lunes, 30 de diciembre de 2013

La aventura de James Reynan (II)

¡Hola a todos! ¿Como van las Navidades? ¡Espero que esté todo perfectamente!
Aquí os presento la continuación de "La aventura de James Reynan". Podeís leer la primera parte aquí:
http://lazonademellark.blogspot.com.es/2013/12/la-aventura-de-james-reynan-i.html
Espero que os guste!

"-¡Abajo!
James se tiró al suelo rápidamente, cubriendose con un trozo de madera. El cielo se volvió oscuro, y miles de flechas se abalanzaron sobre ellos. La sangre afloró y el miedo se disparó.
El joven escritor no tardó en localizar a su compañero Stephan: en el otro extremo, encogido en el suelo, se balanceaba cubriendose con las manos. Si no moría, sería un milagro.
Corrió hacía él cuando chocó con un hombre. No era ningún tripulante. Tenía el rostro oscuro, tatuado al completo. No llevaba ninguna armadura, sinó que iba con el torso descubierto. Aprovechando el momento de confusión, robó el cuchillo de su enemigo y se lo clavó en el pecho, justo cuando oyó un grito familiar.
Apartó el cuerpo inerte y dirigió su mirada a Stephan, que esquivaba los golpes de un hombre que lo superaba en altura y en fuerza. James no sabía como las paredes aguantaban.
Sin pensarlo, lanzó su cuchillo, acertando en la cabeza de su objetivo. Después, cogió el brazo de su amigo y lo tiró al agua. Luego, se lanzó él.
-¿Y los demás? ¿No los esperamos? –balbuceó el recién rescatado.
-No podemos arriesgarnos a que nos sigan. Y sin duda –añadió- lo harán.
-Entonces necesitará esto –Stephan dió a James un arco negro carbón junto a un carcaj lleno de flechas, decorado con nombrosos dibujos- Al parecer, no controlaba bien el destino como dio a entender,
-Yo no dije que no hubiera obstaculos –le guiñó un ojo- Además, te he salvado la vida.
Nadaron hasta encontrar una pequeña cueva. James la revisó varias veces, mientras que Stephan se dedicó a derrumbarse en un rincón totalmente pálido. Estaba viviendo una pesadilla, y tenía el presentimiento que solo era el comienzo.
Ninguno de ellos durmió esa noche. Se oían gritos de agonía, posiblemente estuvieran torturando a los miembros de la tripulación capturados.  James no quiso saber el tipo de sufrimiento al que estaban  sometidos, pero tuvo una ligera idea cuando vio una gran humareda ascender al cielo.
No debían toparse con aquellos salvajes.
En aquella isla, la vida era un camino oscuro, y su final era totalmente imperceptible. No sabían si la muerte estaba por llegar, o si esperaba el momento preciso para encontrarse con ellos. La verdad es que daba igual.
Había veces en los que tenía un desafortunado encuentro con sus perseguidores, y se veían atrapados por millones de flechas. Otras eran atacados por especies desconocidas hasta entonces, que resultan imposibles de describir. Solo diré que sus terroríficas presencias congelaban el tiempo, y helaban la sangre en las venas.
Sin duda alguna, todo aquello era un trampa mortal. Demasiadas coincidencias. Demasiados indicios.
James se desenvolvía bien. Tenía la sensación que si no hacía nada, la pena y la melancolía lo embargarían, y eso no debía pasar. Se mantenía ocupado todo el día; si no exploraba la isla, cazaba. Si no cazaba, recolectaba. A veces estudiaba la vegetación para encontrar rastro de vida humana, o por lo menos, de sus temidos perseguidores. Otras escribía. Escribía sobre el miedo y la angustia. Sobre la tristeza y la pérdida. Sobre la desesperación y la superación. Él pensaba que escribía para    no sentirse solo, pero lo hacía para ahogar en un pozo sin fin el rostro de aquel hombre asesinado. Su recuerdo persistía en su mente, atormentándolo en los sueños.
Stephan se lamentaba día y noche. Echaba de menos el ambiente de la taberna, las risas estridentes y los gritos, la cama mullida y el dormir cómodamente. Aquí la intranquilidad lo dominaba, pues tenía miedo de la oscuridad y las sombras de la noche y el melancólico silencio de la mañana.
Debía huir de allí. No le importaba el precio, ni el esfuerzo. Prefería morir que permanecer un día más en aquel infierno.
Por eso, cada día que se tumbaba en el lecho improvisado de matorrales, se dormía pensando en un único objetivo:
Tengo que salir de esta pesadilla.
Tengo que salir.
Salir. "

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