¡Buenas a todos! Debido a motivos personales, no he podido publicar un relato recientemente. ¡Agradezco la espero y pido disculpas por el retraso!
Aquí lo tenéis:
El soldado Sebastián Blackburn mantuvo la compostura sin mostrar una expresión de repugnancia y cogió el arma como si veneno fuera.
Permaneció con una posición rígida e inexpresiva, aunque fueron varios esfuerzos los que realizó para no echarse a correr y abrazar la libertad que tanto ansiaba y abandonar aquel grupo de salvajes e ignorantes soldados. Él, un hombre noble, cultivado, lleno del deseo de descubrir lo desconocido, se veía obligado a comportarse como –a su modo de pensar- un brutal asesino.
-¡Blackburn! Al vehículo, ¡ya! –gritó el capitán del pelotón, empujándole hacía el camión ahora ya lleno- ¡Y empieza a coger bien ese arma! Estamos en una guerra, no en una convención de modales.
Subió y se sentó en un incómodo banco de hierro. Sintió las miradas burlonas de algún miembro del pelotón; otras lo observaban atentamente, vigilando todos sus movimientos, como si fuera el principal enemigo.
Sebastián no dudaba que lo fuera.
Pasaron los minutos hasta que el camión paró. El novato soldado se levantó, interpretando aquella parada como una buena señal. Pero los otros no lo vieron así. Y por supuesto que no fue así.
El vehículo explotó, y Sebastián Blackburn no sintió una agonía peor que la que sintió en aquel momento.
* * *
Abrió los ojos con pequeños parpadeos hasta que se distinguió en paisaje donde se encontraba, o por lo menos, creía distinguir. La oscuridad reinaba en aquel ambiente, iluminada mínimamente por una pequeña hoguera. Un pequeño susurro lo despertó:
-Blackburn, Blckburn despierta -lo zarandeó bruscamente hasta que el aludido se giró; un grito se atascó en su garganta- Vienen a por nosotros. Vienen a por nosotros y nos matarán... Escuchame. Sebastián Blackburn, escuchame de una vez...
Pero no había nada que pensar. Su mirada se quedó observando el rostro desfigurado del soldado: lleno de cortes, una parte estaba totalmente quemada. Sus ojos ya no tenían color, o la oscuridad se los había quitado. Los labios sangraban, dando una sensación terrorífica.
Un grito lo despertó de su ensismamiento. Varios soldados daban patadas a un cuerpo ya muerto. Uno de ellos sacó un revólver y disparó, dando fin a la tortura.
Paso a paso, enemigo a enemigo, se aseguraron que no quedará ningún enemigo. Nadie se salvaba. La muerte acechaba, y ellos eran sus próximas víctimas.
-¿Pero que tenemos aquí? –una voz grave y burlesca- Vas a pedir la muerte a gritos amigo mío. Entonces, cuando ya no me divierta, te daré tu deseo.
Reaccionó rápido, sin pensar. Lo cogió de la pierna y lo tiró al suelo, dándose el impulso para levantarse. Calculó que había tres o cuatro. Calculó la distancia posible entre el puño y su enemigo, que ya incorporaba.
Y así, con unos números que habían sido motivo de burla, pegó el golpe certero. El soldado se tambaleó, una mano sobre el lado, gimoteando de dolor. Un movimiento más, y Sebastián se había apoderado del cuchillo.
-¡Os lo dije! ¡Os lo dije! –gritó con locura aquel hombre con el rostro desfigurado, a un público que no era capaz de oírle- ¡Os dije que era bueno! –soltó una risa estridente, para atragantarse con su propia sangre.
Blackburn hundió el cuchillo en el pecho de otro soldado. Un leve murmuro maldiciendo, una mirada asustada, una caída. Avanzó arma en mano, esbozando una terrible sonrisa; solo bastó eso para que el resto saliera huyendo.
Al fin al cabo, eran cobardes disfrazados de valientes.
Aunque en el mundo también quedaban valientes disfrazados de cobardes.
Sebastián levantó al guerrero desfigurado, que reía locamente. ¿Iba a recuperarse de ello?
No.
Empezaron a caminar. Su compañero iba cojo, él se tambaleaba. A veces caían, pero siempre había un recuerdo, una rama a la que sujetarse, para volver a levantarse.
Y así debía ser por siempre. Para recordar a aquellos muertos, para olvidar algunos momentos, y para revivirlos en su mayor intensidad.
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