridad. El único de ellos que puede enfrentarse a nosotros y salir indemne. Y está dispuesta a conseguir el favor de sus creadores sea cual sea el precio –susurró el dios de la tierra con una voz marcada por la sabiduría de los milenios. Al fin y al cabo, aquel mal había salido de sus entrañas... De la tierra.
-¡Pero no puede tocar a nuestros elegidos! –dijo la diosa del aire moviéndose velozmente por toda la sala- ¡Son nuestros! ¡Sus destinos nos pertenecen! Su interferencia está totalmente fuera de lugar; y nuestro deber es acabar con esta amenaza.
-¿Elegidos? ¿Acaso les habéis cogido cariño? –rugió el dios del fuego, silenciándolos a todos- Olvidáis una cosa: ellos no creen en nosotros. Nos odian en lo más profundo de su ser. ¡Obligación y vocación no es lo mismo! –continuó mientras los demás permanecían mudos- ¿Habéis escuchado sus plegarias? ¿Habéis sentido su fe moviendo montañas, circulando por su sangre? ¡No! ¡Solo habéis visto odio! ¡Odio hacia nosotros!
Dicho esto, la sala fue un estruendo. Los dioses se abalanzaron uno sobre otro blandiendo palabras divinas.
-¡Silencio! –gritó la diosa del aire- Tú acusas a nuestros elegidos de la poca muestra de fe –dijo señalando al dios del fuego- Yo nos acuso a todos por la falta de interés hacia nuestro mundo. Los hemos abandonado. Su fe no puede existir pues hemos dejado de estar en su corazón.
<<Nuestros elegidos han sufrido gran parte de la repercusiones de nuestras pruebas. Pero si ellos no creyeran, no hubieran seguido nuestro camino. Creen, pero todavía no han visto su fe en su interior. Somos nosotros los que ya no confiamos en nuestras creaciones... Y las hemos abandonado a su merced. Es nuestra culpa. Por eso es nuestro deber protegerlos. Se acabó el dejarlos solos. Debemos bajar... Y luchar para hacer nacer la fe otra vez. Como en los tiempos antiguos. >>
-Que así sea –contestaron los otros tres dioses, conscientes que con ello se jugaban su propio destino.
***
Yves clavó la espada en la roca, se sujetó a ella y se impulsó hasta el siguiente peldaño. La desclavó y volvió a seguir con la escalada hasta que llegó a la cima. Sintió tranquilidad al volver a pisar tierra firme. Siempre había tenido miedo a las alturas; y aquellas no eran una excepción. La idea de morir aplastado en las rocas del suelo no resultaba tranquilizadora.
Pero para la elfa era todo lo contrario.
Se deslizaba ágilmente sin ningún reparo. Parecía saltar de roca en roca; volaba como en un sueño. Su expresión era intrépida, y no parecía querer volver hacia atrás, por desgracia para él.
A veces deseaba volver a casa. Pero luego pensaba y se daba cuenta que quisiera creerlo, no había un hogar para él esperándole. Sabía que nadie estaría echándole en falta. Y se sorprendía al pensar que él tampoco. La única persona que echaría de menos era a Naida.
Y ella estaba allí con él.
Volvió a la carga alejando aquellas emociones que le embargaban, concentrándose en no morir en el intento.
Colocó el pie izquierdo mientras se sujetaba a un peldaño con la mano derecha. Pegó un salto hasta agarrarse más arriba con la mano izquierda. Evitó mirar abajo o a los lados. No era el mejor momento para admirar todo lo que le rodeaba. Dio un largo suspiro de resignación, pensando que disparar flechas no le estaba siendo muy útil en aquel viaje, y siguió subiendo.
Mientras tanto, Naida desde lo alto, fijó su mirada en Yves, que avanzaba lentamente por los peñascos. No hacía falta la deducción de un elfo para saber que estaba luchando contra su miedo –emoción que emanaba de él y ocupaba todos sus sentidos.
Pero la curiosidad también lo hacía. Nunca se había topado con un humano al que no pudiera leer todos sus sentimientos... hasta que conoció a Yves. El miedo, la impotencia, la tristeza eran visibles en sus ojos verdes. Pero nada más. Albergaba la esperanza de pensar que su corazón latía por el de ella como el suyo hacía por él. Pero era incapaz de verlo.
Recordó la primera vez que se habían visto; ella salvándole de una muerte segura, su predesposición a acompañarla y el odio que le dirigía. Pero ahora... Cada palabra suya le embotaba los sentidos, hasta el punto de solo poder sentirlo a él. Confusa, se preguntaba si aquello era normal, un instinto sobreprotector... Cualquier cosa que no fuera lo que intentaba –sin éxito- evitar.
Lo amaba.
Pero amor era una palabra muy grande para ella. Había noches que la repetía hasta que dejará de tener un sentido. Sabía que aquello, aunque fuera correspondido, no podía suceder en aquel mundo. Eran dos razas distintas; creadas para odiarse, traicionarse. No para amarse. Aquel capricho del destino debía acabar ya.
Pero el destino no era de aquellos que obedecían órdenes. Era ambicioso, y lo único que hacía era aumentar la llama de sus sentimientos. Un amor trágico era una buena opción para entretenerse después de tantos siglos.
Intentar controlarlo era igual que intentar atrapar la niebla con los dedos. Totalmente imposible. Un propósito inalcanzable.
-Bueno, ¿continuamos? –dijo Yves rompiendo el silencio y desbordando el río de sus pensamientos- Parecías una estatua hace unos segundos–apuntó preocupado- ¿Estás bien?
Tardó un minuto eterno para contestar.
-Sí –contesto secamente- Ahora es caminar y encontrar El Cuerno de la Lealtad.
-¿Sin ninguna pista? ¿Simplemente... buscando a ciegas? –balbuceó el arquero sin poder creerlo.
-¿Que otra opción tenemos? Además te tengo a ti; un humano. Seguro que eres experto en buscar a ciegas –añadió con un toque de humor. Yves le dedicó una sonrisa torcida, que ella intentó no encontrar adorable.
Que más daba.
-Mi mente humana me dice a gritos que es imposible encontrar algo aquí. Hay miles de cuevas y lugares donde esconder un cuerno. Esperemos que los dioses no tengan lo que se dice humor divino, porque hemos deducido que es un cuerno. ¿Y si el nombre solo es un nombre? No tiene precisamente que ser un cuerno...
-Un nombre no es solo un nombre. Además, han puesto demasiadas dificultades para ahora toparnos con este problema. Si fuera por mí...
Un rayo cortó las palabras de Naida. Un rayo a que luego se unieron otros formando... un poema. Lo memorizó rápidamente, y grabo aquellas palabras en su mente.
Bajo el cielo estrellado,
a través de la luz de la luna,
en el centro aquello debe ser buscado.
Debéis ser cuidadosos,
un peligro sin ser visto se cierne sobre vosotros
-¿En el centro? –preguntó Yves con incredulidad- ¿Cómo podemos saber con exactitud dónde está el centro?
-Las leyendas... Las leyendas cuentan que cuando los dioses descendieron para ver su creación, fue tal su fuerza que levantaron una montaña. El pico de los Grandes –hizo un gesto señalando lo que les envolvía- ¿Pero dónde aterrizaron exactamente- Se giró para mirarle- En el centro. El Centro de la Creación, un trozo de tierra que quedó marcado para siempre...-Propones caminar por todo esto hasta llegar a algún lugar donde haya una marca. Entiendo –hizo una pausa- ¿Sabes que podríamos tardar en recorrerlo meses? Y ni hablar de la comida. Hay demasiado silencio... Esto está deshabitado.
-Olvidas las aves, que se esconden para cazar a su presa en silencio, y las plantas que puede haber. La alimentación no es un problema.
<<Quizás el tiempo lo sería, pero no podemos hacer nada para evitarlo. Cuatro dioses llenos de energía no pasan desapercibidos. Mis sentidos están más desarrollados que los tuyos... Podré sentirlo a distancia>>
Yves murmuró en voz baja.
-Pero, obviamente, estoy abierta a todo tipo de sugerencias.
-¿Como la de besarme, por ejemplo? –preguntó Yves sonriendo inocentemente.
-Como la de acampar, buscar comida y descansar para un día muy largo –contestó ella devolviéndole la sonrisa, intentando no ruborizarse.
-Supongo que lo del beso tendrá que esperar –dijo él con resignación- Una pena.
Naida intentó aparentar tranquilidad, indiferencia. Pero nunca podría olvidar como su corazón parecía a punto de darle un ataque, su respiración acelerada y entrecortada. Tampoco podría olvidar aquellos ojos verdes mirándola. Con voz débil le dijo:
-Voy a buscar plantas comestibles. Tú quédate aquí y... Intenta no meterte en líos.
-Vaya tranquila mi señora –susurró para sus adentros, aunque Naida pudo oírlo. Nunca le diría que su oído podía oír hasta el más débil sonido. Podía ser una experiencia de lo más interesante.
Al final acabaron comiendo algunas setas que no estaban muy lejos de allí; la elfa no quería dejar a Yves solo. Desde que estaban en el Pico de los Grandes, no había dejado de sentir un peligro muy oscuro. Y su instinto nunca fallaba.
El arquero no paró de hablar. Comentaba cualquier cosa o detalle con tal de poder la armoniosa voz de la elfa contestándole. A él, un simple humano.
-¿Cómo te eligieron? –preguntó Naida, inclinándose hacia él.
-¿Te refieres para la búsqueda? –ella asintió- Unos guardias me llevaron hacía el rey. Me dijo que esa noche había tenido una premonición en sueños y que era su deseo y él de los dioses que yo participara.
Había olvidado que era hablar con humanos. Durante estos días, en su mundo solo existían Naida, los dioses, él y quizás un peligro que ignoraba.
-A mí me dijeron lo mismo. Al principio, pensé que era una mentira despiadada y era una excusa para juntarnos y matarnos entre nosotros. Pero ahora pienso que si no, no estaríamos aquí.
Hubo un minuto de silencio.
-Me pregunto porque me eligieron a mí. Soy bueno con el arco, pero esto sobrepasa mis penosas habilidades.
-Quizás porque te sobraba la fe y debías compartirla –le respondió con una mirada divertida.
-¡O quizás porque era el único que podía hacerte hablar! –exclamó entre carcajadas. Alcanzó a ver una tímida sonrisa en sus labios.
¿Era posible que lo amara?
Pero solo podía conformarse con una palabra, un sonido, una mirada.
Aquella noche durmió profundamente. Y soñó... Soñó sobre finales felices. Finales que, por desgracia, nunca podría tener.
***
Bajó del lobo y empujó la marca del suelo de piedra hasta que un ligero temblor lo sacudió. Se apartó mientras la piedra bajaba dejando un oscuro agujero como entrada. Y a pesar de no haber ninguna escalera o posible bajada que no fuera una caída posiblemente mortal, el guerrero no dudó. Se lanzó dentro, susurró unas palabras incomprensibles... Y flotó. El tiempo se detuvo mientras aquella figura bajaba silenciosamente y despacio; con un brazo estirado y el otro en su frente.
El agujero le llevó a una cámara de piedra lisa, llena de oraciones dibujadas en su superficie. Las palabras brillaban bajo la luz que entraba a través del agujero –situado en medio de la sala. Emitió un risa un tanto estridente y levantó los brazos. La tierra empezó a temblar levemente.
Dentro de unas horas, aquel temblor afectaría a todo el Pico de los Grandes. Dentro de unas horas, aquella montaña tendría la suficiente energía para cobrar vida.
“De vuelta al antiguo resplandor” –Pensó con ironía.
En el exterior, la luna era el único testigo que sentía aquella anomalía. Lamentó no poder avisarles.
***
Naida se levantó sobresaltada mientras el mundo parecía cobrar vida ante sus propios ojos; la tierra empezó a moverse violentamente, formando grietas gigantes, hundiendo toda aquello que se encontraba encima. Naida había oído hablar –leyendas, historias susurradas a la luz de la luna- de que tal había sido la energía que habían llevado consigo los dioses al aterrizar, que aquella montaña cobró vida. Pero el efecto de tiempo la había dejado muerta, o por lo menos, dormida. Nunca se la había ocurrido pensar que los rumores podían llegar a ser reales, y ni mucho menos que aquella energía hubiera despertado ahora.
-¿Qué demonios está pasando? –rugió Yves intentando mantenerse en pie mientras los temblores aumentaban.
La elfa se movió rápidamente; cogió de la mano a Yves, que la miró desconcertado, y empezó a invocar la magia hasta formar una bola protectora –lo que sirvió para aumentar el desconcierto del arquero. La tierra bajo suya dejó de moverse, pero mientras la energía de Naida era limitada, aquella no.
Buscó cualquier atisbo de energía para ayudarse, pero todo parecía muerto (o demasiado vivo para ser usado). Entonces tuvo una idea que podía resultar tan ingeniosa como mortal.
Y si...
Se giró hacía Yves:
-¡Dame las dos manos! –le gritó entre el rugido de aquel terremoto- Tienes que intentar establecer conexión conmigo. ¡Podemos unir nuestra energía y aguantar hasta que acabe!
-¿Que podría pasar si no es posible? ¿Y si mi energía humana no basta?
-Entonces, moriremos –contestó resuelta, mientras empezaba a construir un puente hacia la mente de Yves.
Al principio tuvo miedo. Tuvo miedo de que no funcionara, que él fuera demasiado débil para aguantar el proceso... Pero no fue así. Sus mentes se amoldaron como un puzle; unas piezas hechas a medida para encajar a la perfección.
Pero fue la unión de aquella energía la perfección. Una unión simbólica entre dos razas distintas, enfrentadas, luchando por sobrevivir.
Acabaron arrodillados uno frente al otro, con las cabezas pegadas. Podría haber sido un momento romántico sino fuera porque estaban a punto de desfallecer... Solo la certeza de que los temblores habían acabado les permitía respirar. La certeza de la presencia del uno y del otro mantenía su corazón latiendo.
Pero aquella paz duró muy poco. Al levantar la cabeza, Naida deseó haber muerto. La tierra estaba intacta, pero se había hundido hasta dejarlos en una cueva. Totalmente oscura. La elfa giró la cabeza hacía todos los lados tratando de distinguir una salida, pero solo vio oscuridad. Ni un rastro de luz.
Solo un silencio que resultaba aterrador y una sola idea en la conciencia.
“Estamos sepultados”
-Menos mal que pensé en esto –dijo Yves rebuscando entre su túnica hasta que encontró... Lo que fuera que había encontrado- Sí. Esto será útil.
El objeto se encendió e iluminó la estancia. Era una pequeña lámpara de mano. En cuanto a donde estaban... Habría preferido no saberlo. Una forma de describirlo habría sido la de una caja de roca lo bastante grande para que cupieran los dos; pequeña para una elfa que estaba acostumbrada a espacios abiertos y tenía pánico a los cerrado. La visión se le volvió borrosa, pero consiguió centrar la vista hacia la única salida: una grieta que permitía su paso. Poco le faltó para no llorar.
-Es una lámpara solar. Lleva cargándose todos estos días. Durará –aseguró con determinación- De pequeño tuve que trabajar en la mina para ayudar a la familia. Con el molino no bastaba... He visto cosas peores que esta –explico esbozando una mueca seria e internándose en la grieta.
Naida no podría explicar cómo consiguió llevar sus pies hasta allí, arrastrarse por las paredes mientras oía aquel silencio oscuro. No os preguntéis como podía oír el silencio. Era audible para ella. Solo para ella.
Pero no era aquello solo lo que la consternaba. También la constante sensación de peligro, de muerte. Podía jurar que sentía cadáveres a sus lados continuamente.
Y luego estaba el miedo.
Sí, aquel miedo irracional a lo desconocido y a lo cerrado. Odiaba temer algo que no alcanzaba a comprender. Odiaba quedarse paralizada unos segundos, intentando no dejarse llevar por el pánico y pensar que estaba atrapada. Ella era una elfa, un ser que no tenía miedo y no mostraba emoción alguna... Para ellos solo existían objetivos y metas que cumplir. Y quizás un inconsciente sentimiento de protección inevitable hacia la naturaleza.
¡No podía dejarse dominar por su instinto!
Por eso, cuando la oscuridad que reinaba fuera del haz de luz de la lámpara se volvió normal, cuando arrastrarse por las estrechas grietas se convirtió en un hábito y no un horror, empezó a sospechar que se estaba volviendo loca.
Yves no tardó en ser consciente en el constante delirio en el que ahora vivía Naida. Aunque su cara hacía tiempo que había dejado de expresar emoción alguna, sus ojos eran los únicos testigos de su sufrimiento... y locura.
Se limitaba a seguirle como un fantasma; pálida, sin hablar, atada a un horror del que no podía escapar. Si en el desierto de hielo pudo ver como toda luz en Naida se apagaba lentamente, aquí fue diferente. De golpe. De un segundo a otro, su cálida sonrisa había pasado a una mueca fría, sus ojos se habían apagado hasta solo reflejar la oscuridad en la que se hallaba... Sus andares y gestos eran mecánicos. No había la antigua soltura en ellos. Podían ser los mismos tanto para andar como para matar.
¿Tenía miedo? Sí. De no salir de allí y no verla resplandecer otra vez. De que las antiguas pesadillas de la mina volvieran a despertar en él. De que el aire enrarecido de las cuevas los acabara ahogando, aunque ya empezaba a hacerlo. Era humano. Era temeroso.
Sabía que no podía matar a aquel enemigo con una flecha. Y sabía que por ahora, la elfa estaba perdida... ¿Cuánto tardaría en hacerlo él?
Pero quizás lo más insoportable era el silencio en el que estaban sumidos. Todas sus preguntas eran respondidas con monosílabos o ignoradas. Las únicas palabras que parecían cobrar vida estaban en su mente, escondidas, temerosas de salir y pasar desapercibidas.
Había tardado en comprender que no podía vivir en un mundo en el que Naida no brillara. Necesitaba su luz para ser el de antes... Para que todo volviera a ser como antes.
Hacía tiempo que la suerte había dejado de estar de su parte.
Y era aquello en lo que pensaba mientras avanzaban por las diversas cavernas en busca de una salida. Noche y día habían desaparecido, y solo paraban cuando sentían sueño. Aunque solo un loco podría dormir allí sin tener pesadillas. Eran habituales las noches en las que se despertaba cubierto de sudor, con un nudo en la garganta, deseando gritar. La oscuridad lo acechaba sin descanso y él trataba de luchar contra ella con toda la valentía y fuerza que conservaba. Pero nadie puede luchar con la oscuridad y salir vivo sin un milagro. Y era una verdad universal que el mundo ya no creía en milagros.
De repente, desapareció. No aquel infierno. Solo el camino que, junto a él, se había llevado lo que quedaba de esperanza. No había ningún rincón donde ellos pudieran acceder a otra parte subterránea... Si es que existía. Solo piedra lisa que, iluminada débilmente, se burlaba de ellos.
Se estremeció al comprobar que las paredes estaban pulidas de una forma que no era natural... Y que en ellas había escritas palabras totalmente incomprensibles para él. En el techo, dibujados con tinta roja, los cuatro dioses de los elementos. Todos presentaban una misma marca; un águila con una flecha clavada en el pecho y una corona de laurel. ¿Quizás podía ser...?
Le pareció una idea tan absurda que la abandonó de inmediato. Se sentó en el suelo al lado de Naida que, con la mirada perdida en el dibujo del techo, conservaba la calma con una indiferencia alarmante.
-Vamos a morir –dijo Yves con una calma sobrehumana.
-Sí –se limitó a contestar ella.
-Vamos a morir –repitió con una voz hueca- de hambre, de este maldito aire... Pero tú te limitarás a ignorarme. Vamos a morir y lo harás olvidándome. Yo no quería esto.
-No todos podemos permitirnos finales felices –afirmó Naida sin ni siquiera mirarle.
-Pero yo moriré recordando que una noche velé por ti –continuó, diciendo las palabras que le dictaban su corazón, porque pronto sus pulmones no aceptarían aquel aire que respiraban, porque pronto no habría un mañana - Moriré pensando que pude salvarte por lo menos una vez. Moriré diciendo tu nombre tantas veces hasta que deje de tener sentido, aunque seguirá haciendo estremecer mi corazón. Moriré sin saber si me has amado alguna vez. Moriré solo y solo para ti.
Estaba empezando a volverse loco. Lo sabía. Pero habría dado su vida para afirmar que la lágrima que caía del ojo derecho de Naida era real. Empujado por un hechizo que cobraba vida en su interior, se inclinó para besarla...
Y fue entonces cuando el techo explotó y dejó que la luz de la luna bañara sus rostros. Se miraron sorprendidos para después volver a admirar el cielo estrellado. Pero había más que eso.
Cuatro figuras con un halo de luz a su alrededor flotaban sobre ellos. Regios, indiferentes, intimidantes. Allí estaban los cuatro dioses.
***
-¡No! –rugió, levantando la tierra de su alrededor y causando grietas en la cueva donde se escondía.
Encogido y aterrado, el Guerrero Oscuro se excusó.
-¡Lo hice mi señor! Cause el terremoto, los sepulté... ¿Cómo podía saber yo que llegarían a aquella cámara? ¿Cómo podía saber que sobrevivirían y los dioses aparecerían? –esto último lo susurró, con una mezcla de desesperación. Sabía que si lo enfurecía, su vida correría peligro.
La figura encapuchada avanzó hacia él y le agarró del cuello, levantándole del suelo. No intentó forcejear. Sabia por experiencia de sus víctimas que aquello solo servía para gastar fuerzas. Se quedó quiero, mirando el rostro irregular que escondía levemente la capucha: ojos rojo sangre al igual que su piel morena marcada con distintas cicatrices. Su sirviente no dejaba de pensar en lo fantástico e irreal de aquel rostro; en la locura que reflejaba y le contagiaba.
Había aprendido a admirar aquel ser. Había llegado a amarlo, como un hijo ama a su padre. Y había aprendido a normalizar aquellas amenazas, como un castigo que debía ser recibido.
-¿Cómo podías saberlo? –dijo con una voz burlona- Te instruí yo. No puedes fallar o desconocer. No puedes disfrutar de su sufrimiento; disfrutarás una vez han caído, recordando. Tendrías que haberte asegurado –sentenció mirándolo a los ojos fieramente- Deberías haber derrumbado todo a su paso, quitarles la esperanza nada más bajar –apretó su agarre- La derrotaste a ella, no a él. Ha luchado por los dos. ¡Lo has echado a perder todo! –su voz se volvió inhumana, mientras que él solo podía mirarle a los ojos y ver la ira teñida en sus ojos- Una vez llegaron a la cámara, la energía que irradiaban junto con la de aquel lugar sagrado los delató. Los han encontrado; ahora están con ellos.
Lo soltó.
El Guerrero Oscuro cayó al suelo como un muñeco, emitiendo graznidos intentando que el aire pasara a sus pulmones. Su maestro lo miró sin pizca de compasión, y cuando salió de la cueva no pudo sentir más que desprecio y repugnancia. Se preguntaba cuando dejaría de ser del todo humano. Resultaba odioso.
El aire lo golpeó, más no se percibió ningún gesto de incomodidad en su rostro. Meditaba y barajaba sus opciones rápidamente. Después de aquel desastre, solo quedaba una opción. Una locura.
¿Pero quién sino era experto en locuras?
Se introdujo en la mente de su sirviente y le dijo:
Organiza un ataque a lo que queda de sus razas con nuestras criaturas. No quiero supervivientes. No me falles otra vez.
Suspiró para sus adentros, levantó los brazos y se desvaneció con el aire frío que presagiaba una tormenta."
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