¡Hola a todos! ¿Como ha ido el verano? Ahora toca ponerse en marcha...otra vez. Aprovecho por pedir disculpas por adelantado pero, por motivos académicos, probablemente no tenga tiempo material para escribir un relato antes de Navidad. ¡Os prometo que la vuelta será a lo grande!
¡Espero que disfrutéis del relato! ¡Los comentarios y cualquier sugerencia son siempre bienvenidos!
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El
universo es infinito. Cobra formas ilimitadas, y lo es todo –y nada-
simultáneamente. Puede ser un concepto complicado de entender, no tanto por su
dificultad, sino por el terror que nos parece inspirar una palabra cuyo
significado es tan inmenso e incalculable que carece de control ninguno. No
obstante, intentaré explicarlo. Universo son dos caras: luz y oscuridad. Es tan
general como lo es de concreto. Piensa en cualquier cosa que se te ocurra. Sí,
es cada estrella, cada planeta, cada fuerza y cada vida. Es agua, tierra, fuego
y aire. Es un suspiro en una calle bulliciosa o la calle en sí. Es cada piso; aquel
ático y aquella mujer que, apoyada en el balcón de su terraza, intenta explicar
lo indescriptible –en otras palabras, yo, Diana.
¿Qué
papel jugaba el universo en aquel momento de turbada reflexión? Muy bien
empezaba a saber yo que no podía evitar lo que inevitablemente había aparecido
en mi vida, de la misma manera en la que no podía ignorar lo que me perseguía
hacía ya demasiado tiempo. Aquel algo que
me había apartado de un estado de desidia e incuria con la única finalidad de
arrojarme al camino de la inseguridad, las dulces palabras, el miedo y la
esperanza no podía ser nada más que aquello que mis labios temblaban al
pronunciar: amor.
¿Temía
yo al amor? Ciertamente sí. Muy pocas veces este no viene acompañado con
angustia que se convierte en suplicio, y deseo que se convierte en un calvario.
El ser humano podría ser descrito como uno verdaderamente intenso, y es que
solo una pequeña aflicción en el corazón podía conducirlo a una tortura
perpetua. No obstante, el conocimiento
de estas consecuencias no lo abstenía a pasar las penurias –y las virtudes- del
amor, y estaba claro que yo no iba a ser menos.
Pero los
augurios de mis deseos –subjetivos- y
mis predicciones –objetivas- no coincidían. Y es que yo, Diana, era un
escritora que solo concebía finales tristes, en cuyos relatos no se permitía ni
la más mínima clemencia a la hora de decidir el destino de los dos amantes. Yo,
Diana, que tomaba al pie de la letra las palabras de Nietzsche y aceptaba
categóricamente que la tragedia siempre se imponía sobre el bien, que Apolo
estaba condenado a la derrota y era Dionisio quien se haría con la victoria. Yo,
Diana, la que nunca había suplicado al universo nada y ahora pedía en silencio
por temor a revelar sus dudas una historia feliz. ¿Por qué?
Por él.
Él, que
cruzaba el universo entero con una media sonrisa que derretía hasta los
corazones más rígidos y circunspectos. Él, con unos ojos de ensueño cuyas
pupilas albergaban todas las estrellas del cielo, unas orejas que se prestaban
a escuchar atentamente cuantas palabras trajese el viento, unos labios que deseaba trazar hasta memorizar
y que al hablar, emitían el más dulce de todos los sonidos, como si de miel
para mis sentidos se tratase. Y tras de sí, historias contrarias a lo que yo
siempre había creído; relatos diferentes, que acababan bien, que se creían
esperanzadores y cuya única norma consistía en ceñirse a los sueños y llegar a
la más absoluta felicidad.
Y ahora
el lector se preguntará: ¿Qué puede salir mal? ¿Acaso estamos condenados al
fracaso tajantemente?
Bueno,
eso es lo que yo había creído hasta entonces –y todavía sigo creyendo. A pesar
de la tela de niebla que había instalado en mi cabeza, mi juicio seguía viendo
lo inevitable: estaba aterrorizada y tenía muchas razones para serlo. Sí, sé lo
que sus cerebros están pensando ahora mismo: ¡cobarde! No lo niego: nunca destaqué por mi valentía, pero si lo
hice por mi sensatez, conceptos que a mi buen entender nunca fueron amigos. Mi
razón era única y simple: no quería hacerle daño.
Tenía
miedo de destruir a una persona que vivía de tantas ilusiones. Él ansiaba volar
junto a las estrellas que sus ojos reflejaban, pero yo solo podía anclarlo al
suelo, destaparle los ojos y enseñarle la realidad en la que yo creía. No podía
hacerle eso a la persona que amaba.
Tampoco
quería.
No
obstante, era incapaz de enfrentarme a tan amarga realidad. Una batalla sin
tregua se libraba en mi interior: aunque mi mente dijese que no, todo mi ser se
inclinaba a por el sí. Mis orejas se habían habituado al constante zumbido que
protagonizaban el “sí” y el “no”. Todo era intento de apagarlos era
inútil. El ingenio que me caracterizaba
no encontraba una solución a aquella interminable paradoja que se había pegado
a mi cuerpo y de la cual no podía desprenderme por más que quisiera.
Sí,
deseaba escribir una historia en todo el largo y el ancho de su cuerpo. No, tenía
miedo de escribir una historia equivocada, un tatuaje negro del que jamás
pudiese desprenderse y lo destruyera por dentro. Sí, anhelaba ver el reflejo de
mi rostro en el de él. No, temía apagar las estrellas que habitaban en su
pupila. Sí, ambicionaba el calor de su amor. No, me espantaba enfriar ese ardor,
volver de hielo sus caricias.
¡Por el
amor de Dios, aquello era de locos!
En
aquel momento, se repitieron en mi mente unas palabras que mi madre había
pronunciado, apoyada en el horno de la cocina mientras yo, sentada, trazaba las
líneas del mantel de la mesa: “Nadie es capaz de renunciar a lo que de verdad
quiere sin romperse por dentro o morir en el intento”. Había llegado a ignorar
la sabiduría, la desagradable verdad que contenía aquella frase y que había
tardado en manifestarse hasta ahora.
Todo
eso derivaba en la pregunta (estimado lector, aprecie la aclaración de que no
es una, y reitero, una mera cuestión) que conseguía desplomar
la argumentación de mi bando racional. E aquí tres palabras: ¿Podía acaso
elegir? Y la respuesta era que había llegado al inevitable punto de no retorno,
en el cual todas las partes de mi cuerpo solo podían procesar una única orden,
tan peligrosa como simple su nombre… Amar. Amar hasta morir, hasta que todo
átomo de su cuerpo se descompusiese por amor, eterno amor.
El
universo no podría haber sido más claro. Ante mí se revelaba en una única
forma. Jamás su imagen fue tan nítida.
Porque
en una noche de verano, una parte del universo se encontraba en la terraza de
un ático.
Porque
en una noche de verano, yo me había convertido en un universo enamorado.

