¡Espero que os guste!
"Podría haberlo matado. Lo sabía. Quizás podría haberlo congelado, o podría haberlo enviado tan lejos para que no lo pudiera ver en toda su eternidad. Su poder de elfa se lo permitiría. Pero no lo hizo.
-¿Dónde vamos? –preguntó una voz dulce pero decidida. Si para la mayoría de mortales, aquella era una voz encantadora, a ella solo le inspiraba ganas de matar a su emisor.
No respondió. A Naida no le gusta hablar. El silencio le parecía reconfortante, un refugio donde esconderse de la dura realidad. Sometida a una gran presión, ni siquiera aquel arquero podía sacarla de su habitual frialdad.
-Te lo ruego, contéstame –dijo con un toque de desesperación- Confía en mí, por favor.
Si despertó su amabilidad, Naida nunca lo admitiría. No admitiría que aquel joven arquero que le acompañaba le llamaba la atención. Nunca.
-Yo no confió en nadie. Deberías habértelo cuando decidiste seguirme –contesto sin mirarlo, aunque la elfa era consciente de aquellos ojos verdes posados en ella- Más bien, deberías apartarte de mi camino...
-Te debo mi vida. Me salvaste, y es mi deber cumplir esta tarea contigo. Ahora no habrá mayor honor que morir por esta causa –hizo una pausa, esperando una respuesta- Creeme –añadió, aunque la respuesta de Naida no llegó.
Estaba demasiado ocupada sumida en sus pensamientos.
Debería aguantar aquellos durante días. Y luego, ¿qué? Ella daría fin a su vida, así se lo habían dicho. Su interposición en el camino de una bestia que iba dirigido hacia él solo había sido un movimiento calculado entre muchos. ¿No era ese su destino? ¿Iba a desobedecer las órdenes de sus superiores por un simple encaprichamiento sin importancia? Y sabía que aunque su corazón –todo su ser- protestara, siempre ganaría su increbrantable sentido de lealtad.
Una brisa de aire azotó sus túnicas. Naida cuidó que su capucha siguiera cubriéndole el rostro. Pero aquello no era lo que más le importaba. No habría sospechado de nada si no fuera porque los matojos empezaron a moverse y una gran sombra se cernía sobre ellos inevitablemente.
Al principio pensó que era un gigante. Inmediatamente después, percibió una metamorfosis. Ahora parecía un humano. No fue hasta que alzó la vista cuando descubrió que su forma humanoide solo era una pincelada de lo que en realidad era su aspecto. Negro y con las cavidades correspondientes a sus ojos vacías, se alzaba sobre ellos susurrando extrañas palabras.
-Por todos los... –susurró el arquero, que se encontraba en una distancia prudente de ella.
Naida sufrió un escalofrío en la columna. Luego en los brazos, en las piernas... Su cuerpo empezó a ralentizarse, y su consciencia a disminuir. Los latidos de su corazón ya no eran tan evidentes, y le asaltó el temor de que pudiera pararse en cualquier momento. Su acompañante parecía sentir lo mismo, pues parecía haber perdido el control de su cuerpo.
Invocó la magia.
Nada. Ni la más remota señal. Aquel monstruo se acercaba cada vez más, dispuesto a consumir sus almas, pero la elfa no quería morir. Ahora no.
Se concentró y empezó a contar; Uno, dos, tres... Otros escalofrío. Cuatro, cinco, seis... Una consciencia comenzando a perderse. Siete, ocho, nueve... Un estallido en su interior, una sensación doloroso y un único rostro...
Diez.
Sintió como las ondas llenas de magia salían liberadas de su cuerpo y llegaban a su enemigo. La tierra tembló, quizás por la cantidad de energía que había liberado. Pero a ella no le importaba. Su campo de visión se volvió rojo y cayó al suelo, incapaz de moverse. Se sumió en un sueño profundo; esta vez sin pesadillas.
* * *
Unas manos suaves se posaban en su frente. Eso es lo primero que notó al despertarse.
No necesitó abrir los ojos para notar el cálido aliento del arquero en su nuca. Sabía, con cierto enojo, que su capucha ya no la cubría y que él ya había visto su rostro. Se levantó con tal rapidez que el arquero se apartó de su lado para volver a acercarse.
-Debes descansar –dijo, con aquella voz que intentaba odiar. La volvió a tumbar, mientras ella lo recorría con la mirada.
Nada le tapaba la cara. Su cabello castaño, largo, caía libre sobre su cuello. Sus ojos verdes la miraban con un brillo especial, que ella no pudo describir. Solo pudo pensar que eran la viva imagen del bosque en el que había vivido, lo que se resumía a que eran acogedores, odiosamente acogedores. Su túnica, negra y verde –como sus ojos- dejaba a la vista su cuello y su brazos. Una cicatriz le recorría el labio y un lateral de su cara.
Era hermoso. Y ella lo odiaba por ello.
Pero ella tampoco le iba a la zaga. Él admiró embelesado su pálido rostro, y el largo cabello negro que le caía en bucles en la espalda, cubierto por algunos pétalos blancos. Se fundió en sus ojos azules, brillantes como el reflejo del sol en el mar. Sintió un cosquilleo en su estómago que se extendió a todo el cuerpo. Se estremeció.
-¿Cuánto tiempo llevo aquí? –dijo ella evitando sus ojos- ¿Qué haces tú aquí?
Se sentó a su lado, antes de que ella soltara un tembloroso suspiro.
-Llámame por mi nombre –aclaró él, sintiéndose un poco estúpido. ¡Como si a una elfa le importara su nombre!
Ella lo miró ocultando su sorpresa. Empezó a contruir una barrera entorno su corazón a prueba de él. Se preguntó si funcionaría. Todavía no podía creer... No quería creer que estaba pasando lo que no debía pasar. Su objetivo era prioritario. No podía permitirse aquello. Y por eso, no respondió.
-Mi nombre es Yves. “Arquero”. Ya estaba destinado a serlo antes de que naciera, ¿sabes? Es extraño como el destino...
-...Rompe todo tipo de esperanza y hace de tu vida una pozo oscuro del que no puedes subir, ni escapar nunca. Cruel, pero no hay más opción –susurró ella; un susurro melodioso pero triste.
-Hay amargura en tu voz. Pero seguramente –añadió rápidamente- No te importa. Ni siquiera sé porque te digo esto. Debes de estar cansada. Duerme.
A ella no se le ocurrió nada que decir, así que dio la conversación por terminada. No se le ocurrió pensar que él la iba abandonar a su suerte mientras dormía. No tenía razones para pensarlo.
Y mientras cerraba los ojos, sintió como de aquella muralla caían dos o tres ladrillos. Cerró los ojos e inconscientemente, murmuró tan flojo que solo le pudo oír él...
-Naida
-¿Cómo? –susurró él a su vez, acercandose.
-Mi nombre –respondió somnolienta.
Y dicho esto, durmió. Y soñó con un joven de pelo castaño y ojos verdes que velaba por ella, bajo una gran muralla que empazaba a desvanecerse en añicos."
Este relato se lo dedico a Blanca, mi parabatai, que siempre está ahí para leerme. Al igual que a mi familia, que me ayudan y animan a escribir.
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