"Yo, antes viajero y ahora naufrago, fui a parar a la más extraña de las islas: Sílvana.
Aquella isla parecía un producto de mi imaginación, y es que en unos minutos podía recorrerla sin saltarme el más mínimo escondrijo. Solo debía levantar el brazo para tocar la copa de los árboles más altos (de tronco azul y hojas rosa), y los matojos roso pálido que había esparcidos por el resto de la isla me llegaban a las rodillas.
Pero uno de los hechos que más me impresionaron fue el encuentro con los sílvaneses. Aquellos seres eran impresionantes: el silvanés más alto llegaba a duras a penas a mi cintura. Pero a pesar de su tamaño, sabían ganarse muy bien la vida.
Eran honestos, inteligentes, agradables y divertidos. Se dedicavan a la agricultura, actividad que les entusiasmaba. Se pasaban todo el día trabajando y luego, por la noche, organizaban fiestas donde abundaba la comida y la bebida.
Dos días después de mi llegada se dedicaron a contruir un pequeño hogar, donde podía descansar. A más, recibí una acogedora bienvenida. En resumen, unos seres increibles.
Sílvana es un lugar pacífico, donde reina la tranquilidad y –porque no- la felicidad. Por eso, cuando los silvaneses me ofrecen sus servicios para contruir una barca para volver a mi tierra, les digo:
-No, ya estoy en mi tierra.
Entonces ellos sonrien y juntos, volvemos al trabajo. "
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