"Sinuhe se tumbó en la cálida y dura arena, y se arrastró hasta quedar totalmente cubierto por uno -de los pocos- matojos. Observó el terreno; todo estaba desierto excepto dos o tres cactus que habían conseguido sobrevivir a la tormenta de arena que se había dispersado minutos antes. No habia ninguna presencia más, así que Sinuhe se levantó y comenzó a correr.
Cabellos negros, ojos azules en un rostro quemado por el sol. Alto, com unos brazos y unas manos llenas de heridas. Era bastante ágil, aunque tenía una enfermedad -que tarde o temprano lo mataría- en la pierna izquierda que lo dejaba cojo. Él era un joven que vivía a un pie del abismo insalvable de la muerte; padres muertos, sin un modelo de vida a seguir, había acabado caminando por los solitarios parajes del desierto. No le importaba su honra ni su vida, ya había acceptado que su muerte llegaría temprano.
Siempre había estado muerto y... ¿Quién era él para rebatir los deseos de los dioses? Su vida estaba escrita, y él, un simple e ignorante mortal, no podía hacer nada.
Ese día se encontraba más frustrado que nunca. No conseguía controlar bien su pierna, y de tanto en tanto acababa tumbado, lamentandose de su enfermedad que no le dejaban seguir adelante. También se sentía más solo que nunca, pero como decía su nombre, él era el que caminaba solo. Era el príncipe de sus propios infinitos solitarios.
Y así sería por siempre.
La noche llegó y Sinuhe se sentó en la arena. Hoy no había cazado, así que se tumbó y miró las estrellas. Havía unas que brillaban más, otras que estaban maltratadas por los años y ya no tenían el mismo resplandor. Al menos, ellas habían brillado algun tiempo que se le antojaba lejano. Él nunca había sido una presencia importante; solo era un punto en un infinito que para él era cada vez más oscuro, lleno de desesperación y soledad.
Fue sacado de sus pensamientos por un fenómeno poco agradable: una tormenta de arena amenazaba por atacar. Rápidamente, escondió tods los objetos de valor que tenía -un pergamino, una pluma, un poco de tinta y un cuchillo- en una bolsa, poco antes de que la tormenta lo cogiera.
* * *
Se despertó enmedio de un remolino de arena. Sinuhe consiguió levantarse, y concentró su mirada en un elemento que antes no había visto: una gran e imponente pirámide. No podía explicarse como había aprecido, ni tampoco podía explicarse ese instinto que lo llevó a situarse enfrente de aquella enorme construcción. Misteriosamente, había una pequeña entrada donde cabía Sinuhe. Lo pensó un momento y decidió entrar.
El interior era un conjunto de caminos estrechos y oscuros, llenos de jeroglíficos que representaban muerte y resurreción, felicidad y vida eterna. Avanzó cuidadosamente; sentía como si ese lugar no fuese seguro.
Y no se equivocaba.
Estaba lleno de trampas: multitud de acertijos en los que un paso en fañso era la muerte inmediata, caminos que no dejaban marcha atrás... Aquel lugar era el infierno,pero a Sinuhe no parecía importarle. Consciente de su peligro, superaba las pruebas con la mayor soltura posible, evitando la muerte cuando estaba a punto de ceñirse sobre él. Quizás era su consciencia que ya acceptaba su muerte que, irónicamente, no le dejaba cumplir lo que había acceptado.
Nunca se había sentido tan brillante com en esos momentos, en los que superaba cualquier límite.
Pasaron minutos, horas, días hasta que Sinuhe llegó a una sala que parecía un sueño. Estaba adornada de arriba a abajo con jeroglíficos dedicados a Anubis, dios de la muerte y resurreción. También había otros que representaban la vida de un faraón, de como había sido juzgado y declarado merecedor de la vida eterna llena de lujos y comodidades. El joven sintió que viajaba en el tiempo, observando como los dioses le concedían la eternidad al faraón muerto, como le daban una vida que él nunca podría tener.
De repente, cayó al suelo, presa de un dolor mortal en la pierna. Era normal.
A veces, Sinuhe pensaba que sería mejor morir que vivir una vida como la que él vivía; al menos, no habría tanto sufrimiento, dolor y pérdida. Aquellos intentos por sobrevivir sin compañía no eran más que intentos para alargar su vida.
Alargarla, no solucionarla.
Había vivido media vida, y no viviría más. Moriría solo, como él había decidido, porque el mundo no necesitaba más desesperación de la que ya tenía. Podía morir allí fuera, donde se había sentido presa de los pensamientos mas oscuros, o aquí, donde había sido minimamente feliz, donde lo había olvidado todo.
Cogió su cuchillo y lo colocó en su pecho, justo encima de su corazón. Milagrosamente, dejó de temblar.
Debo acabar con todo esto
El cuchillo se hundió un poco en su pecho. La sangre comenzó a correr por su cuerpo, pero le daba igual. Ya todo le daba igual.
El príncipe de los infinitos solitario debe desaparecer de este mundo
Esta vez, profundizó el corte, hasta que ya no podía sostenerse y se arrodilló en el suelo, El fin estaba cerca. Podía ver las estrellas más brillantes. Ya no sentía nada.
El príncipe de los infinitos solitarios tiene que...
FIN
*Sinuhe significa "el príncipe solitario" o "el que camina solo", lo que parece apropiado para el carácter y la esencia del relato
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