miércoles, 29 de julio de 2015

Inesperado

¡Hola! Siento muchísimo no haber pedido publicar antes, pero me han podido las ganas del verano (Lo siento, lo siento!!). He querido camiar un poco la temática -¡mis personajes me piden que deje de sumirlos en la desgracia! Espero que disfrutéis leyéndolo... ¡Y del verano!



La encontró –la conoció- en la playa de rocas, cerca del paseo de la bahía. Había llovido hacía unas horas y el suelo estaba resbaladizo, no obstante, necesitaba estirar las piernas antes de cenar. Ser obrero agriaba su humor y destrozaba su condición física con el paso de la edad, pero no iba a arruinar sus hábitos. Ver aquella figura, atascada entre la masa rocosa de la playa, pidiendo ayuda sin realmente pedirla, lo enfadó más. Odiaba cuando algo se salía de su esquema. Un esquema que le daba sentido a su vida, que evitaba que se sintiese más desgraciado de lo que estaba y le daba una excusa para evitar pensar en cómo había tocado fondo.
No obstante, salió de su camino para ayudar.  
Era una mujer. Primero se fijó en sus ojos; el contorno medio asiático de estos y su color verde cautivador. Luego en su sonrisa, amable, siempre preparada para estallar en una risa. Tercero y último, su pie izquierdo. Estaba atascado entre dos rocas y tenía varios arañazos. Temblaba un poco.
Paso uno: obligarse a ser simpático.
-¿Q…Que le ha pasado?
-Ay… Yo estaba dando de comer a los peces, trasbillé y el pie se me quedó atascado entre estas dos rocas –dijo ella sonriendo.
-Los p…peces pueden alimentarse solos –contestó Pedro sin pensarlo, irritado, como si la mujer se hubiera burlado de él con ese comentario. Los peces, ¿en serio? Si era tan torpe que era incapaz de mantener el equilibrio, haber pensado mejor. Ahora, como si no le bastara la situación, lo obligaba a romper su rutina. ¿Por qué demonios se había para a ayudar?
-Me gusta cuidarlos. Son como mis hijos.
“Ah, bien. Un avance”
Lo que le faltaba, que fuera una de aquellas activistas que pedían una consideración mayor hacia los animales o se hacían vegetarianas como símbolo de protesta, lo que era realmente una pérdida de tiempo.
Evadiendo una posible discusión, la cogió de los brazos y la estiró, desencajándola de las rocas. La llevó hasta el paseo de la bahía –terreno firme- y la depositó en el suelo. Su pie izquierdo estaba muy hinchado, posiblemente se había hecho un esguince. Además, ese mismo pie estaba un poco más elevado que el derecho, produciendo una permanente cojera. Enseguida se sintió mal. ¿Quién era él para juzgarla? Lo más seguro es que aquella cojera hubiera causado el pequeño incidente, y él, como un idiota, como una de aquellas personas que tanto le molestaban, se había reído de ella, de su torpeza, de su sonrisa. Sin siquiera saber cómo se llamaba. Sin siquiera saber nada.
A pesar de la negativa de la mujer, Pedro la acompañó a casa. Ya que no había sido un caballero al principio, lo sería al final, aunque no contara igual. La mujer lo examinaba con esos ojos tan exóticos, que lo desconcentraban y le ponían nervioso, muy nervioso.
-¿Cómo s…se llama? –dijo Pedro en un último intento de ser amable.
-Sílvia. ¿Y usted? –ella le siguió la corriente, sin romper aquella cadena de formalidades que los distanciaban.
-Pedro –silencio.
¿Qué preguntaba ahora? ¿Nombre? Hecho. ¿Edad? Descortés, imperdonable. ¿Familia? Demasiado cercano…
 - ¿T…trabaja?
-Enfermera –contestó ella sonriéndole, envalentonándole a continuar- Y usted es…
-Obrero. Tra…trabajo en las obras de aquí cerca… Ya sabe, el puente nuevo q…que están construyendo… -se aplastó el pelo. Mantener una conversación era un reto para él.
El tartamudeo había sido una cruz. Había soportado las risas de sus compañeros de la escuela, profesores e incluso familiares. ¿El truco? No hablar. Sí, no, hola, adiós. Con eso le bastaba para vivir, pero no para disfrutar de la vida. Había tenido que elegir.
Y había elegido.
Pero esa decisión no era compatible con Sílvia, con la mujer de las sonrisas verdaderas y hermosas, que lo derretían muy poco a poco.
Llegaron a casa de Sílvia en sincronizado silencio. Se despidieron con unas gracias por parte de ella y un susurrado de nada por parte de él.
Ahí empezó todo.
                                                               * * *
El trabajo en las obras era duro. Transportar vigas, ocuparse de los nuevos, cuidarse de que todo estuviera en orden, más vigas, más planos… Lo agotaba física y mentalmente. Ese día era uno de los peores; hacía demasiado calor y todo se le resbalaba de las manos. Las peleas eran frecuentes, influenciadas por el cansancio y el sudor que se acumulaba debajo del traje.
-¡Pedro! –era uno de los nuevos; venía con un paquete pequeño- Una señora ha venido y ha preguntado por ti. Me ha dado esto –le tendió el paquete, esperando a que hiciera algún comentario al respecto.
-Gracias.
¿Había mencionado que era un hombre de pocas palabras?
Lo abrió, un poco sorprendido. No solía haber gente que preguntara por él, y menos que le entregara paquetes. Era una fiambrera con sandía. ¡Sandía! Dio gracias en silencio a Sílvia, porque estaba seguro, segurísimo que había sido ella. Quería creerlo con tanto fervor que se encontró pensando en ella. ¿Volvería a verla? ¿Estaría allí, dando de comer a los peces? De repente, ya no le parecía un tema que le inspirara irritación. Más bien… Dulzura. Cariño. Sentía la necesidad de protegerla, de arroparla bajo su brazo, de sacarla de todas las rocas en las que se enganchara. Y también sentía la necesidad de que ella le hiciera compañía y, secretamente, que le enseñara a valorarse.
Se comió unos trozos y dejó los restos escondidos en un rincón. Los rescataría cuando acabara el turno, al igual que sus pensamientos. La pausa había sido demasiado larga; todo llegaría cuando tuviera que llegar. Y ahora mismo, eran las vigas las que tenían que llegar al puente.
* * *
La encontró en el mismo sitio. Estaba arrodillado en el borde de una roca, soltando comida a los peces. El pie izquierdo estaba totalmente hinchado, cosa que alarmó a Pedro. ¿Era enfermera y no iba a que le miraran el pie?
-Tienes el p…p… -pegó un pisotón fuerte en el suelo; ella se había girado y lo miraba con una media sonrisa que le inspiraba muchas cosas a la vez- pie muy mal. ¿Has ido al hospital? -¡Idiota! ¡Trabaja en un hospital!
-Se curará… a su tiempo.
-Hay cosas q…que no se c…curan así por así.
-¿Tú crees? Dime un ejemplo.
-El amor. El amor no se cura –respondió ruborizándose un poco. Vaya formas de empezar una conversación.
-Es verdad –asintió ella muy despacio- El amor no se cura, ni nos abandona. Permanece con nosotros. Siempre. Esa es su magia, su esencia más básica.
-Como ese esguince –respondió Pedro, volviendo a la conversación inicial antes de que saliera mal parado. Nunca había salido con una chica, y nunca había sentido que sus padres lo amaran. Era el paria de la familia, el raro, y lo veía en sus pupilas cada vez que lo miraban. Reflejado, deformado, allí, siempre.
Sílvia soltó una carcajada. Su rostro se iluminó como el de un ángel. ¿Cuántos años tendría? Era más joven que él, de eso estaba seguro.
Se desvió del camino y fue a sentarse con ella.
Adiós esquema.
-Gracias por la sandía –dijo Pedro, rezando para que hubiese sido ella.
Ella se tocó el bulto que le había salido en el pie izquierdo.
-Es lo menos que podía hacer por ayer –repuso, con una voz que nubló los sentidos del obrero- Podrías venir a casa hoy, a cenar –propuso ella, animada.
-No q…quiero ser una molestia.
-No lo eres. ¡Venga! Además –añadió ella casi susurrando- tengo más sandía.
Pedro soló una carcajada; la primera en meses. En ese momento, no existía ese hombre gruñón, malhumorado, serio, seco y medio traumatizado con su tartamudeo. Se sentía un hombre libre de todos esos defectos; un hombre nuevo bajo la presencia de la bondad de Sílvia.
En ese instante, ni el pasado ni el futuro tenían importancia para él. Ahora solo existían Sílvia, su risa, el mar y el sol; el presente.

La cena transcurrió con normalidad. Sílvia vivía en una pequeña casa en la playa, hecha de piedra con conchas de mar incrustadas. Discreta, sencilla y acogedora. Decían que las casas eran una visión de la persona que las habitaban, y en esta ocasión, Pedro no pudo estar más de acuerdo.
Cenaron tortilla de patatas acompañada de ensalada. Hablaron de aquello y lo otro; él, ella, sus respectivos problemas… Por primera vez en su vida, Pedro hablaba sin parar, atropelladamente y sin miedo a la burla. Sabía con seguridad que Sílvia lo entendía. Era, de algún modo, libre de decir y hacer lo que quisiera sin presión. Incluso llegó a bromear, cosa impensable en él.
Al acabar, insistió en vendarle el pie, y le prometió traer una silla de ruedas para que pudiera  moverse con más comodidad y sin tener que soportar molestias. Durante el proceso, Sílvia le contó que era viuda y había tenido un hijo. No hacía falta tener muchas luces para darse cuenta que ese había tenido hacía referencia al hijo que había existido en el pasado, pero no en el presente.
-Se llamaba David. Después de la muerte de mi marido, tuve que hacerme cargo de él a todas horas. No tenía familiares cerca que pudieran cuidarlo, así que también lo llevaba al trabajo. A David le gustaban mucho los peces –dijo con lágrimas en los ojos- Cada tarde, a la misma hora, íbamos a la playa y nos sentábamos en aquella roca. Mirábamos el atardecer mientras dábamos comida a los peces.
<<Un día empezó a sentirse mal. Estaba enfermo. Puse todo mi empeño en salvarlo, pero no hubo nada que hacer. Después de unas semanas horribles, donde la única persona consciente de la casa era yo, David murió. Los últimos segundos antes de su muerte, me hizo prometerle que le daría de comer a los peces. Por eso, cada día, cuando vuelvo del trabajo, siempre a la misma hora, esté enferma o cansada, bajo allí y estoy con el recuerdo de mi hijo hasta que el sol acaba escondiéndose. Y sé que mi David está allí y aquí, en mi corazón, siempre presente.>>
Pedro la abrazó mientras ella lloraba en silencio. No, no era una activista en contra del maltrato animal ni una pequeño acto de rebelión contra la sociedad. Era, simplemente, una manera de esconder el dolor y seguir viviendo, conservando la esperanza y sonriendo. Pedro no pudo hacer más que admirarla.
Desde aquella noche, Sílvia se convirtió en su única compañía y en su rutina. Cuando acababa de trabajar y se duchaba para estar más presentable, acudía a su encuentro en esa misma roca, a la misma hora. Juntos, rememoraban a David y compartían el dolor de su pérdida, decididos a cumplir su última petición. Después, Pedro empujaba la silla de ruedas de -¡lo había conseguido!- e iban a casa de Sílvia. Doblaba la silla de ruedas y preparaba la comida mientras conversaban. Podían hablar durante horas, con el fin de conocerse el uno al otro centímetro a centímetro.
 Pedro se sentía feliz. Muy feliz. No obstante, había algo que lo mantenía en vilo. ¿Veía Silvia en él la amistad o el amor? El hombre rozaba los cincuenta, tenía el pelo canoso y los ojos gris apagado. Sí, era alto y robusto pero no era guapo en absoluto. Ella era la luz, no él. Él era, más bien, el marinero. Si se declaraba, sabía que nada sería como antes; abría echado a perder lo más valioso que tenía. Quería acunarla entre sus brazos, pero… ¿Se lo permitiría ella? ¿Lo rechazaría, como el resto del mundo? Deseaba aplastar aquel sentimiento, pero una voz le decía que si lo eliminaba, ya no le quedaría nada por lo que luchar.
Decían que el amor era agradable, pero a él le producía pinchazos en el corazón. Le dolía el alma la incertidumbre de pensar si su amor sería correspondido o no. Parecía que el amor tenía una cruzada contra él, una guerra que el hombre no podía ganar.
“Tengo que rendirme. Tengo que luchar”
“Tengo que callarme. Tengo que sacrificarme”
“Tengo que desaparecer. No puedo abandonar”
Por ahora, era mejor así. Era mejor seguir robándole miradas. Era mejor seguir sintiendo pinchazos en el corazón. Era mejor aguantarse, conservar a Sílvia costase lo que costase. Porque era mejor así. Porque no se burlaba de su problema. Porque era lo valoraba y apreciaba tal como era. Porque sacaba lo mejor de él.
“El amor no se cura, ni nos abandona. Permanece con nosotros. Siempre. Esa es su magia, su esencia más básica.”
Su esencia. Su magia.
Sílvia. 




domingo, 14 de junio de 2015

Algo




"Es difícil olvidar la pérdida cuando piensas siempre en ella. Te abandona para arremeter otra vez contra tu cuerpo hasta que ya no puede más. Ni siquiera el recuerdo más bonito puede ayudarte; estará arrugado después de usarlo tantas veces. Entonces vas cayendo, poco a poco porque al dolor le gusta regocijarse con sus víctimas; le gusta que sientas el aliento gélido de la muerte en tu cuello, le gusta que sientas como todo tu “yo” interno ya no existe como tal, le gusta que veas que ya no eres quien eras antes y que todas tus fuerzas ya no sirven ni para levantar un taza y, sobretodo, le gusta ver que ni siquiera puedes levantarte porque tienes miedo de mirar la realidad a la cara. También puedes resistir, seguir luchando a pesar de que sabes que tú ya no puedes ser feliz, vivir una existencia miserable y pobre y recordar que lo que era antes, no es ahora.
La pérdida dolía, sí. Dan la sentía cada mañana al despertarse cuando veía el cristal de la habitación pintado de vapor. Cada tarde, cuando el sol iba cayendo poco a poco. Cada noche, al sentirse más solo que la luna.
Era uno de aquellos hombres desgraciados. Su existencia desgraciada empezó a serlo cuando perdió su mujer. Se negaba a recordar como la había sostenido hasta su último adiós. Pero lo recordaba. No quería pensar en que la había quemado y, en un día con mucho viento, la dejó ir a un lugar lejos de allí. Pero lo pensaba.
Desde ese momento, la pérdida se hizo gradual; perdió su casa, su vida, sus sueños, sus ilusiones y por último, el placer de las pequeñas cosas como fumar un cigarrillo o leer un libro.
Parecía que ya no había nada más que perder. No obstante, Dan se había vuelto inmune a ese sentimiento; sufría, sí, enormemente, pero evitaba ser consciente de ello. Se centraba en sobrevivir, y mientras ese fuese su único sentimiento, podía convivir con el dolor. Por eso, se había obligado a olvidarlo todo. Se había convencido de que ahora no necesitaba esa antigua vida.
Ese mismo día seguía en su línea. Estaba un poco preocupado. Era tarde y todavía no había encontrado un escondite. Él se movía sin muchas pretensiones en su búsqueda de un lugar para pasar la noche. Dormía escondido en las alcantarillas, en casas abandonadas que apenas se sostenían… En aquellos momentos de guerra era lo mejor que podía encontrar. Dormir en la intemperie significaba un tiro en la cabeza al despertarse. Era mejor pasar desapercibido, invisible.  Pero esa noche tuvo suerte: encontró una pequeña habitación en malas condiciones que nadie había querido. Dio gracias porque nadie en su situación la hubiera descubierto.
Constaba de una ventana pequeña y mugrienta, un escritorio que servía de cama y una estantería con cuatro libros y botes con hierbas en su interior. Los libros eran de medicina, al igual que las plantas y algunos documentos que descubrió en los cajones del escritorio. Era, para más inri, la casa de un médico. Dan, que había estudiado medicina cuando era joven y no había guerra, se sintió bendecido por un ángel.
Allí empezó todo. Los días sentado en el suelo esperando un milagro acabaron. Revisó las plantas y las clasificó. Leyó los cuatro libros de principio a fin, absorbiendo cada conocimiento que había olvidado. Escondidos en los tablones del suelo, encontró recetas que nunca antes había oído, más plantas, botes y alguna moneda olvidada. Le bastaba para comprar pan (comía solo una vez por las mañanas) y agua que no estuviera medio envenenada. Dan no era religioso, pero esos días le bastaron para comprender que había sido seleccionado por una razón. Sabía de moribundos, grupos que apaleaban a la gente y que los dejaban morir. Antes los arrastraba a su escondite e intentaba aplicar alguna técnica sin resultado. Ahora podía ayudarles de verdad.
Las semanas pasaron hasta que se decidió. Sabía mejor que nadie que las calles por las noches no eran seguros. Escondido en las alcantarillas o en algún agujero que le sirviera de refugio, había visto impotente como apaleaban a aquellos que no tenían tanta suerte como él. Podía acabar igual o muerto. Además, su aspecto sumamente descuidado no inspiraba confianza: llevaba dos harapos que antes habían sido una camisa y un pantalón, su cabello de un color indescifrable, su cara llena de mugre y suciedad. En los brazos tenía heridas, mordiscos de ratas que lo había atacado mientras dormía desvalido por la noche. Parecía un delincuente que no sabía dónde caerse muerto. 
Aun así, sentía que debía hacerlo. O por lo menos intentarlo.
Una noche de invierno (lo supuso por la nieve; hacía tiempo que no sabía en qué día vivía) salió fuera. Era tarde, hacía frio, pero eran más fuertes sus ganas. Caminaba mirando a todos los lados, fijándose de cada sombra que se movía en la penumbra. Pero el peligro no aparecía. A punto estuvo de volver para su refugio cuando oyó un ruido: respiros entrecortados. Iban apagándose poco a poco, como si por cada minuto que pasase se restara un poco de fuerza. No hacía falta ser un adivino para saber qué era lo que estaba buscando.
El hombre estaba acurrucado en una pared; una pared negra rodeada de nieve con sangre. Dan cogió el cuerpo con sumo cuidado y apenas halló resistencia. Llegó a casa indemne, casi sorprendido por la falta de peligros. Subió las escaleras, acompañado con un débil pum que provocaban los pies del hombre al golpear la madera. Pum, pum, pum… Lo tumbó en el escritorio mientras decidía que hacer. Los pensamientos, antes claros, ahora eran confusos y pasaban a toda velocidad por su mente. Salió afuera para buscar nieve en un intento de controlar la situación. Su euforia inicial se había congelado… ¿Qué debía hacer? Por un momento, pensó que se había equivocado, que habría sido mejor dejar morir a aquel hombre. No involucrarse.
Pero eso sería como condenarse a una existencia penosa e inútil. Había nacido para hacer algo, ¿no? Los hombres dignos escuchaban al deber (el de verdad) y eso era lo que les hacía libres. ¿Merecía él ser libre? O mejor planteado, ¿quería él ser libre?
Sí. Por supuesto que lo deseaba.
Subió a trompicones las escaleras, resbalándose varias veces. Se abalanzó hacía el hombre, suplicando para que aquellos segundos de duda no le hubieran quitado la vida. Examinó su cuerpo; estaba cubierto de cortes y golpes de arriba abajo. En el cuello había varios hematomas, quemaduras y restos de ceniza, cosa que significaba que sus agresores se habían divertido con él antes de dejarlo medio muerto. Su cara estaba totalmente deformada, con sangre apelotonada formando hormas de zapato. En los cortes aplicó hojas de ciprés, ideales para detener la sangre y evitar infecciones. Limpió la sangre de la cara y del pelo. Puso hielo en los hematomas y aloe vera en las quemaduras.
Ahora solo quedaba esperar.
Dan se sentó con las manos llenas de sangre. Las gotas de sudor caían de su cara, a pesar del frío que hacía. “Por favor, por favor, por favor…”. Escondió su cabeza entre sus rodilla y pensó
Pensó en todo lo vivido por primera vez. Recordó cuando era niño y jugaba a ser médico. Cuando, ya de joven, leía libros aprovechando la débil luminosidad que daba la noche. Cuando la medicina parecía ser la única luz de su vida hasta que apareció su mujer. Cuando discutía con ella para luego abrazarla. Cuando la soltó en el aire, dejando que el viento se llevara lo que quedaba de su esposa. Cuando supo que ahora sí que estaba haciendo lo correcto. Cuando, por fin, la esperanza y él volvían a cruzarse de nuevo.
Sí. Resurgía en su interior. Una llama prendía en su interior. Las lágrimas bañaban su rostro. Había encontrado lo que le faltaba, lo que le había provocado un estado de estupor entre la vida y la muerte.
Su algo. Su esperanza. Su recuerdo.  
Por un momento, el dolor dejó de existir."




sábado, 14 de febrero de 2015

La noche

¡Hola a todos! ¡He vuelto! Ya se que llevaba mucho tiempo sin publicar, pero me era imposible sacar tiempo. No os he olvidado, ¡lo prometo!
Esta vez he intentado experimentar juntando tres puntos de vista de unos protagonistas bastante inauditos: la oscuridad, la estrella y la luna. ¡Espero que os guste!
(¡Y siento otra vez la tardanza!)


1ª PARTE: La oscuridad

El reinado del sol se disolvió tan rápido como el manto de noche lo cubrió todo. Mientras la oscuridad hundía el omnipotente sol, mientras enterraba la luz y sembraba el mundo de sombras, mientras paseaba por cada callejón para cumplir su tarea, se lamentaba por su cruel destino. Cruel por obligarla a ser temida, cruel por ser considerada malvada, blanco de todas aquellas -¿como las llamaban los humanos?- metáforas y comparaciones que siempre la describían como la malvada, la solitaria, la temible. Odiaba su vida, su destino. Eternamente sumiéndolo todo en sombras, eternamente temida y despreciada.
Todo el mundo hablaba de las estrellas, de la luna y de la hermosura de la noche. ¡Como si ella no importara! ¿Serían visibles las estrellas sin la oscuridad? ¿Sería posible la noche sin ella? Le debían muchos todos, pero solo recibía nadas. Nadas vacíos, nadas llenos de odio, nadas de desprecio.  
Pero no todo eran desconsideraciones hacia ella... Al igual que no todas las luces eran buenas, no todos los humanos eran odiosos. Entre aquel cúmulo de almas, había algunos que se atrevían a contradecir secretamente las opiniones del resto, a venerarla.
Hacía tiempo que sembrar sombras había dejado de ser su única función. Entre su propia negrura, vigilaba, cuidaba de aquellas pobres almas que mantenían su pequeño reino, que todavía conservaban un poco de oscuridad en su corazón. 

***
2ª PARTE: La estrella

La estrella, clavada en aquella cartulina negra, despedía el último fulgor de su larga -y ya tediosa- vida. Sabía que aquella sería su última noche; que millones de años después ella ya no existiría y sería sustituida por otra. Pero lejos de sentirse apenada, sentía por primera vez nacer una luz dentro de ella, una luz que no estaba dirigida para aquel planeta llamado Tierra, ni para los curiosos seres que la habitaban. La esperanza brillaba, empezaba a fundir su núcleo lentamente, desprendiendo polvo y gas. Por fin podría vagar libremente por la infinidad del universo. Ella no estaba destinada a ser observada como las demás; ella estaba destinada a observar. 
Lentamente, se ahogaba en su propio fulgor. Parecía como si su corazón la tragara lentamente y después la deshiciera en pequeños trozos que ya tenía la voluntad de vivir y ser algo más que una estrella. Anhelaba la libertad como si solo aquella explosión le diera la paz que necesitaba. Anhelaba estallar, llenar todo el cielo de su esencia y por fin, descansar.
Sintió una punzada de dolor por allí y por allá. El pequeño agujero que parecía haberse formado en su interior se había convertido en un furioso tornado. Toda ella empezó a dar vueltas indefinidamente, como si de otra forma no pudiera mantenerse.
Entonces explotó.
El polvo de estrella, apenas inteligible, viajó en el espacio mientras, con una melancolía propia de aquellos que han vivido demasiado, recordaba que su forma seguiría apareciendo en los ojos de sus más fervientes admiradores durante millones de años...

 ***
3ª PARTE : La luna
La luna subió al cielo, como un actor entra en un escenario, dispuesta a cumplir la función que le había sido encomendada hacía millones de años, una eternidad. Había visto la Tierra crecer lejos, pero a la vez muy cerca. Había sido el ojo de la noche durante mucho tiempo, y parecía que nunca se cansara de hacerlo. 
Le gustaba ponerse su vestido blanco transparente, hecho con las perlas y los diamantes más cristalinos que el lector pueda imaginarse. La noche era así; tan rica en detalles como oscura. Los humanos intentaban imitarla, poniéndose aquellos vestidos y aquellos trajes que a ella ni le inmutaban. Le caían bien aquellos humanos, pero como suele pasar cuando se pasa mucho tiempo con una persona, odiaba aquellos aires de superioridad y de seguridad, cuando por dentro solo eran una masa trémula, demasiado débil para mostrarse tal como era. 
Ella, que los había adoptado como hijos propios, sabía como eran en realidad los humanos. Pero aquello no la enfurecía; le molestaba como un picor. Solo esperaba que aquel picor no se convirtiese en un eccema. 
Actriz de aquella obra llamada "noche", la luna comprobaba que todo el atrezo estaba en el lugar que le correspondía; la función bajo ningún concepto debía fallar, y solo le correspondía acabar cuando el sol aparecía. Entonces, ella dejaba de ser una interprete y se convertía en el satélite que en realidad era.
Después de tantos años, la obra podría parecer monótona o tediosa, pero para la luna era todo lo contrario. Su papel se había convertido en otro yo que formaba inevitablemente parte de ella.
Y le gustaba.


viernes, 26 de diciembre de 2014

La decisión

¡Hola! Antes de nada, ¡FELIZ NAVIDAD! (Un poco atrasado, lo se). Disfrutad los momentos con la familia y con los amigos, porque son únicos e irrepetibles. 
Un saludo muy muy grande y que la suerte este siempre siempre de vuestra parte...


"Travers veía sin ver. Entre la bruma de su oscura consciencia, distinguía el sol cayendo de su trono de gloria. Se escondía entre las montañas, dando paso al manto helado de la noche.
Desde el acantilado, un hombre yacía sentado entre las piedras. En su pelo negro azabache, comenzaban a hacerse visibles canas, semejantes a hilos de plata. Sus ojos eran grises, grises de tormenta. Su rostro era una máscara seria, que se agrietaba poco a poco. Su camisa y sus vaqueros eran corazas de hierro, que no dejaban atisbar el huracán que se formaba en su interior. El viento le azotaba, envolviéndole, envalentonándole para acabar con lo que había empezado.
¿Podía hacerlo? ¿Sería capaz? ¿No era mejor dar la vuelta y marcharse sin dejar rastro? No. Los primeros días se sentiría contento, aliviado de haber abandonado. Pero unos días no eran toda la vida, y sabía que una vez pasado su euforia, la amargura, la soledad y la tristeza habituales volverían a aparecer. No quería volver sentir aquellas emociones en su piel, y menos en su corazón.
Tenía miedo, y lo admitía. Odiaba caer y no poder levantarse. Había conseguido sostenerse de pie sujetándose a un fino hilo. Ahora, este comenzaba a ser insuficientemente fuerte para aguantarse en él.
No estaba dispuesto a volver a perder una partida. Simplemente, se había quedado sin cartas.
Alzó la vista y vio las estrellas brillar. Sintió un escalofrío y supo que se acercaba la hora. Se levantó con un deje de fuerza, pero no de decisión. No dolía tanto como lo de los últimos días. Por lo menos, ahora sabía que se iba a acabar.
Rebuscó entre el bolsillo derecho de su pantalón. Juraría que lo había traído… Sacó un cigarro y un mechero. Lo encendió tranquilamente, con una calma extraña, inestable pero a la vez satisfactoria. Avanzó hacia el borde del acantilado mientras tomaba pequeñas caladas del cigarrillo que ahora colgaba de sus labios. Con el manto estrellado sobre él, y las sábanas brillantes bajo él, Travers disfrutó del pequeño placer de sentirse libre hasta el último segundo.
Su reloj pitó, marcando las 23:57. Aplastó el cigarro contra la tierra y tiró el reloj. Del bolsillo izquierdo sacó una carta y la depositó a unos dedos de sus pies. Besó la carta, deseando que no se convirtiera en un arma de destrucción, sino en un gesto de disculpa.
23:59. Era el momento. El hilo flojeaba, suplicando que se soltase.
Y se soltó.
Travers había leído muchos libros que trataban de la misma situación que ahora mismo vivía. En todos, su protagonista pensaba, recordaba, toda su vida en breves ráfagas de tiempo. La realidad era muy distinta. Su mente, viendo que era su fin, se había desconectado; únicamente procesando la imagen que evocaban sus ojos, nada más que rocas bañadas por las violentas olas que las azotaban. El aire le golpeó incesantemente. Dolía, sí, pero era un tipo de dolor distinto al que había imaginado. Un dolor que se merecía, que su consciencia moral necesitaba desesperadamente, que lo castigaba sin pasión, anulando toda maldad de su interior.
Había dejado de ser humano para convertirse en un todo y un nada. Un todo por su cuerpo, que seguía formándolo un hombre. Un nada porque ya no tenía un hombre, un alma humana que obedecer; esta, se había desvanecido.
Ya no había un él, sino un algo.

El golpe contra las rocas fue indoloro. Ni siquiera sintió su cuerpo estrellarse contra ellas. Simplemente, el aire llevándose el algo que le quedaba."

jueves, 18 de diciembre de 2014

Inmoral

Le habría gustado poder decir que murió como un héroe, o que su último suspiro fue para aquello que más había amado, su recuerdo más preciado. Como todos aquellos que cayeron igual que él, si estuviera en sus manos -ahora frías y sin vida- volver en el tiempo, cambiarían estas lineas por otras mas heroicas, orgullosas, admirables y estoicas. Unas que reflejaran un hombre grande en cuanto a su alma, que se mantuvo firme ante la muerte, y que la recibió con los brazos abiertos en vez de cruzados. Con una sonrisa en la cara, en vez de una mueca.
Pero como hombre arrepentido, miserable y cobarde, no estaba en su deber, y menos en su destino, escribir aquellas palabras. Sin embargo, si podía escribir estas.

"Como luché, como lloré, como grité o como morí no eran momentos importantes. Si lo era aquel minuto en el que perdí mi dignidad para siempre. Dejé de ser un hombre, un ser racional, para poner en su lugar a un monstruo. Una bestia que se escondía bajo mi piel. Disfrazado con telas de vanidad, hierro de poder y valentía. Así fue como me perdí a mi mismo en una guerra civil que se libraba dentro de mí, y que supe que había perdido cuando activé la bomba que los voló en pedazos.
No lo conocía. No sabré su nombre, ni siquiera como era. Pero aquel momento en que el edificio explotó en mil trozos, supe que todo por lo que había creído luchar me había matado en aquel momento.
Recuerdo... recuerdo que avancé con mis compañeros entre las ruinas que yo mismo había causado. Quedaron grabados en mi mente los sollozos de los heridos, que uno a uno, íbamos matando. Gente inocente, que lo acababa de perder todo por una persona... Yo, yo, yo y solo yo. Pude comprobar que repetirme a mi mismo que no era culpable no minimizaba el dolor que sentía en el pecho, sino que esta me rugía, arañaba y golpeaba interiormente. Era estúpido, inocente, cruel, culpable, asesino, marioneta y condenado.
Pero seguí caminando, y seguí matando. No dejaba de ser una marioneta, un muñeco de carne y hueso que solo sabía obedecer, que no encontraba nada indignante o inconcebible en aquella escena. Yo solo había hecho lo que me habían mandado hacer.
Desconocía, por supuesto, que al único al que le atormentarían pesadillas era a mí. Desconocía que el peso y el infierno que suponía matar a todas aquellas almas inocentes solo recaería en mí, y en nadie más. Desconocía, sobretodo, lo estúpido que era.
Estos pensamientos solo vinieron a mí cuando llego el momento de mi caída. Pero eso es después, y yo todavía estoy en antes.
Oímos unas pisadas y nos escondimos rápidamente debajo de los escombros. Nuestras caras y nuestros cuerpos estaban manchados de barro; cualquiera que nos viera pensaría que eramos las víctimas. Pistola en mano, aguardaba el momento oportuno para huir o organizar otra matanza.
Varios soldados salieron en fila de un callejón. Pararon en seco; algunos llevándose las manos a la cabeza, otros contemplando impasibles la escena, con una mueca de impotencia afilada en sus rostros. Sus ojos ardían de furia, rabia.
La cabeza todavía me daba vueltas, pero era capaz de asimilarlo todo. También lo era de actuar con la conciencia que me quedaba, que era muy poca. Miré a los ojos de cada uno de los que formaban mi pelotón y vi en ellos la determinación y la seguridad de haber hecho lo correcto.
Estudié a nuestros enemigos. Eran una docena, como mucho. Sus armas no eran mejores que las nuestras, y su situación menos. Una mitad registraban los cuerpos, intentando distinguir entre los restos a alguien a quien pudieran salvar, o identificar. Habían olvidado al enemigo. Y eso nos daba factor sorpresa.
-¡Ahora! -grite con la voz ronca, teñida de incertidumbre y confusión.
Mis hombres se levantaron a mi orden. Solo fue un segundo, un segundo donde el silencio más aterrador -aquel que anuncia la tormenta- reinó en el aire. Después pasó a un infierno de disparos, sangre y gritos. No me molesté en apuntar, ni siquiera en disparar; cuando mi pelotón abría fuego, no quedaba nadie vivo.
Oía un pitido, pero sospechaba que eran solo mis oídos.
No nos molestamos en comprobar si todos estaban muertos. Simplemente corrimos hasta el punto de encuentro, concretamente, cinco manzanas al norte de nuestra posición. Mis piernas ardían, por no mencionar mi cabeza, pero estaba acostumbrado a los efectos secundarios de matar, Mis ojos veían un avión gris atravesando la fina neblina. Solo se oían los suspiros entrecortados de mis compañeros, que luchaban por mantener el ritmo.
Estábamos a dos manzanas de lo que a mi me parecía nuestra salvación cuando una bala atravesó el aire y la nuca de un miembro de mi pelotón. Este se derrumbó en el suelo, y con su último aliento dijo un "¡Fuera!" que me estremeció.
El pánico se había apoderado de nosotros, pero sabíamos sobrellevarlo. Dejamos el cuerpo inerte del soldado con un seco "Él lo habría entendido" e intentamos buscar una cobertura donde devolver el ataque.
Me lancé hacia una pared de ladrillos, posiblemente una casa que nunca terminó de hacerse. Recuerdo como dos de mis mejores tiradores sucumbían a los disparos antes de llegar a la cobertura. Solo quedábamos tres, y no en nuestras mejores condiciones. Sopesé las opciones; nuestro punto de encuentro no duraría mucho en estas condiciones. Necesitábamos una distracción o quizás lo mejor era morir. Mientras tanto, los disparos sonaban más cerca y mis nervios iban a hacerme explotar. Miraba mis dos salidas, incapaz de asociar los puntos y ver lo que no quería ver: uno de nosotros debía sacrificarse o los tres moriríamos.
Miré a los ojos de aquellos niños, porque no dejaban de serlo. Esperaban que me pusiese una capa roja y les salvara del lío en el que se había metido. Pero yo no era un superheroe, y menos un ser honorable. Los minutos se contaban por pocos y tenía las cosas poco claras. Solo una idea vivía en mi mente, en mayúsculas.
YO QUIERO VIVIR 
Pero "deber" y "querer" eran conceptos muy diferentes. Estaba tambaleándose entre el hilo que separa la vida y la muerte. Aunque su mente, su cuerpo y una parte de su ser estuviera de acuerdo con la idea de vivir, su corazón no dejaba de repetir su negativa. No, no, no, no, no... Al son de sus latidos. Una tediosa melodía que odiaba, pero que no dejaba de repetirse.
Levanté la vista y entonces, supe que ya no podía tomar la decisión que habría cambiado el valor de estas palabras.
Sentí unos brazos que me tiraban fuera de mi cobertura. Caí sobre un charco de lodo violentamente, mientras una lluvia de balas cubría mi cuerpo.Grité, lloré mientras me desangraba. Mi última visión en la vida mortal fue la de dos jóvenes corriendo hacía un helicóptero. Mi salvación, física y moral estaba perdida.
Patéticamente, porque mi propio corazón me había asesinado. Aunque no negaré que me lo había buscado... ¿No era el corazón el que castigaba a la fuente del dolor?"


lunes, 27 de octubre de 2014

El verdadero enemigo

¡Chan, chan, chan! ¡Sí! ¡Ya está aquí! ("Por fin Mellark se ha decidido a publicar el final"). Después de muchos fines de semana y muchos días de pensar y pensar, he podido acabar esta "saga". Ha sido fantástico conocer cada vez más a Yves y a Naida, los cambios en su relación, el poderoso enemigo al que se enfrentan y los distintos peligros que han sufrido. Pero también ha sido satisfactorio ponerle un punto y final y darles a los dos un poco de libertad -y de paz-, para variar. He intentado hacer caso a vuestros mensajes sobre como querríais que el relato acabará... Espero haber cumplido algunos de vuestros deseos.
Esta semana publicaré una entrada respondiendo a todas las preguntas que me habéis mandado por email.
Por último pero no menos importante: ¡¡DISFRUTAD!!


"En las almenas del castillo del rey, el capitán del grupo de soldados de vigilancia de noche se sentó en el bordillo bebiendo de la botella de cerveza que sostenía en la mano derecha mientras el resto del grupo empezaba a caldear el ambiente con gritos, empujones, risas e insultos. Más de uno andaba bebido, pero él no consideraba aquello un impedimento para disparar aquellos monstruos que atacaban diariamente
Era un hombre cuya vida se había ceñido a la matanza de estos, a la protección de su pueblo y sobretodo, de su puesto en el ejército. Siempre había ambicionado el puesto de capitán, el cual había conseguido hacía unos días. Sentía el deber de demostrar que no era un inútil; que estaba dispuesto a arriesgar su vida por la del rey. Había esperado poder demostrarlo el día después, pero los ataques habían parado y llevaban unos días en paz tensa que acabaría por desaparecer. Esa noche, como mínimo, esperaba utilizar su hacha para arrancar un par de cabezas. Deseaba con fervor ser conocido; recordado por los siglos de los siglos.
Le habría gustado ser Yves,  el héroe por el que todo el mundo rezaba cada noche. Se preguntaba dónde estaría; hacía tiempo que había desaparecido con la elfa. No había noticias suyas, aunque todo el mundo estaba convencido que vivía, luchando por ellos, llenando sus pobres corazones de esperanza.
Se asomó y vio el paisaje al que estaba acostumbrado: una tierra llena de ruinas y cadáveres, que llamaban las afueras. Allí solían habitar campesinos pobres que no podían permitirse un lugar dentro de las murallas. Más allá, un bosque frondoso.
Una sombra, una corriente de aire.
Entrecerró los ojos intentando distinguir alguna forma conocida, pero –o por su estado de embriaguez o por la distancia- no vio nada.
Se levantó y tropezando, empezó a empujar a las personas que le cortaban el paso. Algunos rieron a carcajadas y le dedicaron un “¿Ha bebido demasiado, capitán?" Finalmente, llegó al barril de una esquina. Cogió la antorcha que estaba al lado y la tiró en su interior. Empezó a  arder.
-¡Tú!  -señaló a un soldado que estaba cantando una canción mientras los demás hacían de un entusiasmado público- Coge tu ballesta y tira una flecha hacía allí –volvió a señalar a las afueras.
Escudriñó el horizonte y confirmó sus sospechas: varias sombras se dirigían hacia ellos. Tenían forma humanoide e incluso llevaban su misma armadura. Al principio, pensó que era una patrulla. Pero era más que eso. Aquello no podía ser humano.
-¡Cargad las ballestas! –ordenó. No podía reprimir su emoción para empezar el ataque.
Pero no se encontró con una multitud deseosa de luchar. Oyó un par de carcajadas y la voz de un soldado, que arrancó un par más.
-¡Venga capitán! Serán de los nuestros; se habrán extraviado –le puso una mano en el hombro mientras se dirigía al resto- ¡Será mejor que lo llevemos a su casa antes de que nos haga atacar un pobre campesino merodeador!
Su rostro se contrajo en una mueca de ira y, enfurecido, cogió el machete de su cinturón y lo clavó en el cuello del soldado que se había reído de él. Un segundo más tarde, sujetaba su cuerpo inerte –del cuello del cual no dejaba de brotar sangre- delante de un grupo silencioso. Donde antes había burlas, ahora había miedo.
-Y ahora –dijo esbozando una sonrisa de suficiencia- cargad las ballestas.
Nada más que un viejo truco de un buen líder.
Volvió a mirar las afueras y vio una escena grotesca: uno de aquellos seres se habían encontrado con un pobre campesino y ahora devoraban sus entrañas. La imagen del hombre despedazado nublaría sus pesadillas. También la de la figura negra que parecía mirarlo atentamente, quizás calculando su muerte.
-¡Maldita sea! ¡Disparad!
Se situó al lado del barril y empezó a cargar contra el ejército enemigo. En su interior, había una mezcla de terror y emoción que resultaba alentadora para sus sentidos. Empezaron a caer sin oponer resistencia. El capitán sintió alivio al ver que podían matarlos.
Ojala nunca hubiera pensado aquello. El infierno estaba por llegar.
Poco tiempo necesitó para darse cuenta de que todo estaba perdido. Aquellos seres inhumanos subían por los muros y se abalanzaban sobre los soldados, devorándolos. Pocos caían ilesos. Menos sobrevivían.
Aquel ataque no era como los otros que habían tenido. Los monstruos solían limitarse al terreno de las afueras. Mataban a sus habitantes y a un par de soldados hasta ser eliminados. Aquello era una masacre. Era imposible establecer orden a una manada de hombres asustados, y menos cuando cada segundo había uno menos.
Lamentó haber matado a uno de sus soldados.
De repente, trastabilló y cayó al sueño mientras una bestia le inmovilizaba y clavaba sus garras en su cuerpo. Pudo ver un rostro pálido como la muerte, unos ojos rojos y un cuerpo que no era del todo humano.
O por lo menos, los humanos no tenían garras ni aquellos dientes tan afilados manchados de sangre.
En un pobre acto de supervivencia, levantó su cabeza y la estrelló contra la del monstruo. Mientras su enemigo se tambaleaba, buscó frenéticamente en el suelo un arma. Vislumbro una punta de hierro –que en teoría debía pertenecer a una flecha. Le pegó una patada en el estómago y se arrastró hasta coger la flecha y clavársela en el pecho. El cuerpo se desvaneció con el viento.
Haciendo uso de fuerzas que le resultaron desconocidas, se levantó y se internó en el castillo. Defender las almenas era inútil; estaban atestadas de monstruos y gritos de los moribundos.
Si seguían viendo muertos cada vez que giraba la cabeza, la locura acogería su corazón.
Corrió por los pasillos en busca de los aposentos del rey. Hacha en mano, hundía su arma en la carne de los asesinos de su pueblo. Su armadura estaba llena de sangre, pero no le importaba. Tenía una ligera idea de lo que quería provocar aquel ataque y no le gustaba nada.
Cuando llegó a su destino, supo que era demasiado tarde.
El cuerpo del rey yacía colgado del techo. Sus ojos reflejaban un terror que el capitán jamás podría describir. Un terror que se instaló en sus ojos cuando vio una figura negra.
Inconscientemente, se arrodilló estirando las manos frenéticamente con las palmas abiertas hacia la figura. La dignidad y el orgullo de los que presumía se habían esfumado.
 Reconoció aquella masa oscura que se acercaba poco a poco a él: era la que había visto mientras devoraban al campesino. Aquellos ojos fríos lo miraron con desprecio y el capitán sintió que había dejado de ser alguien de un segundo a otro.
-¿Quién...quién eres? –preguntó intentando aplazar su muerte- ¿Te han... te han mandado ellos?
-No –contestó con voz grave, dando un paso hacia su cuerpo casi inconsciente, agarrándole del cuello- Me envía el hombre al que rechazasteis. Me envía el hombre al que ignorasteis mientras él os daba una oportunidad para salvaros. ¡Una vida por miles! Ahora es demasiado tarde. Ellos están dispuestos a luchar. Nosotros también –lo empujó hacia la pared- Tú serás quien afirmará la verdad: tu pueblo ha caído. Y dentro de poco, los elfos también desaparecerán –sus ojos le escrutaron, burlándose de él- Aunque quizás ya hayan caído...
Lo soltó y se desplomó.
He fracasado.
Un golpe sordo y una capa negra envolvió sus ojos.
* * *
Yves se sintió desfallecer cuando despertó. Se quedó tumbado unos segundos mientras tomaba consciencia de lo que había pasado y de lo que estaba pasando. Encima de su cabeza, una tela marrón se movía al son del viento del exterior. El único ruido era su respiración.
Al intentar hurgar en sus recuerdos, sintió un dolor en su cabeza, acompañado de sentimientos, emociones, hechos y detalles pendientes de clasificar. Recordaba la oscuridad de la cueva en la que estaban atrapados, la pérdida de consciencia del exterior, la dificultad de su respiración, el delirio de Naida, la luz destellando en sus ojos y las cuatros figuras sobre ellos.
También recordó cómo le había confesado todos sus sentimientos e incluso había intentado besarla. Se preguntó si todo seguiría igual después de aquel arranque de pasión, si así podía llamarse.
No pudo evitar echarla de menos.
Gruñó mientras se incorporaba. Sus músculos estaban agarrotados, su pelo castaño se pegaba a su frente de una manera molesta y le costaba enfocar bien con los ojos. Aun así,  vio un libro al lado de su improvisada litera. Lo cogió y se deslizo hacía la entrada de la tienda; después, apartó la ligera tela marrón para enfrentarse a lo que hubiera fuera.
Lo primero que vio fue el sol cayendo, dando paso lentamente a la noche. El viento azuzaba, y no tardó en darse cuenta que estuviese donde estuviese, se hallaba en el Pico de Los Grandes.
Lo siguiente que sintió fue el alivio llenando su corazón: Naida estaba sentada en una roca, ligeramente inclinada. Su expresión era solemne y concentrada; no había rastro de la locura que la había consumido. Su voz inundó sus oídos, que parecían haberse sumido en una sordera hasta ese momento.
-Entonces vosotros sois... –sus palabras quedaron amortiguadas por el viento.
Luego se fijó en el hombre con el que hablaba. A primera vista era un anciano. Pero unos segundos más de observación dejaban claro que era más que eso; su túnica marrón decorada con piedras preciosas que la vista del hombre jamás había apreciado, o la barba y pelo blanco que caían sobre sus hombros y pecho eran muestras de ello.
-Querida, luego lo sabrás todo. Supongo que nuestro joven acompañante también querrá enterarse –su voz era afectuosa y calmada. Señaló a Yves y le hizo un gesto indicando que se uniera.
La curiosidad le dio valor para dar los siguientes pasos bajo la atenta mirada los dos. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, al lado de la elfa. El anciano le sonrió comprensivamente, como si hubiera leído toda la confusión de su mente y le gustara ayudarle.
-Debo admitir que estaba deseoso de conoceros –declaró haciendo sentir a Yves como en casa, lo que resultaba muy irónico- Los jóvenes que habían cruzado medio mundo para cumplir nuestros deseos. Aunque los demás se nieguen a admitirlo, sois un ejemplo de admiración... Pero no me parece justo que yo os conozca y vosotros no. Preguntad lo que queráis –concluyó sonriendo pícaramente.
-¿Me equivoco si pienso que sois el dios de la tierra? –preguntó Yves sin contenerse.
-Te has equivocado muchas veces muchacho, pero esta no es una de ellas. Sí, yo soy el más sabio y antiguo dios... Aunque no se lo digáis a los demás... Uno no puedo perder su reputación por un descuido, ¿sabéis? –susurró, esta vez con una sonrisa de complicidad. Empezaba a caerle bien, aunque no podía quitarse de la cabeza todo lo que había hecho.
-¿Hay más? –dijo Naida abriendo los ojos de par en par.
 -Sí querida. Fuego, aire, agua y tierra. Todos unidos, intentando rectificar los errores de tantos años –definitivamente, le caía bien- Ahora deambulan por ahí viendo donde empezó todo –bajó la cabeza y cogió un trozo de tierra. La deshizo en sus dedos- Y pensar que en esos tiempos no dejaba de ser un joven inconsciente de sus actos... Aunque supongo que vosotros seguís pensando que lo soy –levantó la cabeza y los sometió a una mirada evaluadora que provoco estremecimientos en su cuerpo.
Por suerte (o por desgracia), en ese momento llegaron los demás dioses. Ni siquiera se molestó en levantar la vista para comprobarlo; el viento azuzó con más fuerza, la tierra se levantó, el sol brilló con más intensidad y el clima se volvió más húmedo.
-Esperad un momento –dijo educadamente, aunque a Yves le pareció más bien una orden.
Había cosas que nunca cambiaban.
Aunque, para su felicidad, había otras que sí. Una vez los dioses se giraron para hablar sobre sus asuntos, Naida bajó de la piedra y lo abrazó con fuerza. Se quedó sin respiración.
-Pensaba que te estabas muriendo. Te desmayaste de repente y no respirabas. Otro día te levantaste y delirabas. Gritabas. Y ellos no dejaban de asegurarme que tenía que quedarme, que iban a ayudarte. Estaba muy preocupada –dijo atropelladamente. Él se limitó a abrazarla con más fuerza.
Cuando la soltó, le tendió el libro esbozando una tímida sonrisa.
-Pensé que era tuyo.
-Lo era. Lo es –concluyó haciendo desaparecer el libro con un simple movimiento. No pudo evitar preguntarse dónde- Ellos son los únicos que me convencen que este mundo sigue teniendo sentido.
-Todos necesitamos algo que nos haga verlo.
-No me avergüenza hacerlo –soltó con un deje dañino, algo inédito en su actitud; tan seria, tan cariñosa y tan defensiva.
-No quería decir eso –se disculpó intentando mirarla a los ojos, aunque ella solo miraba adelante, a los dioses.
-Lo has hecho –dijo sin emoción alguna.
-Eres inaguantable.
-No me robes las palabras –se giró y le sonrió sarcásticamente.
Le habría contestado, pero una mujer del grupo se acercó a ellos. Su cara estaba ligeramente alargada, sus ojos –azul pálido- se movían curiosos inspeccionándolos. Era alta y andaba gracilmente, como si estuviera bailando a unos centímetros sobre la tierra. Su túnica cambiaba de color respecto al paisaje.
Supuso que era la diosa del aire. El viento se arremolinaba a su alrededor a la espera de sus órdenes. Su pelo ondeaba en el aire.
-He deseado conoceros hace mucho tiempo. Venid con nosotros, hay muchas cosas que aclarar –su voz era suave y susurrante. Cuando se levantaron, la diosa les condujo hacia donde estaba el grupo. Naida le cogió la mano y se la apretó con fuerza.
Yves se fijó en el resto de integrantes; la diosa del agua y del fuego. La figura de ella era parecida a la de una ninfa: su pelo azul trenzado caía por su cintura, a conjunto de todo el color de su piel. Iba ataviada con un vestido hecho de conchas y caracolas de mar.
Pero era el dios del fuego el sujeto más visual. Era el más apuesto, sin duda. Su pelo rojo caía en su frente y cuello –tatuado con diversos símbolos. Sus ojos llameaba y su boca sonreía torcidamente. No llevaba ninguna túnica, sino una armadura negra ceniza que solo cubría su torso. Sus brazos iban desprotegidos totalmente, enseñando toda una piel tatuada de color rojo. También llevaba un pantalón negro a conjunto con sus botas. Una espada con empuñadura ocre descansaba en su cinturón, una lanza en su espalda.
-¿Y bien? –preguntó con una voz ronca, arrastrando las palabras con aburrimiento- ¿Los tiramos por algún precipicio o los enterramos bajo tierra otra vez?
Yves sintió como Naida se tensaba. No te acerques  a él, se apuntó mentalmente. Se centró en los demás mientras caminaban, ignorando el cruel comentario.
-Basta –protestó la diosa del agua, mientras le lanzaba una ola de agua. El dios cerró los puños, empapado, y esbozó una mueca de ira. Su espalda empezó a prenderse de fuego, formando una bola- Idiota. Deberías aprender a quien enfrentarte –Y dicho esto, agua empezó a caer encima del dios apagando las llamas que habían surgido. Luego lo tumbó con otra ola con un movimiento del dedo índice.
Entre gruñidos, el dios se levantó y caminó hacia adelante dejándolos atrás. Yves no sintió ganas de seguirle. Todos parecían de estar de acuerdo con él.
-Se lo merecía –declaro la diosa del aire- Sigamos –los empujó con una ráfaga de aire- Ya habéis visto el potencial de nuestro poder. Habéis podido comprobar cuan irracionales es nuestro carácter... y nuestras emociones. Si nos empeñamos en que todo el mundo debe morir, morirá. Si deseamos que el hijo de una pobre campesina se convierta en rey, lo hará. Si queremos que el mundo arda con vosotros dentro... Arderá –pronunció esa palabra lentamente, como si estuviera dictando una sentencia de muerte- Pero algo que no podemos controlar son vuestros sentimientos. Ideas. Pensamientos. Y eso ha sido nuestra perdición. Y la vuestra.
-¿Qué pasó? –preguntó Yves mirando a cada uno de los dioses- ¿Que hicimos nosotros para perdernos en la muerte y el miedo? Entiendo que queráis enmendar vuestras acciones; no obstante, eso no calmará el sufrimiento que llevo dentro. No me devolverá a mis padres. Ni a mi familia. Paseas por las calles de nuestro reino y no puedes evitar pensar que allí todo el mundo ha perdido un ser querido. El hombre que perdió su mujer. La joven que perdió a su hermana. El niño huérfano que camina cabizbajo con lágrimas en los ojos -su voz tembló- Nadie puede ayudar a nadie porque todo el mundo está roto por dentro. Una mitad solo conserva odio. La otra no tiene nada. Necesito... Necesito saber el porqué –su voz había bajado a una octava, pero no dejaba de mirarlos. De intentar ver que había detrás de los ojos de cada uno.
-Te concederemos todas las repuestas que quieras saber –replicó la diosa del agua- Pero tendrás que escucharnos sin interrumpir. Apenas nos queda tiempo.
-Todo empezó cuando descubrimos nuestros poderes. Primero aparecí yo, controlando la tierra. Luego el aire. Y juntos, el mar y el fuego. Al principio, vagábamos por el universo experimentando; creando materia de la nada. Éramos unos niños cuando construimos nuestro propio templo, con cada uno de nuestros elementos. Imaginábamos que éramos todopoderosos y, consecuentemente, merecíamos ser adorados. Pecábamos de arrogantes... –el dios giró la cabeza decepcionado- Así que, con el fin de ser recordados, creamos el universo. Y dentro, millones de galaxias y planetas. Pero faltaba algo. Elegimos uno de los planetas –el más habitable- y nacisteis vosotros. Un producto de la generosidad de los dioses. Y vosotros, como marionetas, nos adorasteis con tanto fervor... Era increíble la fe que depositabais en nosotros, seres que ni siquiera conocíais.
<<Pero tan pronto como apareció, desapareció. Aquellas respuestas que antes creíais os parecían insuficientes. Vuestra fe ciega en algo que solo podía existir en vuestra imaginación murió. ¡Incluso había quien pensaba que éramos una farsa!>>
-Por supuesto, era comprensible. Nunca nos molestamos en daros motivos para mantener la fe. Esperabais una señal que nuestra pasividad no podía daros –continuó la diosa del aire, apaciguando la airada respuesta que Yves iba a dar- Pero nosotros no quisimos verlo. Nos enfadamos. Más de lo que podáis imaginaros.
<<Discutimos hasta... Bueno, hasta dictar lo que sería vuestro infierno. Os someteríamos a una guerra sin fin; primero, para demostraros que éramos increíblemente poderosos. Y segundo, para convencernos de que dentro de los corazones de alguien seguía habitando la fe. Esa fe debía demostrarse ante el Cuerno de la Lealtad, un objeto que solo aparecería las dos personas más fieles a nosotros>>
<<Pasaron los años, y con ello, murieron muchos. Alimentabais vuestro odio hacía nosotros con fiereza. Así nació un ser capaz de enfrentarse a nosotros; no hace falta que diga su nombre. Una vez intentó manipularos para poneros en su bando; uno de los elegidos debía ser asesinado por el otro. Os negasteis y os arrepentisteis. La segunda vez que os lo propuso lo habría conseguido si no fuera por vosotros dos. Veréis, él vio enseguida quienes eráis los elegidos, y mediante los sueños, convenció a los reyes de cada bando para enviaros con el pretexto de una misión... Con el fin de que uno asesinara a otro. Aceptabais sus condiciones, aceptabais la salvación.>>
La diosa del aire paró, y añadió:
-Lo siento. Ahora lo veo todo... Pero antes de sentirme apenada o avergonzada, me siento agradecida. De alguna forma... Nos salvasteis.
-¿Quién iba a pensar que seríais incapaces de mataros? –la diosa del agua sonrió un poco mientras seguía explicando- Una vez lo aceptasteis, decidimos confiar en vosotros y mandaros señales. Luchasteis juntos y os ayudasteis mutuamente. Rompisteis todos los planes. Por eso, la mayor parte de las pruebas por las que pasasteis era de las del nuestro enemigo... Pero creísteis que eran nuestras –su cara se contrajo de odio- Desde que dejasteis de ser peligrosos, vuestro objetivo ya no fue el Cuerno de la Libertad, aunque vosotros no lo sabíais... Cambiamos nuestra pequeña profecía: vosotros seríais los que derrotaríais aquel ser malvado. 
Cuando quedasteis bajo tierra por obra de él, bajamos para salvaros... Y tomar parte en esta masacre causada por nosotros. Temo. Que sea demasiado tarde. –acabó con un suspiro algo exagerado.
Se quedaron en silencio, aguardando a su palabra. No sabía que decir. ¿Que se decía en estos casos? ¿Les agradecía su esperada participación? ¿Les echaba en cara su arrogancia y el precio de esta? Lo único que sabía con claridad era que aquello solo era una versión resumida, y que no necesitaba saber la extendida.
-Dales tiempo –resolvió el dios de la tierra- Os dejamos unos minutos para decidir... Si lucharéis con nosotros –los tres se fueron con el dios del fuego. Yves sabía que a pesar de par de metros que los separaban, los estaban escuchando.
-¿En qué piensas? –le preguntó a la elfa, que tenía la mirada perdida en el horizonte, donde el sol hacía tiempo que había desaparecido.
Se habían soltado de la mano. Sentía que la energía le abandonaba poco a poco, y su mundo se volvía más extraño.
¿Algún día volvería a ser el hijo del molinero?
-No lo sé. Es...demasiado. Todo es tan confuso... Cuando estaba en la cueva y de alguna manera dejé de ser yo, todo esto era ajeno a mí. Lo observaba como si no fuera conmigo. Estos días, todo volvió a mí de golpe. Necesito tiempo, pero no lo tenemos. Mis pensamientos son una maraña de estrellas que no puedo unir –contestó, todavía con la mirada perdida. Parecía incapaz de asimilarlo todo- Y siento la soledad más que nunca. Mirar la luna ya no me es suficiente. Es... agobiante.
-Yo estoy contigo –murmuró él lentamente, remarcando esas palabras con énfasis.
Se giró para mirarlo. Él la rodeo con su brazo, meciéndola.
-Lo sé. ¿Debería preocuparme? –ambos se rieron mientras caminaban lentamente- Quieres saber lo que pienso sobre esto. Sé qué no podemos cambiar lo que ya ha pasado. No podemos salvar todas las vidas que hemos perdido. Pero podemos recuperar lo que queda de nuestro futuro. Es lo único que nos queda.
-Entonces ya tenemos una decisión –se armó de valor mientras decía lo siguiente en un susurro- Pero solo lucharé por ello porque tú también lo haces.
Ella le miró sorprendida con la boca ligeramente entreabierta, pero antes de que pudiera contestar, los cuatro dioses se acercaron confirmando las sospechas de Yves.
-Alabamos vuestra decisión -dijo la diosa del agua, mirándoles a los dos; inspeccionándolos como si tuvieran un secreto.
Cree que estamos juntos, pensó con la esperanza de que no pudiera leer su mente.
-Sí. Nos alegramos de que hayáis decidido completar vuestra misión –terció el dios del fuego, ironizando su tosco acento- No es que tenga mucha confianza en vuestra habilidad, ni que me caigáis lo bastante bien para luchar con vosotros, pero reconozco que tenéis agallas.  Y eso me gusta. Aunque no os hagáis ilu...
Una lanza ardiendo pasó a unos centímetros de su oreja, clavándose en el suelo. El humo –de un color verde, al igual que la llama- formo una calavera a la altura de los ojos de Yves. Luego se desvaneció, anunciando unos gritos inhumanos y unas pisadas tronando  como una tormenta.
Yves sintió un dolor insoportable en la base de la columna; luego algo que lo empujó al suelo, aumentando la confusión en la que volvía a cernirse su mente. Unos ojos rojos en una cara desfigurada lo miraron, mientras las manos de aquel ser se pegaron a su cuello. Cerró los puños y empezó a pegar aquella cara tan terrible, tan propia de una pesadilla. No paró hasta que oyó un crujido, quizás la nariz de su contrincante rota. Se impulsó hacia atrás, estrellando la bota en la cara de su atacante. Se levantó precipitadamente y le dio una patada en el estómago. Luego otra. Y otra.
Cuando supo que estaba más que muerto, se giró y evaluó la situación. Naida, cerca de su posición, no dejaba de murmurar unas cuantas palabras –hechizos, supuso- mientras sus enemigos morían a sus pies. Distinguió alguna corriente de aire furiosa, gotas de agua sobre su pelo, temblores...
Justo cuando se preguntó que tenía él para luchar, la diosa del agua apareció a su lado, tendiéndole su arco con un carcaj lleno.
-¡Cuidado! –gritó mientras se desvanecía en forma de agua, seguido de algún gemido de dolor de su víctima.
En frente suya, un grupo de cinco se acercaba peligrosamente a él. Se colgó el carcaj a la espalda, cogió el arco y dos flechas, tensó la cuerda, contuvo la respiración y disparó. Las flechas dieron de pleno en el pecho de dos de aquellos seres.
Quedaban tres.
No supo de donde venía aquella fuerza en su interior. Solo supo que se lanzó hacia el grupo –arco y flecha en mano- y clavó la flecha en la figura del centro. Se giró y tiró al suelo al monstruo de la izquierda con un golpe con el arco. Lo cargó y le disparó.
Sintió como su último contrincante se preparaba para derribarle. Colgó el arco en su espalda y se abalanzó sobre él con una fuerza abrumadora. Le inmovilizó con las piernas y empezó a estrangularle.
Cuando se levantó, se sintió más útil que nunca. No era que su parte humana había desaparecido: simplemente sabía que eran ellos o lo que quedaba del mundo.
Y había decidido salvar lo que quedaba.
Empezó a correr disparando flechas a todo aquel que se cruzaba por su camino. Calculó con un poco de pesar que había matado a más de una decena. No le  hacía falta saber con exactitud dónde y cómo disparara; el arco se había convertido en una extensión de su brazo y las flechas en sus manos.
Por otra parte, la lucha no tenía fin; moría uno y aparecían diez más. Manejados por la furia y el odio, se abalanzaban hacia ellos sin ninguna vacilación. Mordían, arañaban, golpeaban con todas sus fuerzas –que no eran pocas. Parecía como si su único pensamiento fuera matarlos. Yves se preguntaba si alguna vez habían llegado a ser humanos, elfos, enanos... Si habían tenido una familia a la que cuidar, una persona a la que amar, un hijo al que adorar...
Luego se dijo que si los había tenido, posiblemente los hubieran matado.
Eliminó a dos más que venían corriendo hacia él y, que en medio de sus pensamientos, había dejado acercar a una distancia bastante peligrosa. Otra vez concentrado, cargó el arco y apuntó intentando avistar algún objetivo disponible.
Unas manos frías le empujaron hacia abajo. Empezó a forcejear pero sus brazos estaban sometidos al agarre de su enemigo. Desesperado, giró la cabeza y le mordió la pierna. Un grito. Con los brazos liberados, consiguió girarse. Su carcaj estaba vacio y el arco se le había caido. Con las esperanza de encontrar algo afilado, se arrastró.
Sintió como agarraban sus piernas y lo llevaban hacia atrás. Movió violentamente las piernas hasta oír un chasquido y un gemido.
Sus manos toparon con madera. Visualizo el objeto, lo suficiente para saber que era una lanza. Medio a pie, medio a gatas, se acercó a su perseguidor. Levantó el arma sin mirarlo siquiera y...
-¡No! ¡No! –las palabras brotaron de la boca de su víctima, que se retorcía a sus pies. Le agarró la bota sin dejar de emitir sonidos lastimeros- No soy como ellos, tienes que escucharme. Tienes que...
La culpabilidad humana le traspasó como un cuchillo mientras lo examinaba. Pelo lacio rubio, ojos verde, un rostro marcado que podría haber resultado atractivo sin cicatricez blancas. Su cuello estaba manchado de mugre y sangre. La boca le sangraba y los brazos estaban llenos de cortes. Vestía una armadura que le resultaba muy familiar. No, no era como ellos. Él era humano.
-Dime quien eres –respiro hondo. Ya no se fiaba de nadie- O te mato.
Una expresión de horror cruzó la cara del desconocido.
-Soy... Era –corrigió, nervioso- capitán de las tropas de tu pueblo. Te... conozco. Eres Yves –se mordió el labio antes de continuar- Tengo un mensaje para ti.
Dudó un momento, y se recordó que no dejaba de estar en el bando enemigo. Que había intentado matarlo. Y que la misión de ambos era acabar el uno con el otro.
Pero Yves era un joven de firmes convicciones; no todo era blanco o negro. Habían muchos grises y muchas razones que un simple mortal como él no podía juzgar.
Cerró los ojos y apretó más fuerte la lanza. Las gotas de sudor le caían por la espalda, hacían sus manos resbaladizas y su humor más inestable.
-Dilo –acabó diciendo, sintiendo un sabor amargo en la boca.
-Nos atacaron. Era... diferente. En unos minutos, la mitad de nuestros soldados estaban muertos y ellos ya habían atravesado las murallas. No pudimos detenerlos –su mirada se volvió más intensa, horrorizada por recordar- Me arrebataron todo lo que tenía. Me torturaron. Mírame ahora. Lucho con mis enemigos –su cara se contrajo en ira, sus ojos reflejaban locura.
Yves se agachó y le cogió de los hombros, zarandeándolo.
-¿Y los demás? ¿Dónde están los demás?
-Yves... –contestó, estremeciéndose- ¿No lo entiendes? Están muertos. ¡Todos están muertos! Ya no tienes un pueblo al que volver... ¡Porque están todos muertos! –empezó a reírse descontroladamente, como si hubiera dicho un chiste gracioso- Tu y ella sois los únicos de vuestra especie... ¡Porque todos están muertos! Muertos, muertos, muertos –repitió sin un ápice de cordura- Ya no queda nada que salvar. Todos muertos. Nada que podáis hacer. Todos muertos. Muertos todos. Todos muertos.
-¡Espera! –Yves lo zarandeó con más fuerza, mientras luchaba para que la locura no se le contagiara a él- ¿Y tú? ¿Qué hay de ti?
Las últimas palabras que dijo le dejaron sin respiración.
-Yo llevo muerto desde que estoy aquí. Y ahora dime: ¿Cuánto te falta a ti?
Dicho esto, se desplomó. El suelo se llenó de sangre de uno de sus costados. Yves no pudo hacer más que levantarse y luchar con la realidad. El mundo empezaba a dar vueltas y su mente solo podía reproducir una sola frase.
Están todos muertos
No sintió las manos que le agarraban y le arrastraban a quien sabían dónde. No oyó los gritos de Naida, que habrían taladrado su mente. Solo vio su mundo desplomándose y luego, oscuridad.
Nada prometedor.
* * *

Vacío.
Naida había dejado de sentir alguna cosa excepto dolor. Este la reconcomía por dentro; le rompía el corazón para luego reconstruírselo y volvérselo a romper. Cada minuto dolía más que el anterior. Su mente no dejaba de reproducir la cara desencajada de Yves mientras se lo llevaban.
Y ella no había podido hacer nada.
Apenas escucho el consuelo que le ofrecían las diosas, en un intento de remendarse y calmar las olas que azotaban su corazón. Pero simplemente, sus palabras no eran más que palabras. Y en aquellos momentos, no había palabras que la consolasen.
Su pueblo y Yves habían desaparecido y ella otra vez, no había podía hacer nada.
Su pérdida acentuaba aquel sentimiento que yacía en su interior, atrapado sin poder salir. Pero los sentimientos son como el agua en una habitación de cristal; se mantiene pero solo basta una pequeña grieta para que se vaya escapando. Una vez con su corazón roto, sus sentimientos se desbordaban hacia todas partes.
Pero se negaba a aceptarlo.
Cada minuto luchaba contra ello. Intentaba hacer lo que haría un día normal: dormía, se despertaba, cuidaba aquello de su alrededor, cazaba, comía, mantenía breves conversaciones con algunas de las diosas (los dioses de la tierra y el fuego investigaban el rastro de Yves), miraba la puesta de sol y las estrellas y volvía a empezar todo. Como una máquina.
No se puede controlar el dolor, ni evitarlo, pero si puede taparse un tiempo. O por lo menos, el suficiente para cuando estaba acompañada. Una vez la dejaban a solas, se permitía derramar un par de lágrimas, para luego volver a reconstruir una coraza de hierro que no dejaba de fundirse.
Por eso, cuando el dios de la tierra y del aire volvieron con la localización de Yves, sintió como un rayo de esperanza reconstruía una parte de su maltratado corazón.
Aquel día miraba tumbada las estrellas. Susurraba sus nombres, como si se tratara de un secreto de la que ella era partícipe. Los dioses repasaban su plan; un plan del que dependía pendiente de un hilo la vida de Yves.
Pensaba mucho en él. Se preguntaba si donde estaba se podían ver las estrellas. Si estaba bien. Si él también pensaba en ella, aunque quizás estuviera aterrorizado o muerto. Si al cerrar los ojos él volvería a estar a su lado.
Pero ahora debía centrarse en el plan. Por lo que le habían dicho, ella debería adentrarse en la fortaleza con el dios del fuego. Buscar a Yves. Salvarlo. De lo demás se ocuparían los dioses.
Naida ignoraba muchas partes y lo sabía. Donde antes no se habría movido hasta saberlo todo, ahora estaba dispuesta a morir por el simple hecho de salvar a Yves. Su vida había dejado de tener sentido y se preguntó si había sido así hasta que lo conoció.
-Tenemos que irnos –la interrumpió el dios del fuego mientras uno de sus tatuajes empezaba a arder. Cogió el fuego como un elfo coge una estrella, y lo sostuvo en su mano como una antorcha- Aunque quizás esto sea demasiado visual –el fuego cambió de color al verde, gris, púrpura hasta llegar al azul. Ahora emitía un débil resplandor azulado como la noche.
Se levantó como una autómata, guida por su luz. El dios parecía saber exactamente donde pisar, como si hubiera memorizado todo el recorrido, milímetro a milímetro. Ella simplemente lo seguía apretando con fuerza una daga.
-Bonito arco –dijo él señalando el que descansaba en su espalda.
 Era el de Yves. El único trozo suyo que le quedaba tras los recientes sucesos. Lo había recogido del campo de batalla con lágrimas en los ojos.Un homenaje, aunque en realidad lo llevaba porque le hacía sentir cercana a él. Una tontería, obviamente. Pero ahora mismo, era lo único con más sentido que tenía el mundo.
Mientras la noche oscurecía con el paso del tiempo, el camino empezaba a adentrarse en un frondoso bosque. Las ramas de los árboles parecían protegerla, invitándola a acunarla  hasta que todo pasara. Suspiró y dejó de pensar. Demasiados recuerdos. Demasiado dolor.
Sin darse cuenta, había cerrado ojos y solo sus sentidos le guiaban. Una sensación de relajación la engullía, consolándola, haciéndole creer que era un sueño... No. No lo era. Abandonó ese sentimiento y apretó el paso. No podía permitirse relajarse. No cuando su mente estaba en una parte y su corazón en otra.
-Se lo que estás pensando –declaró el dios, girándose- Pero yo sé que está vivo.
-Sí –murmuró ella, evitando la conversación.
-Mi lema es el sacrificio –dijo él ignorando su pobre contestación- El honor proviene del sacrifico, el amor proviene del él también. Sin ello tú no serías quien eres. Y quizás... Eso te esté mortificando, pero eso es lo que te hace especial -Naida se sorprendió de su argumento tan profundo y él sonrió como si lo supiera- Los dos sois capaz de dar vuestras vidas el uno por el otro. De seguir luchando aunque todo este perdido. Han muerto muchos. Pero morir tiene su encanto, y vivir de aquella manera no era vivir. ¿Sobrevivir? Como tú quieras llamarlo.
<<Vamos a salvar a Yves. Vamos a vengarles. Y aunque el sigilo no sea mi fuerte, y aunque probablemente muramos, vamos a hacerlo. El destino es algo que no está en mano de nadie. No está en la tuya cambiarlo, y no está en la mía controlándolo.>>
-¿De verdad piensas eso? –susurró ella, impresionada por el valor de sus palabras.
-Sí. Todos los pensamos. Pero como dios no tengo derecho a mostrártelo. No está en mi naturaleza hacerlo y no está en la tuya escucharlo.
Meditó un poco sus palabras. ¡Ella, que había creído que solo era arrogancia y deber! Quizás, eran más que eso. Quizás sentían tristeza, culpabilidad, curiosidad o amor y simplemente estaban obligados a no enseñarlo al mundo.
Algo increíblemente doloroso, como había podido comprobar.
El bosque empezó a abrirse con timidez y luego con decisión a gran agujero. Cuando se acercó a una distancia arriesgada, vio como las paredes eran de hielo y, en el fondo, dos figuras colgaban del techo.
-No hay nadie cerca. Entremos –la azuzó el dios, que caminó con brío hasta entrar.
Mientras lo hacía sentía como si se adentrara en la boca de un lobo.
Las paredes de hielo pulido en el interior los reflejaban por toda la sala. No distinguió una fuente de luz que iluminara toda la estancia. Pero si vio lo que colgaba del techo. Su corazón se estremeció de terror (aquel tipo que solo puede sentir un corazón destrozado) cuando supo que eran dos elfos los que colgaban.
Su mirada aterrorizada, su boca abierta, quizás en un intento de coger aire, bastaron para que Naida diera dos pasos hacia atrás y casi se tropezara.
Pudo ver como en el hielo aparecían unas letras rojas que la elfa leyó estremeciéndose: ¿Sientes el miedo?
Sí, sí lo sentía.
-Es por aquí –susurró el dios del fuego, dando palmadas a una de las paredes. Miró a Naida comprensivamente, algo ináudito, y le guiñó el ojo- Ahora empieza lo divertido.
En la pared empezaron a salir puntos luminosos hasta que todo el cuadrante emitía un ligero resplandor. Fue entonces cuando el hielo empezó a fundirse, dejando a la vista una cueva interna a oscuras.
Cruzaron la sala, inevitablemente pasando por debajo de los cuerpos. Haciendo un análisis más indiferente y atento de ellos, se fijó en las heridas de la piel que quedaba a la vista. La sangre se agrupaba entorno a sus heridas, reseca. Los habían torturado salvajemente, de eso estaba segura. ¿Dos, tres días como mucho? Sus rostros no decían mucho por si solos.
El dios del fuego chasqueó los dedos y una llama azul apareció en su mano. En la otra sostenía desenvainada su amenazadora espada. Armado así, se internó en la segunda sala. Naida lo siguió intentado hacer el mínimo de ruido posible.
El principio era más pequeño que el anterior. A unos pasos, una gran pared de piedra taponaba la otra punta, excepto un pequeño pasadizo en una esquina. Más al fondo, se oían unas voces.
-¿Crees que ya habrán venido? –preguntó una voz muy grave, que sobresaltó a la elfa.
Un leve susurro fue su respuesta.
-¿Has oído algo, dices? –una risa- Deberías beber menos.
Solo un gruñido de indignación.
El dios le hizo una señal para que avanzara. Silenciosamente, se pegó a la pared y se asomó por la esquina. Las voces provenían de dos guardias que estaban apostados en la entrada de un pasillo iluminado.
Se giró hacia el dios y sacó dos dedos. Sin duda, debían matarlos para continuar. ¿Cómo hacerlo sin que uno de ellos diera la alarma?
Su acompañante cogió una piedra del suelo y se acercó a la esquina. Lanzó la piedra a unos pocos metros.
-¿Que...?
Ni siquiera pudieron acabar la pregunta. El dios se abalanzó sobre ellos, derribándoles como si fuera tan simple como respirar. No obstante, agarraba a uno de ellos por la mandíbula mientras este temblaba de miedo.
-Dos salas más. A la... La derecha. ¡Allí está! –forcejeó inútilmente. Cayó al suelo inerte.
Naida se acercó y observó sus cuerpos. No tenían garras ni nada por el estilo. Exteriormente, parecían normales.
-No te dejes engañar. No son de los nuestros –su compañero le pegó una patada al cuerpo, mientras este iba a parar penosamente en la otra punta- Una vez te vean, abandonaran su tapadera. Sigamos adelante.
Sabiendo que actuar en sigilo era su única oportunidad para salvar a Yves, el pasadizo se hizo un camino muy largo. Paso a paso, teniendo cuidado de no hacer ruido con los restos del suelo y estando atentos de indicios de la presencia de más soldados, llegaron a la siguiente sala.
Lo primero que vio fue que estaba vacía. Un sentimiento de alivio la inundó, aunque solo fueran unos segundos. Después, fue tomando consciencia de su alrededor; de la forma circular de aquella sala, de los dos caminos que se abrían a unos pasos de ella y de las marcas de sangre que había en el suelo. ¿Sería de Yves?
Supuso que la sala era una armería. Había varios barriles de los que sobresalían las puntas de las lanzas de su interior. Un par de espadas descansaban desordenadas en el suelo. Hachas, machetes, martillos estaban desperdigados como si hubieran sido dejados precipitadamente.
-¿Que camino debemos coger? –preguntó Naida, mirando las dos posibles salidas.
El dios del fuego frunció el ceño y gruñó.
-Derecha –se acercó a la obertura del túnel de la izquierda y lo olió- Definitivamente derecha. Este apesta a muerte.
Empezaba a impacientarse. Lo notaba. Su cuerpo estaba tenso, esperando, rogando que encontrara a Yves. Temía que hubiera muerto, que hubiera llegado demasiado tarde para salvarlo. Vendería su vida para saber con certeza que estaba a salvo. Y quizás lo había hecho, sin adquirir ninguna respuesta...
Mientras cruzaban el túnel, recordaba. Recordar implica dolor. Normalmente, cuando lo haces, te recriminas todo lo que has hecho mal. Te haces responsable de no haber aprovechado mejor el tiempo. Considerándolo desde un punto metafórico, recordar era clavarse cristales en el corazón. Un nombre, una mano, un detalle, un toque, un sentimiento. Hay cosas que no puedes asimilar en el mismo momento. Normalmente, lo haces cuando más necesitas hacerlo pero menos quieres. Una dulce melodía que queda gravada en tu piel, que no puedes evitar olvidar al completo. Que acuna tu corazón y a la vez lo destroza. Un grito que ilumina hasta la más intensa oscuridad y hace daño a los ojos.
Espera –pensó cerrando los ojos- Solo un poco más.
Notó un quemazón en el hombro. La mano del dios estaba allí, advirtiéndole que fuera con cuidado. Unas voces terriblemente graves retumbaban por las paredes de roca. La pequeña esperanza de que no tendrían que ocuparse de más enemigos se apagó, dejando paso a la realidad. Yves era un prisionero importante. Un cebo.
Su llegada había sido totalmente previsible. Estaba segura que había sido calculada con exactitud, para arrebatarle lo último que le quedaba.
Apretó los puños y apagó los gritos en su cabeza.
-No podemos continuar con el sigilo. Recuerda –le susurró en el oído, tan bajo que hasta a ella le costó entenderlo- Tú tienes que ir a por Yves. De lo demás me ocupo yo.
-Quizás sean demasiados incluso para ti –replicó, asustada de que pudieran oírles.
-¿Confías en mí? –Apretó su agarre en su hombro que parecía a punto de estallar en llamas.
-No, pero intentémoslo.
Nunca sabría describirlo con claridad. De un momento a otro, estaba fuera de aquel pasadizo, en medio de un remolino de fuego y más fuego. Sus ojos solo veían chispas, sus oídos solo oían gritos.
Vio una sombra a su derecha. Cargó su arco y disparó, acertando, como siempre. Sin siquiera mirar, cogió una flecha de su carcaj y la clavó en el pecho de una figura detrás de ella.
Contaba con una pequeña ventaja que no iba a desvelar hasta el final.
Imbatible, se abrió camino hasta salir de aquel infierno que había provocado el dios del fuego.
Echó un vistazo: esta vez, la sala era el doble de grande que las anteriores. La piedra estaba teñida de sangre. No había ninguna mueble a excepción de una silla al lado de una chimenea mal construida, con fuego en su interior. Había varias barras de hierro en la entrada de esta, todavía humeantes.
Pero no era aquello lo que la dejó sin habla. En la silla, atado, con el torso al descubierto, estaba Yves.
Su cara era deplorable; llena de sangre, con cortes en ambos lados de la cara. Una cicatriz le cruzaba el ojo derecho, junto con una en el labio. Su torso tenía quemaduras por todos los lados con varios cortes. Sus muñecas estaban al rojo vivo, marcadas de tanto forcejear contra las cuerdas.
Al lado suya había una figura. Su armadura negra resaltaba sus rasgos pálidos. Sus labios tejían una sonrisa ligeramente torcida pero demasiado cruel. Ella no lo conocía, pero aquel era el Guerrero Oscuro, uno de los secuaces más cercanos al demonio encarnado, aunque llegaría a odiarlo como al que más. Apretaba el hombro sangrante de Yves mientras este gemía de dolor, adivinando sus pensamientos.
Naida desenvainó su espada del cinto de la túnica mirando fijamente a su repentino enemigo, analizándolo. Este parecía pensar lo mismo, pues se separó de la silla rápidamente, frunciendo el ceño. Ambos se acercaron el uno al otro, calculando las posibilidades y lo que había en juego. El remolino que había provocado el dios del fuego era ahora muy lejano, y lo eran más los gruñidos del herido humano, que volvía a forcejear en la silla haciendo caso omiso a los pinchazos que sentían en las muñecas y en las piernas.
El filo de sus espadas chocaron, derramando chispas. El Guerrero Oscuro atacaba con fervor, mientras que Naida se protegía intentando visionar el punto débil, una oportunidad para vencer. Sus movimientos estaban guiados por un sexto sentido indescriptible. Mientras paraba un golpe directo a su cabeza,  desvió la espada rápidamente para intentar traspasar su armadura. La hoja se hundió ligeramente, sin llegar a tocar la piel.
De repente, tuvo una idea, la única fuente de su esperanza.
Desvió por centésima vez el ataque del Guerrero Oscuro, pero esta vez, antes de repetir su técnica anterior, concentró toda la energía de la sala en ella; el fuego se apagó, el aire empezó a envolverla y el tiempo pareció ralentizarse, pendiente de aquel golpe mortal. Quizás su enemigo estaba dotado con más fuerza, era más inteligente y tenía un lado cruelmente sádico que seguramente Yves había podido comprobar, pero si tiene una ventaja el guardar los sentimientos, es que cuando salen a la luz explotan. Un arma de la que Naida estaba más que capacitada para usar.
La elfa corrió lejos de su contrincante, invitándole a seguirla. Dejó caer la espada mientras el Guerrero Oscuro se acercaba a ella, disfrutando del temor que pensaba ver en Naida. Seguramente no se esperaba verla, de un segundo al otro, arco en mano apuntando con una flecha a su corazón.
No cayeron relámpagos, la sala no ardió ni tampoco se heló. Simplemente la flecha atravesó limpiamente la armadura del Guerrero Oscuro. Este miró su pecho incrédulo –el único sentimiento que la elfa había podido apreció en su expresión- mientras su muralla de oscuridad se destruía. Cayó de rodillas, desintegrándose poco a poco. ¿Reflejaban sus ojos sentimiento de culpa por todo lo que había hecho?
Jamás llegaría a saberlo, al igual que nunca llegó a sentir rastro del orgullo anterior que habría sentido al vencer un enemigo tan poderoso.
Corrió hacia Yves y le liberó de sus ataduras. Él se levantó, tambaleándose y la abrazó. Sintió su cabeza hundirse en su cabello. Mantuvo sus sentimientos a raya, consciente que salir de allí era su nueva prioridad. Como muchas otras veces, su verdadero yo volvía a estar atrapado en su interior.
Se soltó de su abrazo y le tendió el arco y su carcaj con una sonrisa.
-¿Qué tal si les devolvemos esto? –dijo ella rozando con la yema de sus dedos las heridas de Yves.
-¿Cómo puedes... ser... tan endiabladamente vengativa? –respondió él entre tartamudeos, devolviéndole la sonrisa.
Con fuerzas renovadas, se giró viendo que donde antes había un pequeño batallón de enemigos ahora no quedaba nadie.
Reclinado en una esquina, el dios del fuego apoyaba la punta de su espada contra el suelo, mirándolos.
-¿Habéis acabado? –preguntó sarcásticamente mientras se incorporaba- Porque empiezo a aburrirme.
Yves se inclinó hacia Naida y le susurró en el oído:
-¿Lo has aguantado todo el camino?
La elfa tuvo que reprimir una sonrisa mientras le contestaba.
-En realidad no es así. Es más... agradable.
-Lo he oído –intervino el dios señalándolos con la espada- Y no soy agradable. Soy ardientemente agradable –apuntó, mientras miraba la sala- Esperad –murmuró incomprensiblemente mientras levantaba la mano.
Un golpe desde arriba los sacudió. Otro. Otro. El ruido aumentaba por segundos. Naida agarró el brazo de Yves con cuidado, no como un gesto romántico, sino para que supiera que estaban juntos en esto. No iba a dejar que se lo volvieran a arrebatar. Nunca más.
Un gran estruendo rompió el techo de piedra, mientras una figura caía. Una carcajada salió de los labios del dios del fuego, mientras envainaba su espada y empezaba a aplaudir.
El dios de la tierra se levantó de los escombros que no había destrozado. Un hilo de sangre le salía de la nariz. Por lo demás estaba intacto, aunque su mirada reflejaba un cansancio que al principio de la noche no había visto.
-Está ahí –susurró con una voz grave y asustada- Nuestro mayor enemigo se ha vuelto para luchar.
-¿Cual... cuál es el problema? –preguntó Yves temblando.
El dios negó con la cabeza sin reparar en el estado de su receptor, envuelto en pesadilla de la que no podía salir.
-Es imposible –miró al dios del fuego- Somos débiles. Nos ha vencido sin ni siquiera levantar un dedo. La profecía... Ahora, solo dependemos de ellos...
Naida se estremeció mientras la realidad la golpeaba fieramente y asimilaba las circunstancias. Los dioses no podían derrotar a su enemigo solos. Ella y un Yves casi moribundo debían enfrentarse a quien ni los dioses habían sido capaces de derrotar.
¿Debería sorprenderle otra vez la crueldad de su destino?
***
El encapuchado rió mientras observaba como las diosas del aire y del agua se levantaban, dispuestas a continuar con el aburrido combate que habían empezado hacia poco. Nunca se había sentido tan poderoso, tan vivo como puede estarlo el mal mismo. Pero, aunque levantarse de su trono y levantar el dedo para mandar a la otra punta a los dioses había resultado divertido al principio, ahora solo le parecía tedioso. Tedioso como puede resultar oír el mismo grito una y otra vez.
Había deseado con toda la oscuridad del alma que tenía poder luchar con Yves y Naida. ¿Quiénes se habían creído? Había aceptado divertido de intentaran conseguir el Cuerno de la Lealtad, pero no estaba dispuesto a que vinieran a derrotarle.
¡Él, el único que había podido plantar cara a los dioses, vencido por dos mortales! Esperaba pacientemente la oportunidad de darles una lección.
Por eso, cuando de las cámaras subterráneas salieron cuatro figuras, tuvo el deseo de reírse. Ya era hora de quitarle al mundo la capa de esperanza que era incapaz de aguantar.
Ya era hora de hundirlos en la más profunda miseria.
***
Yves luchaba contra los terribles tormentos que azotaban su cuerpo. Si apenas conseguía tenerse en pie, ¿cómo iba a derrotar a aquel que había conseguido eliminar a todo su pueblo? ¿Que tenía él de especial? Había algo en su interior, quizás el único rastro de humanidad que quedaba en el mundo, que se resistía a creer que todo había acabado. Ese algo quería vivir, quería luchar y seguir vivo. Sentía como si se lo debiese a todas las personas que habían caído. Miles de voces le gritaban al oído, impidiéndole rendirse.
Cerró los puños. Apretó la mandíbula. Aquellos gestos que sueles hacer cuando te dices a ti mismo que debes ser fuerte, que no puedes volver a mirar atrás, que no puedes permitirte acabar con todo esto y que tú no puedes cambiar los deseos del destino.
Miró a Naida, que miraba hacia adelante con una mezcla de decisión y débil titubeo. Le hubiera gustado tener más tiempo. Aprender más del uno y del otro. Haber podido aclararlo todo, sin tener que hacer una carrera contrarreloj, ni enfrentarse a un enemigo mortal.
Quizás podría clasificar aquello como partes de una vida que no le gustan a nadie. Principalmente, porque ahora nadie podría verlo.
¿Ironía? Parecía que lo acompañaría hasta la muerte.
Sintió el peso de su arco en su espalda. Por lo menos, su amigo lo seguiría hasta el final, bueno o malo. Por lo menos, si el final era bueno o malo, Naida estaría allí. A su lado.
El lugar donde se encontraba era fácilmente confundible con un palacio... de hielo y roca. Las columnas eran limpios cristales donde Yves se podía ver a si mismo diez veces. Aunque, a diferencia de aquellos palacios que podáis imaginar, la sala estaba completamente vacía a excepción de ellos... y lo que había delante.
Contempló la figura situada en el fondo de la sala; una capucha cubría todo su rostro, aunque dejaba entrever un débil reflejo de una máscara de metal. Llevaba una larga túnica negra, atada con un cinturón de oro. Sus manos, el único trozo de carne que se podía distinguir eran rojas como la sangre más oscura que podáis imaginar. Su voz, ronca como si su garganta estuviera quemada, dijo:
-Por fin –avanzó un paso hacia ellos, cruzando un escalón- Por fin –pronunció lentamente aquellas palabras, saboreándolas- Pensé que nunca vendríais.
A pesar que su tono y su aspecto era la imagen más imponente que había podido ver en su vida, Yves pudo imaginar lo tontas que resultaban aquellas palabras. ¿Pensé que nunca vendríais? ¿Acaso pensaba que luchar contra él era su objetivo? Se planteó seriamente contestarle bruscamente, pero sabía que morir helado, carbonizado o de cualquier manera no era uno de sus fines. De eso estaba seguro.
El encapuchado bajó lentamente las escaleras. Durante esos segundos, Yves pudo ver los cuerpos de la diosa del agua y del aire en un lado, intentando ponerse en pie. El dios de la tierra cerraba los puños, presa de unos violentos estremecimientos y el dios del fuego miraba a su enemigo, con la boca contraída en una mueca por la rabia. Naida le sujetaba el brazo con más fuerza, como si supiera las siguientes palabras que la figura diría.
-Entonces... –su voz se apagó, como si se ahogara en su propia sangre- Ya puedo mataros.
En un instante, estaba tumbado en el suelo. El mundo le daba vueltas mientras intentaba poner la cabeza en su sitio después del golpe. Pudo distinguir la armadura negra como el carbón del dios del fuego, que los había empujado violentamente para apartarlos del relámpago que el encapuchado había lanzado. Naida estaba a su lado, sangrando por el brazo derecho. Su herida estaba rodeada de chispas azules dispuestas a abrasar poco a poco su piel.
Un simple toque de sus manos con magia élfica las apagó.
Se armó de valor para afrontar el peso de la realidad. Aquello era una batalla perdida. Las ganas de quedarse en el suelo y descansar eternamente le golpeaban el cerebro. Los dioses saben como logró levantarse y sacar el arco de su escondite. Cargó la flecha lentamente, fijando al encapuchado –que no era más que el mal mismo. Este, regodeándose de su creciente victoria, no se había molestado ni en sacar un arma para combatir con el dios del fuego. Paraba sus golpes con un escudo mágico; contraatacaba murmurando hechizos que empezaban a quebrantar el invencible muro del dios.
Soltó la cuerda y la flecha se clavó en la mano de su objetivo. El demonio levantó su mano a la altura de sus supuestos ojos, mientras esta se deshacía en polvo.
Yves se giró hacia Naida, que lo observaba con un semblante divertido.
-¿Veneno? –preguntó, mientras examinaba la punta de otra flecha untada con una sustancia pegajosa que antes no había distinguido.
Recibió una sonrisa como respuesta, de la cual se vio obligado a apartar la vista.
Imaginad el aullido de un lobo. Añadidle toda la ira que podáis encontrar en vuestro corazón. Multiplicadlo por diez. Ese fue el grito que emitió el encapuchado mientras miraba una mano ya inexistente.
Y en su arrebato de rabia y dolor, se quitó la capucha, dejando a la vista su rostro. Era extraño, y sobretodo repugnante. La mitad de la derecha (y el ojo de la izquierda), estaba cubierta por una máscara de metal clavada en su propia piel. La parte de la barbilla que la máscara no cubría era negra, quemada. Su mejilla, rojo oscuro, estaba llena de cicatrices. Sus ojos esbozaban una mirada tan fría como el hielo de la sala.
Se había equivocado. No era extraño ni repugnante, era aterrador.
El dios del fuego salió despedido hacia atrás, estrellándose con un golpe sordo en la pared. Por el rabillo del ojo, Yves vio como los demás dioses acudían al encuentro de este. Los poderosos, temibles e invencibles dioses eran reducidos por un ser creado por los mortales.
La profecía se equivocaba si ellos estaban destinados a vencerlo. Todos estaban condenados a un destino gobernado por el mal. Muchos habían muerto por una causa que no era más que una secundaria, mientras aquel ser se había vuelto más poderoso. Los dioses se habían dado cuenta demasiado tarde que sus designios no eran más que deseos de su arrogancia.
Ahora todos estaban perdidos mientras su verdadero enemigo se acercaba a ellos, esbozando una mueca. No estaba dispuesto a perder más tiempo con ellos, podía leerlo en su mirada.
Notó como Naida le cogió la mano un segundo. Su cuerpo pareció revivir bajo su tacto. Supo de inmediato que le había traspasado una parte de su energía.
Era la hora.
Inconcientemente, su brazo ya tensaba otra flecha, cubriendo los movimientos de la elfa que, grácilmente, ya revoloteaba alrededor del demonio. En una ágil embestida que ni el más fuerte de sus enemigos habría podido resistir, su espada quedó a pocos centímetros de la piel de su objetivo.
¿Un escudo protector? Daba igual. La cuestión era que tenían que encontrar la manera de destrozarlo. Por supuesto, la flecha que tiró no hizo más que caer al suelo, deshecha en mil pedazos.
Una idea bastante arriesgada se le ocurrió.
Lanzó una mirada a Naida, intentándole decir que esperara. Tensó las piernas. Escondió el arco y se armó con una flecha. Suspiró para sus adentros.
Corrió.
El impacto contra el escudo fue doloroso, pero no lo bastante para que le impidiera decir...
-¡Ya!
Al segundo que la espada impactó con el escudo, Yves clavó la flecha a aquella pared invisible. Notó como acudía a la defensa de su amo más lentamente. Con fuerzas renovadas, Naida e Yves repitieron el proceso mientras el demonio se reía de sus patéticos intentos. Lo que no sabía su mente era que en los procesos más inútiles se conseguían un resultado satisfactorio.
El arquero sintió dolorosos pinchazos en sus brazos, que se extendieron por todo su cuerpo. Ahogó un grito de dolor mientras volvía a cargar el arco. La misma acción repetida una y otra vez. Una y otra vez...
La espada de Naida atravesó finalmente la barrera, penetrando en el brazo y en un lateral del pecho del enmascarado. Inmediatamente después, una flecha se clavó en el corazón de este, un lugar recóndito, oscuro, sin ningún ápice de luz.
Nunca querríais haber visto la expresión de aquel monstruo. A vuestro pesar, la describiré: una parte de su boca se curvó, apenas incapaz de emitir ningún sonido. Era incapaz de distinguir el iris de su ojo; todo era negro. Fijó su mirada en Yves, prácticamente tumbado en el suelo, pues sus fuerzas no daban para tenerse en pie.
Entonces, se lanzó contra él, de una manera que solo un humano totalmente desesperado haría.
-¡Maldito! –su puño empezó a buscar su cara. Yves sintió un crujido en su cuello, y un par de arañazos en su mejilla. Los ojos sin vida del demonio estaban sobre él; su aliento sin vida cubría su cara y lo ahogaba, al igual que la mano que ahora apretaba su cuello.
El filo de metal de la espada de Naida traspasó limpiamente la máscara del demonio, que se retorcía mientras sus miembros se desintegraban lentamente. Lo único que quedó de él fue polvo; polvo del que los humanos nacían y morían.
Fue ese momento de inmensa paz que Yves eligió para sumirse, otra vez, en una oscuridad un poco más luminosa de la que despertaría días después.
* * *
Habían ganado, sí.
Pero también habían perdido.
Los dioses recorrieron el mundo; remediando todos los males que habían amargado la existencia de sus creaciones y, por siempre jamás, de sus almas. Aunque quizás, la arrogancia y el poder que su aire desplegaba de forma natural calmaría un poco la tormenta en su interior.
Por lo menos, tardarían millones de años hasta que los hechos volvieran a repetirse. Naida y Yves no vivirían para verlo, y tampoco querían.
Obviamente, sus corazones nunca se recuperarían del golpe. Nunca olvidarían a su peor enemigo; nunca olvidarían la masacre causada por este. Eran un jarrón roto en añicos, en trozos tan pequeños que era imposible pegarlos para volver a construir el jarrón inicial. No estaba muerto, pero tampoco estaba vivo.
Por lo menos, ahora se tenían el uno al otro para ayudarse.
Yves se recuperaba de su tortura; Naida, pensaba. ¿Cómo habían podido matar al enmascarado ellos dos y no los dioses? La única conclusión a la que llegó fue que, al ser el mal una creación de los mortales, ellos eran los únicos con el poder de destruirlo. El destino había querido que fueran ellos.
También ordenaba sus sentimientos, que habían acabado desbordándose por la falta de tiempo. Ahora se clasificaban lentamente, recogiendo pequeñas piezas de sus recuerdos y reconstruyéndolos en su memoria.
Otro pensamiento que impedía su sueño: habían cambiado. Había cambiado. No solo el mundo, ni los dioses, ni sus emociones. La Naida de antes había dejado de existir; ahora era simplemente una persona de una pasado muy, muy lejano. Una niña que solo vivía de la tristeza. Una niña que había perdido todo. Una niña, al fin y al cabo.
Pero no todo eran preocupaciones, silencio y recuerdos. También había cierto alivio, calma y tranquilidad en el ambiente. No podía evitar sonreír de vez en cuando, como no podía evitar las lágrimas que caían a veces por los caidos.
Al séptimo día, Yves fue capaz de levantarse. Al décimo, corría, bromeaba y reía. Al onceavo, era capaz de lanzarle pullas, sacarla de quicio y volverla loca con todo respecto a él. Al doceavo sentía la suficiente confianza para filtrear con ella y volver a perderse en los ojos azules de la elfa. Al decimotercero ya estaba perdido en su pequeña aura misteriosa, como lo había estado desde que la había conocido.
-Hemos de irnos –aclaró la diosa del aire, sentados alrededor de una hoguera, después de su largo viaje- Naida, Yves... Vuestra lealtad encomiable debe ser recompensada. Pedidnos lo que queráis y será vuestro.
Los dos mencionados se removieron incómodos. Yves miró a Naida, enviándole un mensaje con la mirada. La elfa lo entendió y asintió, de acuerdo.
-Cuando muramos –empezó, conteniendo el aliento- El planeta seguirá vivo. No podéis... No debéis destruirlo –rectificó- Como recordatorio del pasado. Como rectificación del presente. Como moraleja en un futuro. Ese es nuestro deseo.
Por supuesto, todo tipo de tesoros aparecieron en sus mentes. ¿Porque no? No eran tan diferentes del resto. Y en eso consiste ser un héroe: pensar y sentir como los demás, pero actuar de forma diferente. Liberarse de lo habitual; de la mortalidad. Aceptar el destino por las consecuencias, no por ser quien es. Tener miedo y estremecerse, pero nunca rendirse.
Personas que parecen igual a nosotros, pero que en el fondo son quienes dan vida a este mundo. Los que marcan las melodías que bailamos. Solo que ellos, a diferencia de muchos otros seres, no lo saben. Eso es lo que marca un verdadero héroe.
-¿Cómo? –preguntó el dios del fuego, levantándose- ¿Sabes que lo que estás pidiendo...?
-¿...Es lo más lógico? –razonó el dios de la tierra, poniendo un brazo en el hombro de su compañero.
- Y lo más justo –añadió la diosa del agua, sonriendo, como si hubiera sabido que dirían aquello.
-Si así lo pedís, así será –concluyó la diosa del aire, asintiendo.
Se fueron unos días después. La despedida -¿Acaso los dioses se habían despedido de alguien alguna vez?- fue lo más cálida posible, como podría ser un ‘adiós’ entre dos mortales y cuatro seres todopoderosos.
Ahorraré los detalles de tan tensa e incómoda situación, como os podéis imaginar. Únicamente diré que se desvanecieron como las estrellas en una tormenta. Tan solo añadiré que los árboles lloraron, las montañas rugieron y una parte del mundo se fue con ellos hacia donde fuera que estuviesen.
Otra cosa menos que les quedaba.
Yves y Naida caminaron por las ruinas de sus pueblos, antes desolados y ahora cubiertos por ramas, raíces y hierba.
Quizás era mejor así.
Recorrieron millones de paisajes hasta encontrar alguno que no les diera recuerdos. Al final, acabaron en una orilla del mar, rodeada de un bosque inmenso y frondoso. Siempre había algún pájaro al que escuchar, lo que les hacía sentir menos solos. También lo hacían el sol y la luna, las nubes y el arcoiris. Pasados unos meses, ya no tuvieron que fingir que eran felices.
Ellos dos se fueron acercando poco a poco, sin prisas (¿Las había con un mundo de dos personas?). Había veces que tenían que ayudarse el uno al otro para superar los tormentos que les preparaban sus pesadillas. Había veces que sus corazones necesitaban a alguien más para sentirse completos. Algo que no se habían podido permitir en un principio.
Pero eso ya no era el principio.
El triste otoño pasó, dando paso al frío invierno. Yves y Naida estaban sentado juntos mirando el mar de estrellas que se extendía ante ellos. El pelo de Naida estaba cubierto por pequeños trozos de copos de nieve. Las olas morían furiosamente en la orilla, fundiéndose al completo con la nieve y la arena. La hoguera se había apagado. Las sombras de los árboles les cubrían.
Parecía que habían pasado años desde que se conocieron, aunque en realidad solo había pasado medio. Era todo tan lejano...
-Mira –le susurró en el oído Yves, señalando cuatro estrellas que brillaban más que la inmensa mayoría.
-Siempre vigilándonos –murmuró Naida, con una sonrisa silenciosa.
Yves se removió mientras se giraba.
-Parece que no han olvidado su promesa.
-Ojala no lo hagan –deseó ella, sabiendo que aquello solo podía cumplirse... ¿En sueños?- Sus vidas no están hechas para acordarse de nadie. Aunque ellos quieran.
Yves asintió y se quedó callado mientras la escrutaba con la mirada.
-Me preguntó –dijo la elfa un rato después- que pasará después de que desaparezcamos. Con... con todo esto.
-Quizás el mundo consiga olvidarnos de una vez por todas –bromeó Yves, no sin tener razón- Aunque yo no querría olvidarnos. Ni quiero –frunció el ceño, queriendo decir algo- Sobretodo... –sus manos no paraban de moverse, nerviosas- No querría olvidar lo única que me ha importado y me importará de verdad toda mi vida.
Naida permaneció en silencio, con la cabeza gacha, sin saber que decir. No valía de nada fingir que buscaba respuestas. Esta llevaba tiempo dispersa en su corazón como mariposas.
-¿Tu... querrías olvidar? –preguntó Yves. Sintió su mirada esperanzadora aunque no podía verla.
-No si eso implica olvidarte a ti también.
Se besaron.
Sus labios se fusionaron como el mar y la arena, como las estrellas y la noche, como las nubes y la lluvia. Sus corazones se agarraron como si fuera el fin. Tanto tiempo...
Sus almas se unieron como un suspiro al unísono. Las olas dejaron de golpear tan furiosamente, o quizás no. Todo había dejado de existir, excepto cuatro estrellas que desde la lejanía, sonreían en silencio.